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Opinión Sobre Cuba

El cubaneo, ¿hay algo bueno que se puede relacionar con la palabra?

Fachada del restaurante bar Floridita en La Habana, en septiembre.
Fachada del restaurante bar Floridita en La Habana, en septiembre. emichot@miamiherald.com

Algunos glosarios revelan la palabra cubaneo como acción descriptiva del comportamiento festivo del cubano, otros libros de referencia lo confirman como la etiqueta perfecta para narrar la idiosincrasia o actitud nacional y criolla de las personas nacidas en Cuba.

Dentro de la oscilación sonora y figurativa de la palabra se nos escapa lo positivo, lo agradable o edificante de nuestra identidad, pues en sus siete letras hoy convive un peligroso síntoma que citamos con reserva.

En Miami, delante de un enorme plato de moros y cristianos, una amiga tan cubana como yo, de mi propia generación que intentaba salir de un largo, agónico divorcio, me explicó sollozando: “A mi matrimonio lo fastidió el cubaneo”.

En París, caminando por las hermosas calles de Montparnasse, escuché decir a mi mejor amigo y colega asentado allí desde hace 20 años: “Si vivo en París es, entre otras razones, para librarme del cubaneo, pero incluso en Francia querida mía, si no estás atento, también te secuestra el cubaneo”.

Cenando en un restaurante de Barcelona, charlando animadamente con un matrimonio de actores cubanos, me ponía al tanto de sus progresos en los escenarios de España. Pasados diez largos años de estudio y práctica del catalán ahora ellos estaban listos para decir sus parlamentos en ese otro idioma y entrar así en un universo teatral bien diferente al nuestro. Dentro de Cuba no tuvieron demasiadas oportunidades, por el contrario, se sintieron cercados, acosados por el terrible síntoma que malogra y contamina todo en nuestras vidas: el cubaneo.

Pocas veces he escuchado usar: cubaneo con un matiz positivo. El tono de la voz necesario para ser pronunciado duele, hiere, molesta e incluso ofende. Lo curioso es que esta epidemia, este bicho que inocula diferentes padecimientos nunca está en la piel de quien lo nombra y suele ser diagnosticado por alguien que cree o está convencido de no tenerlo ni haberlo tenido jamás.

En las redes sociales donde se enlazan, asocian o reúnen miles, millones de usuarios cubanos dispersos por el mundo se divisan intensos combates que siempre terminan en las mismas frases:

▪  Me voy de aquí porque yo no soporto el cubaneo.

▪  Me sacan de una vez y por todas de ese desagradable asunto, yo no soy parte del cubaneo.

▪  Cierro mi página, porque si me fui de Cuba fue, justamente, para evitar el cubaneo.

Los que vivimos en Cuba, no hablamos de “cubaneo” porque la isla es, en sí misma, un paradigma que engloba el concepto proyectado tanto en su política doméstica como de estado. Sufrimos sus consecuencias con la naturalidad que padecemos las penetraciones del mar, el calor, los ciclones, las enfermedades tropicales o los mosquitos. Es parte ya esencial de nuestra cultura, geografía o clima y está muy relacionada en sus orígenes con la asfixia limítrofe de nuestra circunstancia insular. De cualquier modo el verbo cubanear nunca especifica dónde se ejerce más este comportamiento, pues hasta hoy, nadie certificó en qué sitio los nativos incurren con mayor pujanza en esta acción y por tanto ninguno de nosotros conoce dónde se cubanea más, si en el exilio o en inxilio.

Este estado –de brote permanente– convive destilando su aroma en nuestra la piel, se le ha visto instalado en la silla turca de algunos pacientes o en la planta de los pies de quienes pasan dejando sus huellas malignas por donde pisan.

El chisme, el brete, la desidia, las euforias políticas, la chivatería, los rencores pasados, la envidia, la pobreza de espíritu, la mentira, la calumnia y la insustancialidad de pensamiento, son las más frecuentes sintomatologías que deterioran, tanto el cuerpo cívico y psíquico del enfermo así como el sistema nervioso o el entorno íntimo, social y humano del individuo sano. Quien resulta blanco de la furia del infectado puede contraer el virus o ensayar mantenerse firme intentando no ser molido por la terrible pandemia. Solo su intelecto, educación sentimental, sentido común y fuerza de voluntad le ayudarían a no caer contaminado.

Sinceramente, dudo que exista un cubano sobre la tierra que no haya caído preso de sus síntomas o consecuencias, aunque solo se trate de pequeños tránsitos, toques de cubaneo leves, febriles cuadros reversibles que solo algunos anticuerpos humanos potentes logran higienizar.

Esta sintomatología también puede ser genética pues conozco hijos y nietos de cubanos que nunca han pisado la isla pero padecen de esta afección endémica.

Tiene otra variante de contagio –mínima– y no por ello menos importante: transmisión por convivencia o roce marital, pues se han visto casos de cónyuges de distintas nacionalidades inoculados de por vida, incluso, más allá del matrimonio.

El cubaneo concentra lo superlativo del cubano, lo mejor trabaja duramente para sobrevivir ante lo peor de nuestra nacionalidad, es un síntoma que casi siempre se espesa en las profundas ollas del heterogéneo “Ajiaco” fundacional, ese que tan bien describiera el etnólogo cubano Fernando Ortiz.

Escritora. Reside en Cuba.

Esta historia fue publicada originalmente el 13 de octubre de 2017, 10:29 a. m. with the headline "El cubaneo, ¿hay algo bueno que se puede relacionar con la palabra?."

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