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Opinión Sobre Cuba

El curioso misterio de Lola, la que murió a las 3 de la tarde

Fachada del cine Capitolio (Campoamor) inaugurado en 1920, Centro Habana, La Habana.
Fachada del cine Capitolio (Campoamor) inaugurado en 1920, Centro Habana, La Habana. Archivo.

Del formidable compositor puertorriqueño Rafael Hernández es, casi sin duda, la más mencionada canción cubana a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI: LOLA (la que murió a las 3 de la tarde). Sin embargo, muchos le niegan la paternidad a Rafael, y asombrosamente no hay testimonio alguno en que el músico la haya mencionada como suya, aunque su estilo, su humor, y sus trajines personales de esos días lo señalen como su autor legítimo. En conclusión, que en el caso de Lola, tan a mano, no hay manera de hacer un trabajo histórico riguroso. Pero atemos cabos:

Cuando el gran compositor fue contratado en el año 1919 para hacerse cargo de la orquesta del Teatro Campoamor (aún no existían en La Habana emisoras radiales), sólo tenía 27 años, y alquiló una habitación para residir temporalmente en un edificio de buena pinta en la calle Campanario, cerca de Neptuno. El lugar pertenecía a una dama de Aguadilla, muy amiga de su familia, y contaba, al salir a la calle, con un rinconcito donde vendían cigarros y periódicos, y servían guarapo y colaban café. Lo que en Cuba llamamos un “timbiriche”. Ciertas mañanitas Rafael bajaba de su habitación, saboreaba una tacita de café, y guitarra en mano, se le veía caminar hasta la esquina de Neptuno, muy pocos metros más allá, apoyarse en una pared en ruinas que allí existía y, metido en sus fantasías, pasar largos ratos con los ojos semi cerrados acariciando suavemente la guitarra.

¿Acaso un compositor de su categoría buscaba inspiración en la transitada calle y sus pintorescos personajes?. Nadie podría afirmarlo, pero es oportuno aclarar, por lo que concierne a esta historia, que en la acera entre el “timbiriche” de café y la esquina de Neptuno y Campanario, se alzaba una verja herrumbrosa, que era la entrada a un solar con el curioso nombre de “el Bochinche”, donde vivía en esos momentos la protagonista de este relato, Dolores Oropesa, que a esas alturas había logrado trabajar por poco tiempo en el coro del teatro Regina (Alhambra), para pasar rápidamente a una vida sin pena ni gloria en el mencionado solar de mala muerte, donde una trágica idem la convertiría en una prueba de auténtica perdurabilidad.

Nadie sabe hasta qué fecha residió Rafael Hernández en la calle Campanario, pero se mantuvo en Cuba hasta 1925. A la pobre Dolores Oropesa las necesidades de la niñez la habían ido preparando para las adversidades de la adolescencia, que terminaron por llevarla a compartir sus ilusiones artísticas con el sexo rentado, las rumbantelas y todas las demás andanzas de aquellos años veintipico.

“Eran las tres de la tarde cuando mataron a Lola”, dice la frase musical, y está por cumplirse un siglo como tiempo exacto reconocido espontáneamente por todos los cubanos. Es de creer que Rafael Hernández conoció, al menos de vista, a la inspiradora de su conocida melodía pendular, cuando, de instrumento sexual en la casa de Tamara, se había convertido en una poco creible echadora de barajas e invocadora de espíritus en el solar “el Bochinche”, luego de caer en brazos de Paco Quiñones, un sargento de la policía habanera, de actividades puramente oficinescas. Él se había prendado de ella, y ella de él, al menos aparentemente. Rafael, que se adentraba con éxito en el ambiente musical de la ciudad, tiene que haber coincidido con la pareja en la acera de Campanario, o en el cafecito, aunque seguramente para nada presintiendo la tragedia que iba a ocurrir un día raramente caluroso del próximo febrero. Paco era un tipo raro. Se daba sus ronazos, sin llegar nunca a la curda violenta, y solía andar en camiseta dentro del solar como los guapos de barrio, pero jamás se le oía levantar la voz. El cuartucho donde vivía la pareja estaba repleto de velas, imágenes de santos y fetiches multicolores. Entre los vahos acres producidos por el pabilo y el incienso, ella atendía a una pequeña clientela, ansiosa siempre de comunicarse por medio de las barajas con familiares fallecidos, o con acontecimientos futuros. En realidad no se puede hallar en la crónica roja de la época que un policía de apellido Quiñones baleara en el pecho a una tal Lola, de apellido Oropesa. Pero sí existió el crimen. Si no se menciona más en la prensa, será porque nadie supo nunca el por qué de la agresión. No obstante, un asunto tan carente de sustancia y de detalles, quedó sorprendentemente ahí, entero, en boca de todos, con más inmortalidad de la que nadie hubiese podido imaginar, al parecer por dos factores fundamentales:

PRIMERO, que el único testigo de los hechos (un jovencito apodado “Lagartija” por el color verdoso de su pellejo) fuera muy expresivo y comunicador, y SEGUNDO, que el vocero, o divulgador de esta historia respondiera al nombre de Rafael Hernández, que estaba destinado a dar gloria a Puerto Rico con éxitos musicales, como Lamento Borincano (el Jibarito), Cachita, Campanitas de Cristal, El Cumbanchero, y cientos de creaciones populares, hasta incluir el indiscutible símbolo humorístico policial vestido de eternidad titulado Lola, que hoy recordamos.

Algunas versiones pueden existir del nacimiento exacto del curioso número. Se puede suponer que Rafael, al enterarse del drama de su vecina, indagaría detalles con su amiga de Aguadilla, o con los encargados del “timbiriche”, pero como soy de los que piensa que la realidad se puede imaginar, me inclino a creer que la mañanita siguiente del crimen Rafael pudo toparse casualmente con “Lagartija” saliendo del solar, cuando él pasaba con su guitarra rumbo a la esquina de Neptuno, y pudo, por supuesto, preguntarle cómo ocurrieron los hechos.

“Creí que los tiros eran cohetes que los “fiñes” habían comprado en la calle Zanja para los carnavales”, le habrá contado Lagartija, como le contó a todo el mundo. “Salí de mi cuarto a regañarlos, cuando vi con estos mismos ojos a Paco Quiñones huyendo por esa misma verja, guardándose el revólver. Eran las tres, por ahí...”

No sería necesario que lo repitiera. Rafael repasaría las cuerdas susurrando “Eran las tres de la tarde cuando mataron a Lola…”

“¡No!”, atajaría el muchacho. “Todavía no estaba muerta. Sentada frente al altarcito, salpicada de sangre, me rogó que buscara a Paco, que quería hablarle”.

Rafael cerraría entonces los ojos y cantaría bajito rasgueando la guitarra: “Y dicen los que la vieron que agonizando decía: yo quiero ver a ese hombre que me ha arrancado la vida”, y ya no es cuestión de suponer que el sorpresivo final de Dolores Oropesa se extendería convertido en música por la calle Campanario, doblaría relampagueante por Neptuno arriba, y así por toda la isla... hasta el día de hoy.

Actor, director y escritor cubano.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de noviembre de 2017, 5:27 p. m. with the headline "El curioso misterio de Lola, la que murió a las 3 de la tarde."

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