Veinte años después
Es el año 1992 y estoy estancado en México esperando cruzar hacia los Estados Unidos. Tengo que traer a mi esposa, quien espera en La Habana, pero no cuento con el dinero para pagar el pasaje de avión a Mérida de donde viajaría en ómnibus al Distrito Federal.
Recuerdo entonces que poseo dos carteles de la estancia de Robert Rauchenberg en la isla en 1988. Le hablo a un buen amigo sobre la eventualidad de vender una de las obras y me pone en contacto con la escritora cubano mexicana Julieta Campos.
Me voy al lujoso y colonial barrio de San Angel donde la señora me recibe amable en su palacete. Le explico mi circunstancia y para qué necesito el dinero. Me paga lo que le pido y luego de ver el cartel me dice “no creo que lo pueda exhibir en casa con esa imagen del Che Guevara”. Aun siendo una interpretación nada complaciente, más bien perturbadora, del paso de aquel personaje siniestro por la historia cubana.
Ya le había conseguido la carta de invitación a Esther para que le dieran el permiso de salida en Cuba. Le compré el pasaje y en Mérida estaba viviendo, eventualmente, nuestro amigo el diseñador Santos Toledo, quien la ayudó hasta que montara en el ómnibus. Le hizo unos sándwiches y le compró una bolsa de M&M’S. El viaje por carretera le pareció interminable.
Meses después tratamos de cruzar por primera vez la frontera rumbo a Miami, fuimos detenidos y por poco deportados a Cuba. Luego lo intentamos otra vez, con éxito, atravesando el río Bravo, y llegamos finalmente a nuestro destino para empezar de cero con la ropa que traíamos puesta y muchos deseos de progresar y ser felices.
Este viernes al mediodía Esther figura entre los empleados del Miami Dade College que son reconocidos por su tiempo de desempeño exitoso en la institución. Cumple 20 años ofreciendo sus conocimientos en las redes y programas de computación que garantizan el funcionamiento de aulas, oficinas y otras dependencias.
Por su dominio del oficio ha participado de la puesta en marcha de dos campus nuevos, el InterAmerican, en la Pequeña Habana cuando dejó de ser Centro, y el West, que está en El Doral.
Desde muy joven ostenta una ética laboral irreprochable. Su familia casi parte por el éxodo del Mariel, pero se lo impidieron, y ella se quedó en el limbo, no sin antes recibir un acto de repudio –en ausencia– de sus compañeros de aula en la Escuela Lenin.
Se sobrepuso a tantos avatares, pudo sortear ese pasado inconveniente, nada revolucionario, y terminó su carrera de cibernética matemática en la Universidad de La Habana.
Siempre supimos que la libertad estaba en otra parte y no en aquel ministerio de cultura donde nos conocimos, presidido por el pernicioso Armando Hart y su corte de burócratas adulones, dispuestos a entorpecer la vida del prójimo y de la creación artística y literaria de la isla, con sus mañas de prohibiciones.
Nada hacía presumir su destino en la frontera mexicana, aquella tarde incierta. Yo sé que cuando reciba el diploma y los elogios de sus congéneres, su mente hará un flashback presuroso para resumir la aventura de la vida, que tanto aprecia y disfruta.
No conozco otra persona más justiciera, tolerante y honesta, tanto en el ambiente enrarecido de una dictadura, como en el liberal de la academia americana. Nuestro hijo es su consagración.
Hace unos meses perdió a su mamá y hace algo más de dos años a su padre. El viernes seguirán estando orgullosos de ella, desde la eternidad.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de mayo de 2017, 0:26 p. m. with the headline "Veinte años después."