Opinión Sobre Cuba

MARÍA VICTORIA OLAVARRIETA: ¿Quién te dio el apartamento nuevo, Fidel o Jesucristo?

En las dos primeras semanas de mayo de cada curso escolar, les presento a mis estudiantes de los grados altos la Declaración Universal de Derechos Humanos. Desde el 2013 también he podido incluir a los primeros grados, gracias a la adaptación para niños que ha publicado en España la Asociación por la Paz Continental. Cada texto del libro está tan bellamente ilustrado que capta inmediatamente la atención del niño y facilita la comprensión de un tema tan difícil de enseñar.

“Los treinta puntos de la Carta Magna de los Derechos Humanos son un instrumento perfecto para potenciar los valores de la amistad, la generosidad, la justicia y el respeto a la diferencia (…)”

Las sorpresas que me depara cada año escolar cuando trabajo este tema son impredecibles.

Como cubana, me sorprende que muchos no sepan todavía que en mi país la gente no puede tomar un avión y viajar libremente. Cuando dije el año pasado a mis estudiantes de octavo grado que en Cuba no hay acceso libre a internet, algunos no me podían creer, y no sé si he logrado explicarme bien cuando trato de responder a la pregunta más recurrente durante estos veintidós años de exilio:

¿Cómo es posible que todo un pueblo se haya sometido y no haya aparecido alguien que se haya rebelado contra esos tiranos?

El pueblo cubano está completamente desarmado. ¿Cómo explicar el efecto de 56 años de mordaza?

Primero nos aseguraron que no eran comunistas, hasta que hizo falta serlo para seguir en el poder. Se les prohibió a los miembros del partido comunista mantener relaciones con la familia que lograba escapar a los Estados Unidos, hasta que hicieron falta los dólares –los “gusanos” del exilio nos convertimos inmediatamente en mariposas– y hasta se nos dio permiso, no a todos, para visitar nuestra tierra. Y ahora, como lo que sigue importando es el cash, hay que arrimarse a quien nos lo pueda dar.

En una zona de casas muy pobres, les dieron apartamentos a todos los vecinos. El día de la entrega de la llave, formados en fila, cada vecino iba firmando. Un autobús los transportaría después hasta el edificio que iban a estrenar.

Una anciana muy mayor puso sobre el buró donde estaba el libro de firmas, lo que parecía un cuadro envuelto en una toalla muy usada. Cuando se disponía a firmar, la miliciana a cargo de las llaves le preguntó:

–¿Qué es eso, compañera?

–Un cuadro del Corazón de Jesús que no quiero que se me rompa, mijita.

–¿Pero quién te dio el apartamento a ti, abuela, Fidel o Jesucristo? Para que te entregue la llave tienes que tirar eso ahora mismo en este latón de basura.

–Mira, mijita, no hay problemas. Yo me voy para mi casita otra vez.

Los que presenciaron la escena no pueden olvidar la ternura con la que aquella abuela recogió su Corazón de Jesús, reacomodó bien la toalla para que no se dañaran las esquinas del marco e intentó marcharse.

–Pero, abuela, tú estás loca, en el barrio no va a quedar nadie. No te puedes quedar sola allá –le gritaba, desesperado, uno de sus nietos “postizos”.

Todos hablaban a la vez, ella estaba en paz. No dijo una sola palabra. Miró durante unos segundos a los que por tantos años habían sido sus vecinos y todos los nuevos propietarios la vieron marchar con la espalda encorvada y como protegiendo el Corazón de Jesús contra el suyo.

Este fue el mejor ejemplo que encontré para explicarle a mis alumnos, en una clase de 45 minutos, como mi pueblo fue cediendo sus derechos.

Profesora de Español y Literatura.

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