Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO RÍOS: Mi Madre-patria

Era la semana del domingo que se celebra el Día de las Madres durante la aciaga década del setenta yo bajaba por la calle G del Vedado en la noche, luego de asistir a clases en la universidad, camino a la casa, y se me ocurre sustraer unas hermosas flores que recién habían sembrado como ornato público para luego colocarlas en una maceta y regalárselas a mi madre, que tanto le gustaban las plantas.

Lo hice sin remordimientos, porque ejercía una de las tantas formas de agredir al aborrecido estado que todo lo fiscalizaba y porque para esa ocasión tan especial a los burócratas del régimen sólo se les ocurría vender un cake por núcleo familiar anotado en la libreta de racionamiento. Ese dulce, horneado con días de anticipación, se dispensaba ya marchito en las bodegas de barrio.

Mi madre fue muy feliz con su regalo insospechado en un país donde habían desaparecido, también, las flores y las plantas ornamentales. De hecho, no la recuerdo triste y no había escenario que más me regocijara durante mi infancia y juventud que aquel donde canturreaba melodías de su época mientras lidiaba prolijamente con las tareas domésticas.

Era dueña y señora de aquel moderno apartamento 304 del edificio 29 de la Habana del Este, hoy Ciudad Camilo Cienfuegos –en la última urbanización del gobierno de Batista–, reinventando su vida luego de ser extraordinariamente dichosa en Hialeah, de donde regresamos en calidad de “repatriados”.

Tanto ella como mi padre nos enseñaron que la patria existía donde estuviera la familia. Solo con esa premisa pudimos sobrevivir tanto miedo y desasosiego en una sociedad estructurada para el adoctrinamiento y la sumisión a una ideología malsana.

Solamente su perseverancia nos mantuvo en el bando de la decencia que se iba esquilmando con el paso de los años. Cuando cruzábamos el umbral de aquel sitio mágico, dejábamos la máscara colgada junto a la puerta y éramos nosotros.

Ella hacía ingentes esfuerzos para impedir que entraran a su hogar sagrado los “seremos como el Che”, el comité de vigilancia revolucionaria, la militancia comunista, los delatores, las movilizaciones a la plaza o al absurdo trabajo voluntario en la cuadra y cuanto disparate se le ocurría al castrismo para pulverizar a la familia.

Nunca tuvo que decirnos que lo conversado en la casa se quedaba entre aquellas cuatro paredes como única protección contra lo impredecible –lo intuíamos–, aunque en ocasiones no cumplimos su prédica y tuvo que lidiar con directores y funcionarios de escuelas iracundos y amenazantes por nuestra insolencia para con los absurdos del régimen y comportamiento “extranjerizante”.

Mi madre fue una niña humilde, de grandes ojos soñadores, que mi abuela entregó en crianza a una tía de rigurosa disciplina, quien muchos años después –paradójicamente– falleciera a su cuidado.

La noche antes de irse, sin cumplir 68 años, dormimos en la misma cama de un hotel en Kissimmee. Habíamos visitado Disney World durante el día junto a mi hijo menor y mi esposa. De niño recuerdo haberme embelesado en su regazo, en la más satisfactoria de las sensaciones, que siempre he añorado repetir. Ese perfume celestial de su piel, tanta calidez y refugio.

Ahora me mira desde las fotos y desde los ojos de mi hermana y de mi sobrina, que se le asemejan. Y quiero este domingo montarme en la máquina del tiempo para poder reposar, otra vez, sobre su regazo y decirle, mira tu espléndido legado en el país que ustedes escogieron para nosotros cuando el nuestro se había hecho trizas. Valieron la pena tus desvelos. Hemos triunfado, gracias a ti.

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