Cita con la redención
Primero llamó la atención por un cortometraje de ficción francamente subversivo, Cuca y el pollo, donde el primer premio de cierta carrera deportiva por las calles de La Habana era, apenas, un trozo de carne magra de la mencionada ave de corral.
Después subió la parada del absurdo y el sarcasmo con otro corto, Los bañistas, donde un profesor de natación trata de aleccionar a sus párvulos en una piscina sin agua. Los mismos niños serán sus colaboradores en la venta de carne de res a contrabando por los barrios donde intentan encontrar otra piscina, pero con agua, que nunca estará disponible.
En su primer largometraje de ficción, Melaza, Carlos Lechuga incluye buena parte de ese mundo alucinante, pero suprime el humor. El drama cubano ha dejado de tener el chiste vernáculo, como puerta de salida, que tan caro le costara a Alicia en el pueblo de Maravillas.
El matrimonio joven del pueblo de Melaza, donde han clausurado el central azucarero, vive en un container convertido en casa.
Melaza es un filme contestatario y fontal de principio a fin, sin doble lecturas, ni metáforas. Por eso demoraron y tramitaron su estreno en la isla, mientras se mostraba por festivales internacionales.
La protagonista es la empleada del Central donde todos los días marca su entrada por la mañana y revisa la maquinaria paralizada, pone el mural laboral al día con noticias de periódicos viejos, al mismo tiempo que rinde cuentas por teléfono a la capital sobre la inmovilidad.
Su pareja es profesor en la escuela primaria del pueblo. Ambos hacen murumacas para sobrevivir la miseria impuesta por la inoperancia económica del castrismo. Lo mismo alquilan el container-casa para que la jinetera local se acueste con un dirigente de la construcción, que toman el riesgo de vender carne de res a contrabando, como se anticipa en Los bañistas.
Carlos Lechuga es la oveja negra de una familia de larga estirpe fidelista. Otros hijos y nietos de su clase tienen negocios –incluso en Miami– y mantienen un vínculo productivo con la dictadura. El cineasta, sin embargo, ha decidido ser un aguafiestas interno comentando, impecablemente, los desatinos operativos del régimen y sus consecuencias nefastas en la sociedad.
Lechuga no se va por la tangente fenomenológica como tantos otros de sus colegas al explicar la debacle que ya dura 58 años. Sus dos largometrajes revelan la esencia de una ideología fallida y sus mandarines que insisten en gobernar a contracorriente.
Si no cómo se explica que filmes recientes, supuestamente críticos sobre la sociedad cubana actual, de conocidos directores, reciban el beneplácito del régimen, mientras Santa y Andrés, la nueva película de Lechuga, sufra la rudeza de la censura y sus comisarios que la han prohibido ferozmente en todos los circuitos oficiales.
Tanto Santa, la novel e inexperta represora, como Andrés, el escritor homosexual que solo quiere expresar su punto de vista literario, aunque sea contrario a los designios revolucionarios, son víctimas de una maquinaria diabólica que no entiende de contrarios y los estigmatiza, como la estudiante de periodismo que acaba de ser expulsada de una universidad cubana o las opositoras negras ofendidas por su raza y arrastradas por las turbas castristas.
Ni Hollywood, ni otras comunidades internacionales de cineastas han protestado por la infame coacción a uno de sus congéneres. El público de Miami, sin embargo, tan cercano al drama de Santa y Andrés, desde este viernes tendrá el privilegio de asistir a su estreno comercial mundial en el Teatro Tower del Miami Dade College. Es una cita ineludible con la redención y el valor expresivo y social del arte.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de abril de 2017, 6:47 a. m. with the headline "Cita con la redención."