Cubatón y postcastrismo
Históricamente, en términos de eventos culturales, los dictadores comunistas son dados públicamente a la ópera, el ballet y la música clásica en general, donde, al parecer se sienten más confortables.
Ninguno de los dos autócratas cubanos, durante los últimos sesenta años, se han atrevido a suscribir con su presencia la música popular nacional. Castro, el muerto, prefería lidiar con su similar Alicia Alonso, mientras que el General, al parecer, se llevará a la tumba sus gustos musicales, si es que alguna vez los tuvo.
A Pello el Afrokán le llamaron la atención cuando sacó a bailar a una primera dama en Europa, cuenta la leyenda. Luego fue cayendo en el olvido. A Los Zafiros los ahogaron en alcohol, tanto los vapulearon. En aquellos primeros años de castrismo sólo había una celebridad verde olivo y su escenario en la llamada plaza de la revolución. Otros famosos de la música tomaron el camino del exilio y tuvieron que reinventarse.
Luego de cerrar los cabarets y night clubs, se fueron disipando los últimos vestigios de la farándula cubana que diera glamour, fama y fortuna a la cultura nacional.
Entonces es cuando llegan en tropel, luego de ser parcialmente prohibidos, los exponentes de la banda sonora de la dictadura: el movimiento de la nueva trova. El oropel fue sustituido por la austeridad maoísta. Fidel Castro le dio la bendición, aunque nunca honró sus presentaciones. Tal como había desdeñado a la Aragón, los Irakere o los Van Van, quienes deben aquel nombre, algo maldito, a uno de sus fracasos económicos.
Ninguno de los dos Castro se sentó a disfrutar a los ancianos que la revolución había triturado, como rezagos del pasado, y que resucitaron bajo un término anglo sospechoso: Buena Vista Social Club. Ni la llamada diva del grupo, fidelista confesa hasta el delirio, hizo que el dictador los escuchara en público.
El siglo XXI pareció tener un cambio en la narrativa al uso con el advenimiento del rap cubano, donde Los Orishas y Los Aldeanos tienen lugares prominentes. Parecía que otro movimiento de canción protesta sacudía el letargo de la juventud, más ocupada en escapar de la isla, a como diera lugar.
El giro dramático real se produciría, sin embargo, con el advenimiento del reguetón, género foráneo que rápidamente se abrió paso en su versión nacional, el cubatón, que acaba de ser homenajeado, como movimiento, en un programa televisado internacional de entrega de premios.
A diferencia de sus predecesores, el actual gobernante cubano asistió al concierto de reguetón en La Habana de un grupo que reside y opera comercialmente en la satanizada Miami.
La ciudad no solo sigue siendo el sostén de la nación, con sus remesas e intercambios, sino la capital del cubatón, donde es un género totalmente lucrativo, y no solo figura cada semana en numerosos escenarios de la comunidad, sino que ostenta una famosa emisora de radio, con todas las de la ley, algo quimérico en la isla.
La prensa oficial cubana los ignora ex profeso a no ser para criticarlos, pero la fama los ampara. Ningún medio oficial comentó el tributo en la televisión de la pasada semana. Bajo qué parámetros ideológicos se puede explicar este triunfo en el capitalismo, entre las nuevas generaciones.
Los niños cubanos ya no quieren ser como el Che sino como Jacob, el Micha o el Taiger, porque prodigan felicidad, se divierten, no hablan de política y ostentan recursos inimaginables en la debacle nacional. Es la historia del marginal, el lumpen proletariado, que llega al éxito por sus aptitudes naturales sin siquiera pasar por la academia. El cubatón pudiera ser una manera rústica del postcastrismo.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de julio de 2018, 7:45 p. m..