Cuba rota: El castrismo disfraza su incompetencia y el país sigue a la deriva
La escritora Marilyn Bobes ha dedicado un truculento obituario al poeta Rafael Alcides, donde no tarda en anteponer sus credenciales militantes, a los valores literarios del escritor: “Más allá de sus controvertidas posiciones políticas, el poeta Rafael Alcides, fallecido el pasado 19 de junio …”.
Luego, casi al final del texto, vuelve por sus fueros: “La cultura cubana pierde con él a un hombre que, al menos durante los años que publicó su poesía en las editoriales cubanas, mantuvo siempre una excelente calidad…”.
Alcides se hubiera reído de las cínicas salvedades de su otrora colega: Resulta que es un gran poeta “más allá” de sus ansias naturales por ser un hombre libre, y la cultura cubana pierde a un escritor que mantuvo una excelente calidad, “al menos” antes de rechazar públicamente toda la tropelía castrista.
Otros representantes de la cultura nacional como Bobes han decidido ponerse a buen resguardo de la represión solapada y no salen de la sentina donde los hunde el sistema. Sobrellevan el fardo de la ignominia, confiados en la eternidad de la dictadura de sesenta años.
Las delegaciones deportivas a eventos internacionales, antes de partir, deben desfilar por la piedra que guarda las cenizas del sátrapa para rendirle pleitesía. Allá van los jóvenes al histórico cementerio de Santa Ifigenia para humillarse ante el causante del desvarío cubano.
Ahora se reúnen en La Habana 430 delegados del llamado Foro de Sao Paulo, cónclave de la extrema izquierda latinoamericana. Causan vergüenza ajena los comisarios de la dictadura cubana adoctrinando a los visitantes: “El imperialismo -dice uno en jerigonza ininteligible- tiene un plan y mucha plata”.
“Después de los gobiernos de izquierda -afirma el mismo energúmeno-, se nos quiere borrar”.
Son los únicos que defienden y cantan loas a impresentables como Nicolás Maduro, dador del hambre y último sostén del fidelismo, y Daniel Ortega, que en otro mundo menos hipócrita e indiferente a la injusticia ya hubiera sido juzgado por crímenes de lesa humanidad.
Hay algo perturbador en el ADN nacional. Personas que se repatrian con algún dinero, ahorrado en territorio “enemigo”, montan un timbiriche culinario u hotelero, en casas compradas al efecto, y luego son expropiados por el régimen, que no tolera a los creadores de riqueza.
El mismo pueblo del “comandante en jefe ordene”, ahora sale a la calle a recibir como “presidente” a una persona que nunca fue a las urnas. Y el dirigente nuevo, taciturno, algo hosco, quien no habla dos palabras sin mencionar a sus mentores, los Castro, se pavonea con sus guayaberas impolutas, hechas en México, por calles desvencijadas y quiere parecer moderno, pero vuelve con los regaños a los incumplidores y las promesas que nunca serán satisfechas, como corresponde a la narrativa socialista.
Acaba de clausurar un congreso de periodistas y la mitad de su mediocre y patriotero discurso cita el artículo de un feroz cancerbero del fidelismo donde se propone -recuerden “gusano”, “escoria”- otra categoría peyorativa para los que no comulgan con la dictadura: “los nuevos revolucionarios”.
“Los nuevos revolucionarios juran y perjuran que no son asalariados del pensamiento oficial, pero aceptan becas en universidades de Estados Unidos o reciben cursos de periodismo en Holanda donde seguro les enseñan a defender el socialismo en Cuba”, apunta el testaferro y sigue enumerando, sarcásticamente, otras características de personas empeñadas en opinar libremente mediante plataformas informativas que al régimen aterran por no poder controlar totalmente.
La principal misión, por tanto, de los nuevos revolucionarios es la de dividir algo que, sin duda, a veces, consiguen.
Toda esta insistencia en la improbable unión de un país astillado forma parte del miedo que tiene el castrismo de perder el poder.
Crítico y periodista cultural.