Por qué el castrismo permanece
Después de 55 años durante los cuales cientos de miles de cubanos han sufrido injustas prisiones políticas, si es que alguna prisión política puede llamarse justa, miles han sido fusilados frente al infame paredón castrista, muchos otros han muerto ahogados en el estrecho de la Florida huyendo del infierno comunista, y casi dos millones de nosotros nos hemos tenido que exilar de nuestra patria, todavía hoy la tiranía mantiene su garra firme a nuestro pueblo indefenso.
Digo indefenso, pero no admito que nadie llame al pueblo cubano cobarde ni indiferente al horror comunista. En las montañas del Escambray, en la Sierra de los Órganos y en las arenas de la Bahía de Cochinos se derramó generosa la sangre heroica y rebelde de aquellos que siguiendo la senda de Maceo, Martí, Agramonte y Máximo Gómez se enfrentaron valientes y firmes a un gobierno opresivo y brutal.
Y nos preguntamos: ¿cómo puede ser que a pesar de tanto heroísmo, tanto esfuerzo viril, tanta lucha sin tregua tratando de rescatar la libertad perdida, nos encontramos hoy como simples espectadores, o peor que eso, divagando impotentes fórmulas absurdas de transición, o esperando que las llamas del averno consuman el alma despiadada del tirano substituto? Es necesario analizar seriamente las razones internas y externas que han permitido que un pueblo inteligente, noble y valiente se encuentre en pleno siglo XXI en condiciones de esclavitud. Cómo ha podido ser que ese pueblo que se levantó en los campos heroicos de Yara y de Baire y puso de rodillas al Imperio Español, esté hoy sometido a un régimen bárbaro y cruel que ha barrido con todos los derechos fundamentales del hombre.
Vamos a comenzar por las causas internas. El programa por el cual el pueblo cubano había luchado era bien sencillo: la restauración de la Constitución de 1940, la carta constitucional más avanzada y democrática del continente, elecciones libres en un plazo no mayor de seis meses, honestidad administrativa y el respeto a los derechos inalienables del pueblo como soberano. Esto y punto final, Cuba antes de la falsa revolución disfrutaba, a pesar de la crisis política, los índices económicos más altos de la América Latina, la legislación social cubana era sin discusión la más avanzada del Continente y gozaba de un poder judicial competente e independiente. No existía en lo absoluto la más mínima necesidad de un vuelco total que destruyera las bases mismas de nuestra estructura social, pero Fidel Castro y sus secuaces tenían una agenda secreta, y la mayoría del pueblo desconocía o había olvidado las andanzas gansteriles del barbudo de la Sierra en sus tiempos estudiantiles en la Universidad de La Habana, e ignoraba el historial comunista de su hermano Raúl.
En enero de 1959, mientras el pueblo celebraba en La Habana, Raúl cavaba en Oriente una zanja y frente a ella fusilaba sin juicio previo, sin distinguir culpables o inocentes, a cientos de soldados del antiguo régimen. Semanas más tarde el sanguinario argentino Che Guevara convertía la fortaleza de La Cabaña en una cámara de la muerte, mil veces más tenebrosa que la zanja de Raúl. En apariciones televisadas casi diarias y en innumerables discursos ante multitudes enardecidas, Fidel Castro, ya denominado “el Máximo Líder”, juraba que ni él ni su revolución eran comunistas y con esas credenciales se dirigió a los Estados Unidos a chantajear a la administración de Eisenhower, buscando prebendas que éste le negó. Resentido y airado por el desaire sufrido, con el carácter vengativo y revanchista que siempre ha tenido, decidió vender su revolución a la Unión Soviética, sin importarle para nada el desastre que para el pueblo cubano esa decisión habría de traer. Y entonces declaró sin pudor que él siempre había sido comunista. Y así comenzó a apoderarse de todo, confiscando sin recompensa, primero las refinerías de petróleo, después los ingenios azucareros, las grandes fincas ganaderas, las grandes industrias, los latifundios agrícolas, para terminar interviniendo (robando) las pequeñas tiendas, las fábricas más humildes y los pequeños conucos campesinos.
Al darse cuenta del fraude, muchos que apoyaron en su primera etapa la revolución, se enfrentaron al tirano. Unos pagaron con sus vidas frente al paredón, otros sufrieron largas condenas carcelarias, y un grupo mayor se dirigió al exilio para desde allí organizar la lucha contra la incipiente tiranía. En 1961, siguiendo los métodos aprendidos de la NKVD soviética, se desató en Cuba una sangrienta represión contra aquellos que osaran protestar o rebelarse. Una censura total dejó a la población aislada del conocimiento de toda noticia de lo que sucedía en la Isla y en el extranjero. Un control total de la economía convertía a cada cubano en siervo del estado totalitario. Bajo estas condiciones, la organización y estructuración de una oposición activa fue ahogada por la represión más violenta.
Miembro del Colegio Nacional de Periodistas de Cuba en el Exilio y de la Unión de Colaboradores de Prensa.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de enero de 2018, 3:41 p. m. with the headline "Por qué el castrismo permanece."