Cuba: ¿Indiferencia mundial o complicidad? Una vieja noticia
Cuba es un cáncer incurable que no mata pero lo invade todo. Metástasis prolongada que se sigue expandiendo a los que la sobreviven y a los que siguen naciendo, inocentes del mal que los espera. Una epidemia que nadie ve y que a nadie le importa. Una plaga insidiosa que sobrevive al tiempo, a la maldad de sus progenitores, a la indiferencia mundial.
Cuba es un viejo monstruo adornado de guirnaldas y maquillaje, envuelto en trapos de colores brillantes y sonoros, aunque viejos y malolientes que el extranjero explota y el nativo abraza y se enorgullece porque no le queda de otra. Cuba es el muñeco alegre y disfrazado que el turista goza y se llega a creer. Cuba es una postal de rumberas alegres que bailan para sacarle el dólar al extranjero.
En Cuba la complacencia es el engaño para seguir respirando.
A Cuba el mundo serio le ha dado la espalda. Ya quién se acuerda de la existencia de los Castro y su permanencia incrustada en el almanaque de dos siglos. La mitad de uno y… sigue sumando años en el siguiente. Ya a nadie le importa que haya una isla en el Caribe, la mayor, que, de envidiada por su esplendor, prosperidad y atractivos en tiempos lejanos, pasó a ser la hermana pobre y saqueada de los poderosos.
Siria, Venezuela y Trump son los males más recientes, los titulares que ahora interesan a los intereses mundiales. Solo en Miami se habla de la malignidad de Cuba. Solo en Miami sigue ocupando espacios de prominencia. ¡Ah! y en las revistas de viajes anunciando su belleza natural, su música, su ron y sus mujeres. Como si el turismo de prostíbulo la redimiera de su miseria.
En 1990, el filósofo español llamó a Cuba “una noticia vieja”. Entonces ya hacía 31 años que los Castro estaban en el poder (¡Franco estuvo 36! Y la Historia lo considera un dictador). De entonces hasta hoy se han sumado 27 años más para un total de 58. El “cáncer” más longevo y continuado de la historia contemporánea.
Cuba, un país que no produce, y que se come a sus hijos como Saturno, o que los expulsa (o los empuja a irse) por su absoluta incapacidad para educarlos, alimentarlos, verlos crecer como hombres y mujeres de provecho, sanos y trabajando para la construcción de su país.
Un país que ya ni tan siquiera ofrece a sus ciudadanos oportunidades para educarse (ahora los maestros prefieren trabajar en la industria del turismo donde obtienen mayores beneficios) y cuyo sistema de salud es una nulidad (dando en trueque a sus médicos a cambio de moneda sólida) y sin medicinas (a no ser que los familiares se las envíen desde el extranjero donde viven). Sin la ayuda de los cubanos que envían remesas a sus familiares y amigos desde “el norte revuelto y brutal” no podría subsistir una gran parte de la población. Esa es la mayor de las ironías de la Cuba actual… tanto nadar para morir en la orilla.
Tan razonable y común se ha vuelto Cuba en su condición de nación totalitaria, sin elecciones libres (absolutismo familiar), tan paria, tan huérfana, que ni la Unión Europea –donde se encuentran los funcionarios más “civilizados”–, ni los hermanos latinoamericanos de la OEA, ni Amnistía Internacional, y mucho menos las Naciones Unidas (ONU), se acuerdan de rescatarla de la impunidad.
Cuba es una causa olvidada. Torcer el cuello para no mirar hacia allá es más fácil. La maldición de los Castro continúa. De ahí, Venezuela.
Escritora y periodista cubana.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de julio de 2017, 2:58 p. m. with the headline "Cuba: ¿Indiferencia mundial o complicidad? Una vieja noticia."