Che rosa
Debe de haber sido por los años sesenta o setenta, tal vez, que mi amiga y colega en el Instituto Cubano del Libro, Erena Hernández, me habló de un periodista mexicano, de visita en Cuba, como tantos otros deslumbrados por la revolución, y de su fascinante verbo. Según ella, un hombre franco, libre, bien alimentado y bebido, que les contaba aventuras de ultramar, cual Marco Polo, a los acoquinados isleños secuestrados por el castrismo.
Paco Ignacio Taibo II terminó por escribir, tal vez, la más extensa biografía sobre uno de sus ídolos, Ernesto Che Guevara. Por supuesto que ese “ladrillo” que él llama Biblia nunca figuró entre mis lecturas, sin embargo, se me ocurrió, durante estos días de asueto, darle un vistazo al documental que ha derivado de aquella literatura realizado en componenda con la televisión chavista Telesur, de Venezuela, y que ahora Netflix incluye entre sus ofertas.
He leído que fue una serie de varios capítulos antes de ser condensada en el actual documental que lo conduce personalmente el escritor, ya envejecido y trastabillando, con abundante bigote teñido de nicotina y la boca abierta de quien se siente hechizado con las anécdotas sobre la vida del vagabundo y fracasado guerrillero.
El sesgo altruista e idealista que el autor mexicano insiste en destacar del objeto de su romance ideológico, se despeña por el barranco de la realidad harto conocida.
El joven aventurero que explora la pobreza de América Latina, prefiere no trabajar, y no deja de pedirle dinero a sus padres y a otros patrocinadores de sus desafueros, tampoco muy abundantes en recursos.
Todo se manifiesta como a medio camino en su vida, rodeada de una suerte de fatalismo que él insiste en convocar y los amigos no faltan a la verdad y se encuentran sin alternativas para retratar una suerte de atorrante sectario, sin espacio para la humildad y la concordia, o como se conoce en buen cubano, un “pesado” insufrible.
Lo mejor que le ocurrió en su vida fue lo peor que le pudo acontecer a los cubanos: que conociera a Fidel Castro en México y se involucrara en nuestra historia, donde hizo profundo daño material y espiritual, no obstante, el poco tiempo que formó parte de quienes trajeron la noche a la isla.
Hay un capítulo donde Ignacio Taibo II se reúne con Fernández Mell –funcionario castrista vividor, venido a menos– para alterar el récord, asentado en muchas otras fuentes e investigaciones, de que Guevara se involucró personalmente en los juicios amañados de la Cabaña durante el comienzo de la ordalía y de los fusilamientos injustos que de ellos derivaron.
El entrañable arquitecto Nicolás Quintana me habló, en cierta ocasión, de la petulancia del aventurero y de su desdén por la vida ajena, mientras un joven director de cine cubano trajo de una visita a Bolivia el documental donde las nuevas generaciones de La Higuera o habían olvidado a Guevara o estaban contra su intromisión desestabilizadora.
Fracasó como Ministro de Industrias y como presidente del Banco Nacional, fue el teórico del llamado “hombre nuevo” y del trabajo voluntario. Se vanagloriaba de ser humilde e igualitario disfrutando mansiones y automóviles incautados a sus dueños en Miramar. Lo ningunearon en el Congo y en el disparate boliviano que le costó la vida. El Che rosa de Paco Ignacio Taibo II no sobrevive a tanta evidencia, aunque los tontos útiles siguen haciendo de las suyas. Por estos días, la alcaldesa de París le ha montado un homenaje por ser un “ícono militante y romántico” y las protestas no se han hecho esperar.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de enero de 2018, 1:36 p. m. with the headline "Che rosa."