Acoso a la cubana
A qué adolescente cubana no le ha tocado ser conquistada por un profesor.
Qué miliciana no recibió aquí una “cariñosa” nalgada de manos de un superior que trataba de “animarnos” durante los ejercicios, maniobras de entrenamiento militar.
Qué trabajadora cubana no ha sido asediada por su jefe, por un colega del trabajo o algún dirigente político quien, al sentirse no correspondido, le va haciendo la vida imposible hasta lograr destituirla de su cargo y en muchas ocasiones, desertar.
¿Qué pasaría si denunciáramos estas conductas? Es algo tan corriente que no creo se tenga demasiado en cuenta.
En Cuba el piropo subido de tono, los juegos sensuales o sexuales, la conquista abierta y el llamado “zorreo” ya son parte de la vida cotidiana. Esto, debemos admitirlo, no viene solo de parte del hombre, somos muchas veces nosotras las mujeres quienes empezamos el retozo.
No existen multas, condenas o advertencias a partir de una mirada, una proposición decente o indecente y es que el canon de la decencia ha desaparecido de la nomenclatura de muchos cubanos. Para algunos ser decente es bien abstracto, un rezago, algo vintage y desdibujado en la memoria o la conciencia de ciertos ciudadanos.
La proxemia, el modo de tocarse mientras se conversa, la ropa ligera, transparente y ajustada con la que se permite acudir al trabajo, entrar a las funerarias y hospitales o portar durante actos o gestiones oficiales, la vestimenta que ciertos maestros usan para impartir clases, el hacinamiento y la promiscuidad en las épocas formativas han decapitado los códigos de conducta y ética con la que fueron educados nuestros padres y abuelos.
Un matrimonio en Cuba pasa rápido como un catarro, con solo pagar 40 pesos cubanos –menos de dos dólares– lo eliminas y viajas, sin miramientos, a la siguiente unión que, a su vez, puede correr la misma fugaz suerte.
Vivimos en un Estado laico, no confesional, hemos sacado a patadas de nuestras vidas los rituales, los patrones o los preceptos que pudiesen guardar ciertas normas que hacen menos épica la convivencia.
Escribo este texto incluyéndome en la experiencia vital de haber sido educada en un país donde una consigna pudo más que un sentimiento, ese lugar donde nuestros padres debían aplazar nuestros cumpleaños, graduaciones e incluso nuestras enfermedades para correr al “llamado de la patria”. Crecer en una beca era la realidad de muchos, intimar de vez en cuando con la familia una utopía posible en vacaciones o fines de semanas alternos. Somos el resultado colectivo de lo que pudimos ser lejos de casa.
Es por ello que cuando en las noticias internacionales se habla del acoso sexual a las actrices de Hollywood aludiendo una conversación subida de tono, o el abuso verbal o físico que sufren las mujeres de manos de políticos o personajes famosos en Estados Unidos lo advertimos como algo más o menos natural en esta parte del mundo. ¿Por qué serán titulares asuntos que pasan todos los días?, se preguntan muchos por aquí. La confusión es tan profunda que para algunos cubanos el acoso es una demostración de amor y la violación de espacios sagrados significa una muestra de valentía y apasionamiento.
El acoso a la cubana pasa inadvertido pues no existe el respeto a la intimidad y privacidad del otro. Alguien reservado y cuidadoso de su vida privada resulta muy sospechoso.
Si hubiese que acusar o ser acusado por ello, cuántos terminaríamos tras las rejas. Aquí, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra para construir barricadas –hombres y mujeres por igual– y evitar así un linchamiento colectivo.
Creo sinceramente que nuestro camino en Cuba no es solo denunciar acoso o exceso de galantería, pues seríamos demasiados los presuntos implicados.
Partiendo de mi experiencia y en este tenor estoy de acuerdo con la declaración de Catherine Deneuve y un grupo de artistas e intelectuales francesas quienes consideran:
“Como mujeres no nos reconocemos en un feminismo que, más allá de denunciar los abusos de poder, se viste de odio a los hombres y la sexualidad. Creemos que la libertad de rechazar una propuesta sexual va unida con la libertad de importunar. Consideramos que una debe saber cómo responder a esa libertad para molestar de otra manera que no sea para recluirnos en un papel de víctimas”.
Nuestra pelea en Cuba no es solo contra los hombres o mujeres que sí acosan, violan o abusan, sino también contra la conducta social que ha eliminado de nuestra existencia cualquier ritual, postura, gesto respetuoso que enriquece valores y tradiciones, axiomas que eduquen y moderen la cada vez más compleja relación ética entre hombres y mujeres en la contemporaneidad.
Nos encontramos pues en la prehistoria de esta problemática internacional. Para entrar en el debate necesitamos primero, reestructurar nuestras posturas desde una base fundacional: La Familia.
Escritora cubana residente en La Habana.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de enero de 2018, 6:03 p. m. with the headline "Acoso a la cubana."