ALEJANDRO RÍOS: Berenjenal
El acercamiento entre Cuba y Estados Unidos arriba ilustrado de cuadros arrobadores –impensables hace solo unos meses–, como aquel donde figura el gobernador de Nueva York y la señora que el castrismo designó para atender a los yanquis, tomados de la mano e intercambiando besitos furtivos cheek to cheek bajo el embeleso de tracatanes de ambas partes en un día de sol radiante frente al histórico Hotel Nacional. Luego de los arrullos de bienvenida se ven departiendo en una mesa de espléndida vajilla coronada de rosas rojas.
En otra cándida imagen, el político americano visita un salón histórico del mismo inmueble donde figuran fotos de sus antecesores, celebridades de toda índole –de actores a gánsteres–, que solían hospedarse allí antes de 1959. Durante el recorrido lo acompaña el “gerente del hotel”, quien no puede eludir su pinta de “seguroso” enfundado en la guayabera que lo denota.
En otro acto del sainete aparece el elusivo cardenal Jaime Ortega, saludando al funcionario, para quien el prelado es una suerte de libertador de presos políticos, deportados sin piedad a España y luego abandonados a su suerte en turísticas y crueles plazas madrileñas.
Entonces pienso en la amena conversación, esta semana, del cineasta Juan Carlos Cremata con el público del Teatro Tower, del Miami Dade College, a propósito de la presentación de su más reciente largometraje Contigo pan y cebolla y del primer corto de la serie Crematorio, En fin el mal, donde se revelan distintas épocas del agobiado pueblo cubano, siempre a la espera de un maná que caiga del cielo para mitigar tantas penas, carencias y olvidos.
La vigencia del teatro clásico de Héctor Quintero, donde una familia habanera de los años cincuenta debe lidiar con la pobreza y las apariencias sociales, a partir del hecho de tener o no tener un refrigerador, resulta obvia aunque, como aclaró Cremata, por entonces todavía existía la capacidad de soñar por muy difícil que fuera el entorno, algo que perdió la Cuba de ajenas dependencias foráneas, abrumada por fracasados e improductivos experimentos.
En Contigo pan y cebolla pervive una humildad chaplinesca, de supervivencia solidaria, sostenida sobre la base fundacional de la dignidad y la decencia de la familia cubana tradicional.
Mientras que En fin el mal, plasma lo que viene aconteciendo cincuenta y tantos años después cuando “el hombre nuevo” y sus epígonos violentan sistemáticamente la estabilidad social en aras de consignas, imposiciones e intromisiones que hacen insostenible el curso de valores individuales y privados.
El velorio del intolerante miliciano, quien murió con el brazo y el sexo enhiestos, excitado por una presentación del programa de TV La mesa redonda, convoca el escenario abigarrado y lamentable de la Cuba actual donde se sobreponen los peores sentimientos.
Por cierto, ahora que se habla tanto del fin de la Guerra Fría a propósito del acercamiento de Estados Unidos y la isla, nadie menciona La mesa redonda, como un rezago de la desatinada “batalla de ideas” desatada por el dictador Fidel Castro durante los días de la saga del niño Elián González, que bien pudiera terminar para sosiego del ahíto pueblo cubano.
Cremata dijo en su conversación que En fin el mal presenta una familia disfuncional en franca correspondencia con una sociedad en similares circunstancias. Toda la parentela desfila ante el muerto mayor e intolerante –metáfora de un poder voluntarioso–, para recriminarlo por los males padecidos.
Habló el director sobre la necesidad imperiosa de respetar al otro y de zanjar las diferencias de la Cuba quebrada mediante los valores de la cultura. Se refirió a la risa como un bálsamo, aunque pintara el infierno.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de abril de 2015, 1:00 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Berenjenal."