SEVERINO PUENTE: A ciento treinta y ocho años de aquel cuento en flor
Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente, ¡la frente
que más he amado en mi vida!
(Guatemala, 1877)
Era una muchacha de exquisita personalidad, aumentada luego por la leyenda. Era la más espigada y carismática de varias hermanas. Veinte años tenía. Desenvuelta, seria, cultivada. María se llamaba como la madre del Nazareno. Tocaba el piano con delicado gusto, y decía versos y cantaba graciosamente. Era sobrina de Pepita García-Granados, una rimadora destacada: “Dulce risueña Esperanza/ a quien la magia divina/ a la dicha prestó un ala/ y al dolor quitó una espina”. Pero María no llegó a conocer a esta hermana de su padre Miguel (general y expresidente de su país), porque nació luego de fallecida la poetisa.
Cuando María descubrió a José (cuatro años mayor que ella) se dio cuenta inmediata de que se hallaba ante un hombre fuera de lo común, superior aún a la leyenda. Él llevaba el nombre del padre del Nazareno, pero más le ajustaba el de David (alguna vez empuñaría su honda). María y José fueron afines en el primer encuentro: los ojos negros de ambos se deslumbraron. Él, admirable educador, fue su maestro en aulas superiores. Sabio y fluido como pocos. Cuando José se hizo amigo de su padre, un militar que amaba el ajedrez, se habituó a verlos jugar silenciosas partidas, o a debatir sobre temas profundos. Pronto se adentró en emociones que nunca había sentido. El dardo que la asestó penetró hondo y despiadado. Él lo advirtió y solamente se dejó rozar, porque en un país cercano lo requería otro compromiso, y se lo confesó a María, y ella, al despedirlo, le regaló flores de delicados perfumes. “Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor;/ él volvió, volvió casado,/ ella se murió de amor”.
Su gente se mostró desconsolada y perpleja, y la lloró sin treguas: “Iban cargándola en andas/ obispos y embajadores,/ detrás iba el pueblo en tandas/ todo cargado de flores”.
José corrió a visitarla en el frío panteón familiar. Se estremeció ante la mortaja: “Allí, en la bóveda helada,/ la pusieron en dos bancos/, besé su mano afilada,/ besé sus zapatos blancos”, confesó.
Ella había emprendido viaje hacia lo incierto. Él, luego de inmortalizarla en el hermoso poema, continuaría su ruta hacia lo exacto.
Actor, director y escritor cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de mayo de 2015, 0:41 p. m. with the headline "SEVERINO PUENTE: A ciento treinta y ocho años de aquel cuento en flor."