Opinión Sobre Cuba

El inolvidable doctor Beato

El doctor Virgilio Beato y su esposa, Mariquita.
El doctor Virgilio Beato y su esposa, Mariquita. Especial/el Nuevo Herald

Cuando recién me afincaba yo en Miami, allá por los primeros años de la década de los ochenta, me agarré un resfrío de aquellos, y un gran amigo (Raúl de Juan, otro cubano que vivió mucho tiempo en la Argentina) me sugirió que fuera a la consulta de su amigo, el doctor Virgilio Beato.

Mientras aguardaba mi turno en la amplia sala de espera del consultorio del doctor Beato en Coral Way, muy cerca de la hoy desaparecida librería La Moderna Poesía, me llamó la atención que prácticamente todos los pacientes que esperaban en ese recinto me doblaban en edad, lo que me llevó a impacientarme un poco y a dudar de la recomendación de Raúl (¿me había enviado a un geriatra?). Pero mi impaciencia me duró poco: vi a un señor mayor, impecablemente vestido, con una piel tersa y un aspecto desde todo punto de vista envidiable, asomarse sonriente a la sala de espera. Pregunté quien era y me dijeron que ese era el doctor Beato.

Con el doctor Beato, lo que uno veía por fuera (un dandy) era un fiel reflejo de lo que había por dentro: un hombre de una fineza y claridad conceptual inigualables, una mente y un corazón atildados y sumamente ordenados, un alma entregada sin reservas a su profesión (su ojo clínico fue legendario) y al servicio de los demás. Pero con solo verlo uno se daba cuenta del porqué aquel consultorio estaba lleno de gente de su misma edad o mucho mayores que él: todos querían (queríamos, ya a estas alturas) parecerse a él, y todos querían ser pacientes del geriatra que había descubierto la fuente de la juventud.

Este matancero empedernido que llegó a ser un jovenzuelo de más de cien años tenía una visión del mundo propia de un renacentista, abierta de par en par a todo tipo de conocimientos, y expuesta siempre al diálogo y a la reflexión, apoyadas ambas virtudes en su inagotable capacidad para escuchar a los demás (una de tantas cosas que lo distinguían del cubano promedio).

Con una tabla y una paciencia que siempre le envidié porque nunca he tenido, navegó durante años por el proceloso mar del exilio cubano, muchas veces contra la corriente, apoyando (y a veces liderando) procesos de reconciliación y propuestas como el Proyecto Varela, aferrado siempre a la realidad, aun ante los embates de quienes siempre pretenden excluir a unos o a otros.

Sus almuerzos o convivios de los terceros miércoles de cada mes eran una suerte de ateneo donde se reunían luminarias de la cubanía como José Ignacio Rasco, Luis Botifoll, Manolín Hernández, Tony Ramos, Rogelio de la Torre, José Lacret, Enrique Ros y muchos otros en quienes abrevé para intentar saciar mi siempre limitado conocimiento de una Cuba que dejé a los ocho años.

Vivió más de cien años, con la mente clara y el apetito intacto (hace apenas un par de semanas le llevé unas empanadas de choclo que le encantaban, y que pedía invariablemente en el Rincón Argentino, donde almorzábamos con mucha frecuencia, y me encontré con que se acababa de comer un tamal en cazuela que le había llevado otro amigo).

Con el fallecimiento del doctor Virgilio Beato se cierra un ciclo. Pero, y sobre todo, permanece su legado de cubano ejemplar, alumbrando como pocos el camino por recorrer.

Abogado cubanoamericano, presidente de World Wide Title Inc.

  Comentarios