Desde La Habana, sin Navidad
El diálogo de un ciudadano con su país, con sus semejantes, con las autoridades y los medios de difusión es el genuino pasaporte al desarrollo social.
Pasan las elecciones y en nuestras cuadras parece como si no hubiésemos escogido a nadie. No existe una sola respuesta a cada una de nuestras necesidades e interrogantes. Los problemas se enquistan con el miedo, con la costumbre de bajar la cabeza, con la estela de trauma que destila este medio siglo de silencio, esa postura férrea –cercana a la inquisición– que nos hace culpables de solo poner sobre la mesa un tema vedado.
Los cubanos, en realidad, no reconocemos a quienes deberían representarnos. Hemos dejado de creer que podemos cambiar lo que hoy nos resulta inamovible.
La única salida es abandonar el nido, ese hogar que, en miles de núcleos familiares, ya se encuentra vacío.
Conozco dirigentes intermedios que saben muy bien lo injustas, disparatadas, incoherentes o antiguas estructuras que hoy nos mantienen inertes, pero no pueden tomar decisiones. Los más sagaces no se reúnen con quienes necesitan una respuesta porque simplemente ellos mismos no la tienen. Los escalones intermedios están desconectados y eso es notable y alarmante.
Estamos a la deriva y lo peor es que poco a poco va dejando de importar.
El país entero espera un milagro, un nuevo camino, una respuesta a lo que parece ya no merecer ni siquiera una pregunta. El desinterés y el cansancio colman hoy la espiritualidad del cubano.
Mi anhelo este fin de año es poder determinar, junto a mis vecinos, el destino de un país que seguramente, en cinco años, ya no será el mismo.
El Reggaetón y la ebriedad, el ron y el dominó adormecen los verdaderos conflictos, los lunes pueden parecer domingos y los jueves nos recuerdan los sábados.
Si pudiese conversar con el presidente Raúl Castro le diría que hay una profunda desconexión entre lo que acontece y lo que oficialmente se dice que ocurre.
El mapa de la Cuba donde crecimos poco a poco va desapareciendo y no existe un verdadero diseño de lo que está por venir. ¿Qué será de nosotros en lo adelante?
No hay discusiones reales sobre asuntos medulares. Se condenan hechos sin importancia, cuando en realidad lo que está en juego es lo que pasará cuando su generación haya dejado de existir. ¿Podemos hablar de esto?
¿Cuál es el espacio para esta discusión? ¿Dónde está el diálogo del Estado con su pueblo?
Hay un miedo profundo al enriquecimiento dentro de los trabajadores por cuenta propia y eso castra todo atisbo de desarrollo. El pago de impuestos debería arbitrar las recaudaciones, el miedo al mercado nos debilita, necesitamos enfrentar el doloroso estado en el que nos encontramos.
Es diciembre otra vez, los que no decidimos abandonar el país sabemos el alto precio que significa permanecer aquí, sin variaciones ni mejorías visibles. ¿Qué nos espera en el futuro? El desabastecimiento, la depauperación social y la falta de un plan real despiden internamente este 2017.
Agradezco profundamente el espacio que me ofrece el Nuevo Herald en sus páginas cada quince días puntualmente, pero quisiera que este debate de fin de año se produjera también en mi país, en un diario local, en la televisión o en la radio y que sirviera para transformar el ánimo, el pulso de una nación que vale la pena sacar adelante.
No soy un político, soy una escritora, una creadora, una ciudadana que, como sus contemporáneos en el resto del mundo, necesita conversar con el país en que nació y al que no desea renunciar ni abandonar.
Necesitamos debatir, lo advierto, somos un viejo matrimonio, si no conversamos esta relación se romperá sin remedio, de mal modo y para siempre.
Ya es Navidad en el resto del mundo y aquí seguimos, como cada año, hablando solos, sin Navidad en el frente.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de diciembre de 2017, 3:43 p. m. with the headline "Desde La Habana, sin Navidad."