Las astillas de nuestra balsa
La semana pasada conocí en Miami Beach a un cubano que trataba de sacar diciembre atornillado diez horas por noche a un Uber. Había duplicado el tiempo al timón debido al cierre temporal de la compañía para la cual trabaja como asistente de diseño. Para que se entienda, el hombre es ingeniero industrial y su esposa una pediatra que trabaja de asistente en una oficina médica. Llegaron hace tres años a Estados Unidos y no han cogido un respiro: el trabajo duro para sostenerse y ayudar a la familia en Cuba ha sido su día a día.
Muy parecida a la historia de Lucrecia, que me contara un amigo. Llegó a los 53 años tras pasar casi una década en España lustrando pisos y como empleada doméstica. En Cuba elaboraba planos para empresas eléctricas; en Galicia la atacó la artritis de tanto higienizar hospitales. Cuando Lucrecia se reunió con su hija en Miami lo primero que hizo durante meses fue limpiar autobuses de 10 de la noche a 6 de la mañana; ahora trabaja como auxiliar en una línea de ensamblado en Hialeah.
La hija de Lucrecia, que tiene 25 recién cumplidos, está obsesionada con el reguetón. Atiende en un restaurante cubano y se la pasa escuchando cuanta música llega de la isla. Con su Chacal y su Yakarta y el calor de Miami está en su ambiente. Ella venía del Vedado, a tres cuadras de la Rampa, y pasó sus primeros inviernos bajo cero, pelando pollos en una gigantesca procesadora en Clinton, North Carolina (búsquelo en el mapa).
He pensado mucho en estas personas durante los últimos días al presenciar las andanadas de insultos gratuitos contra la última generación de cubanos recién llegados. Se les tilda de vulgares, agresivos, vagos, se les identifica con una avalancha de “balseros de alma”, oportunistas dados a la salida inmediata, la estafa al Medicare, el hidropónico de marihuana y las mulas aéreas.
No es la primera vez y desgraciadamente no será la última, pero ya basta de guardar silencio. A la generación de mis padres y abuelos, a los José García que empezaron de jardineros y albañiles, aquellos vecinos originales los miraban con ojeriza –por no decir desprecio– a inicios de los sesenta. Luego tocó el turno a los balseros de Camarioca y de los Vuelos de la Libertad e inició un fenómeno quizás más lamentable: cada oleada de recién llegados empezó a experimentar una cierta actitud de superioridad moral respecto a la que le seguía en orden de llegada.
A los 125 mil del 80 les fue aún peor; despreciados como una plaga durante años recuerdo a una joven que me confesaba la horrible sensación que sufría de niña cuando su padre la llamaba por el diminutivo de su nombre Mariela.
En los noventa, con miles de balseros de bote anclados en Guantánamo y cientos congelados en Rusia y Alemania, el fenómeno discriminatorio prosiguió, a pesar de que cada grupo de refugiados llegaba con un nivel académico mayor y las mismas ganas de salir adelante.
Era, sin embargo, una situación hasta cierto punto paradójica: competían el aguijonazo generacional y la crítica más o menos encubierta con la defensa comprometida de cuanto cubano lograra escapar en busca de una vida mejor. Aún recuerdo la expresión de Jorge Mas Canosa para referirse al tema. Me parece estarlo viendo ahora mismo, cuando entre vehemente y sorprendido, afirmaba: “Pero... ¡es que somos un solo pueblo!”.
Techos de vidrio
En la última década la amargura de cierto sector del exilio hacia las nuevas generaciones de cubanos se ha tornado casi patológica, por no decir malvada. De esa generación de cubanos que ha hecho la travesía terrestre por toda la geografía latinoamericana para llegar a Estados Unidos se han dicho las cosas más abominables. Son cientos de miles en la últimos diez años, pero por unas docenas de estafadores al Medicare que supuestamente buscaron refugio en Cuba, o por cierto número de delincuentes asociados a la marihuana o ladrones de identidad, prácticamente se ha puesto en tela de juicio a toda una generación.
Desgraciadamente se olvida que las estafas médicas comenzaron mucho antes y hasta llevaron a la cárcel a reconocidas figuras del Miami pre-balsero que ahora prefiero no mencionar. Se oculta que el tráfico de cocaína y heroína –y la violencia asociada a esos delitos– era algo cotidiano durante una época en nuestras calles. Se omite que entonces no fue satanizada una comunidad entera por las acciones deplorables de una minoría, y muchos menos por sus propios hijos.
Hoy ocurre justamente el fenómeno contrario. El Miami histórico y no tan histórico está devorando a sus hijos más jóvenes. Los señalan como desentendidos, materialistas y apolíticos. No importan el sacrificio, los peligros, el horror que muchos enfrentaron en las selvas centroamericanas camino a la frontera estadounidense. Ni que vengan con similar espíritu de superación. Se les condena de antemano por como verbalizan algunos, como visten otros (no muy diferentes a otras comunidades, por cierto) y se les sataniza por querer regresar a Cuba para ayudar y compartir con sus padres, abuelos, hermanos y amigos.
Se ha llegado a la indecencia de juzgar como cobarde a una generación entera por rehuir la condena explícita al fidelismo desde Miami, ignorando la clave que explica esta última oleada migratoria: si bien la fuga masiva es evidencia del descalabro del sistema, se trata de una generación hastiada de los extremos y la exclusión, biológicamente rebelde a la coerción política. Y a la que, según parece, algunos quieren condenar a vivir entre ruinas y miseria.
Nada es casual en esta ofensiva contra los balseros. Hoy muchos acusan a Barack Obama de “traicionar” a los cubanos por haber cancelado la política “pies secos, pies mojados”, cuando en realidad todo había empezado varios años antes con un esfuerzo concreto, público y abierto de un grupo de congresistas y senadores republicanos de ascendencia cubana compartiendo el discurso condenatorio de Fidel Castro contra la Ley de Ajuste Cubano.
El Presidente firmó la orden, es cierto, pero el terreno para ello había sido consistentemente abonado por nuestros representantes en el Capitolio junto al Comité Central de la Calle 8 y los mujaidines de la radio. Fue una campaña permanente y muy bien coordinada para tratar de cambiar la percepción pública sobre los nuevos refugiados, presentándolos en declaraciones políticas, programas de TV y hasta encuestas pseudo científicas como una invasión de vulgares oportunistas y delincuentes que no merecían privilegio migratorio alguno (y a quienes incluso hoy se les amenaza con la deportación si piden asilo político en un viaje familiar, o con la cancelación de la residencia si vuelven a Cuba).
La realidad es mucho más simple: se trata de puro cálculo político. Despiadado y cobarde. Hay que menospreciar y limitar a los miembros de una generación completa porque piensan y actúan con matices diferentes respecto a los vínculos con la tierra donde nacieron y quedan muchos de sus familiares.
Esa es la razón fundamental tras esta campaña de castigo y desprestigio. Ya me alertaba mi abuelo desde muy niño: “No hay peor astilla que la del mismo palo”. Jamás entendieron su naturaleza y mucho menos que al final son ellos mismos los que quedan como impurezas. Todos Somos Balseros. Hora pues de darle escofina a ese palo.
Abogado y ex congresista demócrata.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de diciembre de 2017, 7:05 p. m. with the headline "Las astillas de nuestra balsa."