Separaciones
Salgo de la consulta del médico cerca del Restaurante Versailles y no puedo sustraerme a la tentación de degustar el mejor cortadito que uno se pueda imaginar, servido con leche evaporada y los mimos de empleadas que te atienden como familia, antes de llegar a la oficina del Miami Dade College en el downtown de Miami.
Me encuentro a mi hijo mayor en la misma circunstancia gastronómica camino a su trabajo. Hacemos un resumen de noticias, sobre todo de películas vistas el fin de semana, algunas que le recomiendo. Luego nos abrazamos, besamos y partimos a nuestras obligaciones laborales. Fue un encuentro casual de lunes que a mí me hizo muy feliz por lo inesperado y por verlo, como suele estar, sumamente contento con sus logros.
Ese hombre, quien ahora cría dos espléndidos muchachos –mis nietos–, fue un niño no menos feliz, porque los infantes no suelen reparar en la desolación circundante cuando son protegidos debidamente por sus progenitores. Obligado a tratar de ser como el “Che”, en calidad de pionero comunista, luego debió becarse para continuar sus estudios secundarios, cuando al régimen se le ocurrió que los consentidos estudiantes urbanos debían alcanzar sus diplomas en contacto con la tierra, trabajando como agricultores esclavos, separados de sus familias.
Ya he descrito en otras columnas, el espanto de aquella beca, donde el bullying estaba a la orden del día, la alimentación era como de campo de internamiento, la doctrina revolucionaria les taladraba el cerebro a los niños, sin consulta previa con sus padres, y el que no madurara como un relámpago estaba expuesto, de por vida, a traumas para los cuales no habría respuestas sensatas.
Apenas unos años antes yo personalmente había sufrido experiencia similar, acrecentada por un programa de preuniversitario militar –“Héroes de Yaguajay”–, donde me forzaron a ingresar a los 15 años, antes de cumplir la edad prevista por la ley para integrar las unidades del llamado Servicio Militar Obligatorio. Tanto mi madre como mi padre debían padecer en silencio la separación, sin la más mínima posibilidad de reclamo.
Mientras tanto, instituciones internacionales del ramo pedagógico no escatimaban elogios al sistema educacional cubano. De hecho, todavía hablan de sus logros. El mundo nos daba la espalda. Diletantes de filiación comunista y progresistas, sobre todo de los Estados Unidos, visitaban la isla para atestiguar el maravilloso experimento de la creación del hombre nuevo.
Con su silencio, la prensa del mundo también se hacía cómplice de los desmanes del castrismo contra los niños. Eran tiempos de total zozobra, la Guerra Fría y la intervención oportunista de Fidel Castro en Centroamérica, tratando de crear “dos, tres muchos Viet Nams”, como le había sugerido su lugarteniente Ernesto Guevara, anticipaban una geografía de corrupción y violencia, de donde hoy huyen desesperadas familias de numerosa prole hacia las fronteras norteñas.
Hace solamente unos pocos meses, cientos de cubanos, escapando del comunismo, sufrían maltratos de toda índole en fronteras latinoamericanas que debían salvar en camino a los Estados Unidos, donde eran legalmente acogidas, antes de que la anterior administración eliminara abruptamente esa posibilidad. Varadas en México se les advirtió lo difícil que resultaba solicitar asilo en la frontera mexicana y que fuera otorgado.
Esta semana mi hijo menor cumple 22 años y en unos pocos días termina su licenciatura en La Universidad Internacional de la Florida. En 1992, me separé de mis padres para que él naciera en libertad. El castrismo los mantuvo en castigo, distantes de sus seres queridos, durante cinco años, hasta que pudieron abandonar aquella ignominia. El camino no fue fácil, pero valió la pena, me digo todos los días.
Crítico y periodista cultural.