Opinión Sobre Cuba

JORGE DÁVILA MIGUEL: Gross: ¿regreso a La Habana?

La noticia es llamativa: Alan Gross, cinco años preso en Cuba por violar las leyes del estado cubano(1) y liberado en diciembre pasado, ya quiere volver a la isla. Alguien dirá que es el síndrome de Estocolmo, yo creo que es el síndrome de La Habana. Últimamente los norteamericanos quieren viajar a Cuba, y también navegar, porque ya vienen llegando las rutas marítimas del ferry.

Pero el caso de Gross es diferente. Era el más reciente héroe de la oposición exiliada; los legisladores cubanoamericanos y hasta el Departamento de Estado; según ellos, Gross había sido condenado injustamente ya que solo llevaba inocentes teléfonos celulares a la comunidad judía en Cuba. Pero al apresarlo en diciembre del 2009, Gross quería entrar a la isla con un chip(2) de tecnología punta que usualmente controlan la CIA y el Departamento de Defensa norteamericano.

En Miami ha habido pocos comentarios y hasta los legisladores cubanoamericanos callan. Gross, cuya liberación fue lo único que festejaron en los recientes acuerdos Cuba-USA, en vez de denunciar al gobierno de La Habana como criminal y terrorista, les ofrece un ramo de olivo. El ex prisionero colabora ahora con Cuba Now, nada más y nada menos que un grupo bipartidista que cabildeará en Washington para suavizar el embargo.

Pero sin dudas la posición de Alan resulta incomprensible, difícil de tragar para la corriente tradicional informativa en Miami y en los círculos del cabildeo profesional anticastrista.

Un periodista de la tele se preguntó ante las cámaras: ¿Para qué quiere Alan Gross volver a Cuba? ¿Para que lo torturen otra vez? Imposibilitados de escapar de sus propios esquemas, hay quienes no tienen otro recurso que adjudicar su propia torpeza al otro. Un Alan Gross que añora las torturas. Y hasta las dentaduras. Porque Frank Calzón, director ejecutivo del Center for a Free Cuba, encuentra un argumento irrebatible del salvajismo castrista, en comparación con las bondades de las cárceles norteamericanas, en el hecho de que a Alan Gross no le hayan puesto su prótesis dental. No son más que detalles y majaderías para evitar aceptar que la situación cubana y su futuro desarrollo son enteramente nuevos, con otros presupuestos, otras certezas, otros peligros y otros retos.

Los gastados voceros radicales de Miami repetirán que el gobierno de Cuba siempre actúa brutalmente; y que solo la soberbia y el horror los anima. Pero otros piensan que eso es una falsa apreciación. Debemos suponer, más por lógica que por buena fe, que otros resortes dominan la conducta de La Habana. En realidad –esto es lo que el mismo Gross afirma– él no sufrió maltratos en Cuba, y hasta lo habrán mimado. Lo que en Miami es sorpresa, en La Habana tal vez sea resultado. Todo parece indicar, pues, que esa no sería la última vez que Alan vuelve a Cuba. Seguramente lo recibirán como si nada hubiera sucedido. En definitiva… se trata ya de un viejo conocido.

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