ALEJANDRO RÍOS: Jelengue
En el año 2003, cuando la Feria del Libro de Guadalajara estuvo dedicada a Cuba, quien fuera un director del Instituto Cubano del Libro, a la sazón trabajando para la editorial del Historiador de La Habana, me confió, casi en secreto, que Eusebio Leal era un demócrata cabal al cual había que agradecerle no solo la recuperación urbanística de la zona turística de la capital, sino la mediación que practicaba para que el castrismo se abriera al entendimiento con el exilio de Miami.
Confieso que nunca le tuve fe a la argumentación del editor. Me resultaba sospechosa su defensa del docto comisario, con una incontinencia verbal agobiante, sobre un pedestal de abundantes prebendas, totalmente a espaldas del cubano común de la ciudad que decía historiar, además de practicar una adulonería con los Castro que me causaba cierta repugnancia.
Recientemente en Panamá, el Historiador de la Ciudad ha mostrado su verdadera naturaleza, en consonancia con la intolerancia del régimen que representa, mediante el gastado subterfugio de la descalificación.
Para Leal los opositores “carecen de capacidad intelectual” y los cubanos auténticos no deben enlodar sus vestiduras con los llamados “mercenarios” al servicio del imperio, paradójicamente el mismo que ahora quieren seducir en la más enrevesada de las operaciones. Ajeno al circo diabólico que allí acontecía, afirmó que ellos, los revolucionarios, nunca darían el primer golpe.
Más allá de importar, sin vergüenza, los llamados actos de repudio a suelo panameño, en franca descortesía con los anfitriones, el castrismo no logró o no lo tuvo estratégicamente entre sus planes, convocar a otros artistas del patio que no fueran adláteres garantizados como el vetusto y aburrido Silvio Rodríguez, así como funcionarios carcamanes de la cultura: Miguel Barnet, presidente de la desprestigiada UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), un tal Morlote, vicepresidente de la misma organización, y Abel Prieto, asesor del general Raúl Castro, sin duda el más siniestro de los intelectuales oficialistas con una apariencia desenfadada y humorista detrás de su melena mal cortada y demodé.
Los tres estuvieron alentando el desorden y la confrontación violenta, sin mucho miramiento, como tarea de choque en la base, mientras la jerarquía cuadraba la caja con el otrora enemigo para el cacareado “momento histórico”, sin repercusión inmediata dentro de la Cuba profunda, que ha desarrollado el arte de la espera con un estoicismo insufrible.
Resulta curioso que no hayan alistado a Laritza Bacallao, el trovador Tony Avila o los siempre dispuestos Buena Fe, para apoyar el berrinche de las turbas redentoras del peor rostro del castrismo.
Afortunadamente el vacío dejado por estos representantes oficiales del arte y la música de la isla, lo ocuparon reconocidas figuras del hip hop como Los Aldeanos, Silvito el Libre, Raudel Collazo, Soandry, David D’Omni, así como el rockero Gorki Águila, quienes lamentaron el comportamiento de los genízaros de la dictadura.
Uno de los Aldeanos declaró: “Lo que han hecho repartiéndole golpes a personas que simplemente manifiestan públicamente lo que piensan ha sido una vergüenza que ha salpicado a todo el que se sienta realmente cubano”.
Hay un manifiesto ángulo racista y de superioridad fatua entre los cuatro mequetrefes de la cultura oficial –Leal, Morlote, Prieto, Barnet– cuando se expresan sobre miembros de la oposición. Se sienten muy intelectuales estos señores que desatan jaurías y ofenden a Guillermo Fariñas por ser un opositor negro.
Las nuevas generaciones de artistas cubanos se sienten distantes de todas estas deprimentes componendas y siguen haciendo sus obras a pesar de los amanuenses del régimen.
De hecho, prefiguran la Cuba posible, esa misma que se les escurre a los políticos sin cesar.
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de abril de 2015, 2:00 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Jelengue."