Cinefilia criolla
Los cubanos son cinéfilos, peliculeros. Solamente hay que asistir a las funciones del Teatro Tower, del Miami Dade College, en el sonoro corazón de la Pequeña Habana, para ver a los concurrentes, al final de cada filme, debatir entre sí o con los propios empleados del lugar, todos unos expertos, sobre los valores o deslices de lo que acaban de ver.
Lo cual explica por qué La Habana tenía más salas cinematográficas que Nueva York y París, muchas de las cuales fueron incorporando las bonanzas de la modernidad, sobre todo el aire acondicionado y las tiendas de concesionarios, tal y como las vemos ahora aquí en pleno siglo XXI.
No nos llamemos a engaño, sin embargo, la dictadura implantada en 1959, se apropió de todos aquellos magníficos teatros y se pueden contar con los dedos de la mano los que construyó en urbanizaciones fracasadas como la de Alamar, al este de la capital.
De hecho, los famosos autocines tal vez estuvieron entre los primeros en caer en crisis de abandono, por obvias razones.
Los concurridos cines de La Habana, tanto los más fastuosos como los de barrio, pertenecen a la República. El castrismo, más bien, ha ido destruyendo, minuciosamente, salas como las de los entrañables Duplex y Rex en la calle de San Rafael, por mencionar un ejemplo emblemático, que ya no puede ser recuperado.
No obstante el daño material inflingido a la infraestructura, la cinefilia del cubano ha sobrevivido, milagrosamente, tantos avatares. Pienso que se perdió el placer de ver un filme en pantalla grande, debido al desbarajuste, pero se ha mantenido a contracorriente el deleite por el séptimo arte en medios alternativos de distribución, como el llamado “paquete”, memorias USB que son una suerte de extensa programación cinematográfica, en carpetas virtuales, con las cuales no puede competir el régimen, muy a su pesar.
Los avances tecnológicos es lo que más se parece a la libertad en medio de las limitaciones totalitarias. Entre los años sesenta y la llegada de los artilugios virtuales, los comisarios que controlaban la distribución cinematográfica se dieron gusto censurando a su antojo lo que ellos consideraban no apropiado para el pueblo, desde El resplandor, de Stanley Kubrick, pasando por Persona, de Bergman, hasta los filmes cubanos de directores como Canel, Jiménez Leal, Roldán y Fandiño que habían tomado el camino del exilio.
Por cierto, estos represores de la cultura, encabezados por Alfredo Guevara, a la sazón presidente del ICAIC –instituto oficial del cine–, no se limitaban, a la hora de disfrutar las películas que prohibían a los demás.
Por entonces algunos de nosotros, cinéfilos empedernidos, comenzamos a organizar cine debates en instituciones diversas como una estrategia para poder acceder a la filmografía vedada.
Yo encontré un nicho disponible en la Unión de Periodistas, gracias a la amabilidad de una funcionaria algo liberal para los parámetros de los años finales de la década de los ochenta y a la cofradía de amigos que tenían acceso a copias de filmes añorados, en casetes VHS o Betamax. De tal suerte, creamos un cine club que hoy todavía algunos de sus participantes lo recuerdan con agrado, cuando me los tropiezo en Miami.
Me gusta pensar que debido a este fogueo directo con el público y la pasión por el cine, heredada de mi padre, aquel muchacho que imprimía y repartía en su moto programas de lo que exhibían las salas de su época, es que hace 10 años sigo dialogando con los cinéfilos de siempre en el programa de AméricaTeVe, La Mirada Indiscreta, para contarles de mi país mediante la más fascinante y comunicativa de las artes.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de junio de 2017, 2:39 p. m. with the headline "Cinefilia criolla."