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Opinión Sobre Cuba

Pioneros en la traumatizada sociedad cubana

Un grupo de pioneros saluda la bandera cubana en una ceremonia en homenaje al guerrillero Ernesto “Che” Guevara, en La Habana.
Un grupo de pioneros saluda la bandera cubana en una ceremonia en homenaje al guerrillero Ernesto “Che” Guevara, en La Habana. Associated Press

Qué niño cubano a los siete u ocho años pudo negarse a leer un comunicado en los matutinos escolares, a condenar acciones, acusar potencias, gestos y crímenes que nosotros mismos no podíamos entender o comprobar desde nuestra condición de infantes.

Cada día nuestra mano derecha encajada sobre la frente juraba maquinal y enérgica: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

A quién de nosotros no le fue impuesto un traje de miliciano, una gorra verde olivo y una barba postiza para recitar luego cierto poema revolucionario. Quién aquí no fue castigado al no recitar de memoria una noticia oficial o por charlar durante un minuto de silencio tras la muerte de un héroe.

Aunque nadie en plena adultez desee aceptarlo, miles y miles de pioneros cubanos lanzaron huevos o piedras sobre las casas en señal de repudio en aquellos tristes días cercanos a los sucesos de El Mariel.

Quién no se perdió en medio de una concentración en la plaza, buscando a sus primos, intentando localizar a sus vecinos de otro destacamento, aturdido en la asfixia de un discurso interminable que ha sido la eterna banda sonora de nuestras vidas.

Quién no tuvo sobre su cuello una pañoleta de pionero, roja (José Martí) o blanca (Moncadista).

¿Alguien, alguna vez nos dijo que imponer una posición política o religiosa a un menor de dieciocho años, cualquiera que esta fuera, es y será siempre un crimen contrario a los derechos elementales de cualquier ser humano?

En el acápite número 14 de la convención sobre los derechos de los niños y las niñas emitido por Unicef se lee: “Libertad de conciencia, religión y pensamiento”:

Las autoridades deben respetar tu derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión. Tus padres podrán aconsejarte sobre lo que es mejor.

El artículo número 15 reza: Puedes asociarte libremente, crear asociaciones y reunirte pacíficamente con otros chicos y chicas siempre que estas actividades no vayan en contra de los derechos de otras personas. En el punto número 16 de este documento cardinal para Naciones Unidas se expresa: “Protección de la intimidad”, Tienes derecho a una vida privada propia, a que se respete la vida privada de tu familia y a la intimidad de vuestro domicilio, a que no te abran la correspondencia y a que nadie ataque tu buena imagen.

A pesar de todo eso fuimos felices, y quien lo niegue desconoce la capacidad de aislamiento y el poder fantástico que posee un niño para crearse su propio mundo en medio de cualquier contexto. Jugando en la arena de Tarará, perdidos en la frondosidad de la Tatagua, escondidos bajo las literas de cualquier campamento de pioneros, en las concentraciones políticas, en los patios de las escuelas, en los surcos de las primeras escuelas al campo nos sentimos dueños de todo sin tener real conciencia de aquella deriva en la que nos encontrábamos. Ese lugar lejano del que nuestros mayores tampoco podían salvarnos aunque quisieran. Viajar, no militar, estudiar una u otra especialidad contraria a las necesidades sociales, administrar nuestro tiempo libre, matricular en una u otra enseñanza, bautizarte o no usar el uniforme pioneril, comunicarte con tus abuelos, hermanos o tíos residentes en el extranjero, nada de eso era posible entonces, aunque los padres nos respaldaran nosotros sabíamos perfectamente que ellos nunca fueron los verdaderos dueños de nuestro destino y de esto nos percatamos muy pronto. Desde entonces nosotros empezamos a ser los padres de nuestros padres.

La sensación terrible y humanísima del Diario de Ana Frank o los momentos más álgidos de El Guardián en el Trigal de Salinger, narran cómo los niños y adolescentes siempre encuentran una salida en su imaginario, ante cualquier asfixia social, trauma o acontecimiento irreversible, descarnado y desgarrador.

Nosotros no fuimos la excepción. La marca de estos días es una huella en la conducta.

Pensamos que las nuevas generaciones no arrastrarían consigo el odio a sus semejantes, teniendo en cuenta lo sufrido en estos años, pero el dogmatismo se encuentra bien enraizado en los combates diarios tan presentes, por ejemplo, en las redes sociales. En los espacios comunes compartidos por los cubanos que una vez fueron pioneros se esconde también ese fantasma que nos condena solo por pensar diferente. Las cucharadas de “muñequitos rusos”, discursos e imposiciones plurales –muchas veces y no en todos los casos– nos han hecho ubicarnos a los extremos del ejercicio ideológico. En barricadas, trincheras desde donde disparar ofensas y críticas descarnadas.

El cierre de las fronteras, la separación entre padres e hijos emigrantes, las remesas familiares, la repatriación, la elección de una u otra figura presidencial, entre otros álgidos tópicos nos ponen a batallar sin tregua. Conformando así ese ejército sin tropa donde cada uno llega a ser el verdadero contrario y no reconoce razones en el resto de sus semejantes.

El concepto de trauma estudiado por Freud desde la infancia, esa respuesta desordenada o agresiva de la persona ante un suceso envuelto, camuflado por comportamientos desorganizados, con pensamientos fragmentados o agitados, nos hacen parte de una sociedad díscola con síntomas postraumáticos colectivos asentados en un sentimiento inicial donde dejamos de tener nombre para responder a un número y llamarnos pioneros.

Escritora cubana residente en La Habana.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de diciembre de 2017, 6:25 p. m. with the headline "Pioneros en la traumatizada sociedad cubana."

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