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Opinión Sobre Cuba

Dicotomía

Por un lado cientos de cubanos en el llamado “Parque de los lamentos” cercano a la Embajada de los Estados Unidos en La Habana, casi rezando por una visa para escapar de la pesadilla castrista. Jóvenes metrosexuales, muchachas emperifolladas, ancianos en sillas de ruedas, ex militantes del partido y de la policía política, artistas del llamado intercambio cultural, gente de pueblo agobiada por la desesperanza con sus mejores atuendos, todos tratando de dar sentido a sus vidas mediante la ansiada salida legal a la tierra del satanizado vecino imperialista.

En otro escenario, a 174 millas de la capital, en la ciudad de Santa Clara, que aún se recupera de la paliza que le propinara el huracán Irma, más de 60,000 cubanos y el general que los fiscaliza con mano de hierro, curiosamente ausente de los escenarios de la devastación del mal tiempo, celebran el cincuenta aniversario de la muerte de Ernesto Guevara. Todos vistiendo t-shirts con la efigie del argentino que fusilara, satisfecho, a nacionales en la Cabaña, fracasado en su intento por crear en América Latina una tríada de Vietnams.

Cantos de trovadores ensimismados, lecturas de ridículos poemas (“Ernesto amor, Cristo Guevara, Che salvador, hijo del hombre, la libertad y el espíritu en armas”), gala de imberbes bailarines, discurso incendiario del hombre llamado a sustituir al general en el 2018, especulando sobre la vigencia del muerto, mientras en Bolivia se devela un mural en honor a los militares caídos, en combate con los guerrilleros, para impedir se entronizara el comunismo, sobre lo cual nada saben ni los cubanos que esperan la visa, ni los que cantan loas, ni los que escuchan el extenso discurso aburrido de lugares comunes, sin ninguna idea práctica de futuro (“El ejemplo colosal del Che perdura y se multiplica día a día”).

La doble moral en su máxima expresión. La inquietud real es otra, aquella de la Embajada americana sin otorgar salida y la posibilidad de que el turismo pudiente del vecino deje de explorar el parque jurásico del comunismo en “almendrones” descapotables.

Está por caer la cortina del relajo. Se está acabando el entra y sale de parientes que vienen a esta orilla a trabajar algunos meses, por la izquierda, para llevar dinero y provisiones a la isla maltrecha o de miamenses que arriban a La Habana con efectivo del bienestar social en franca violación de leyes federales.

Si hay que desfilar en la plaza pues bien, si los niños cada día en la mañana, quieren ser como el Che, poco se puede hacer para evitarlo, si hay que decir en la televisión que los ataques sónicos a los diplomáticos americanos es una patraña, faltaría más, abajo el imperialismo.

Pero, por favor, no cierren la compuerta, la posibilidad de tomar un aire fuera de la atmósfera enrarecida del castrismo. Que sigamos siendo la nación privilegiada como escribe el New York Times, cuando también culpa a los americanos de la debacle revolucionaria: “Durante mucho tiempo, los cubanos han considerado la emigración a Estados Unidos como una especie de derecho que se deriva de las privaciones que han soportado durante décadas por las sanciones que Washington le impuso al gobierno de Cuba”.

¿Puede haber mayor privación y sanción para un pueblo que 58 años de dictadura? Tal vez esa “especie de derecho”, concedido a un leal aliado político, hizo que buscáramos y aún buscamos la solución a nuestras penurias como inmigrantes o refugiados en los Estados Unidos.

Está claro que sin exilio no hubiera habido país. Parece ser que ahora la demorada posibilidad de cambio tiene que emerger de la Cuba profunda.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de octubre de 2017, 6:51 a. m. with the headline "Dicotomía."

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