Opinión Sobre Cuba

La impunidad por decreto

Cuando al comunismo se le mete algo entre ceja y ceja para despejar peligros potenciales a su control, lamentablemente muy poco queda por hacer para revertir tal tendencia, en medio de una dictadura totalitaria.

Es hora de que los artistas cubanos de valía traten de iniciar y hasta concluir obras, antes de que entre en vigor el cacareado decreto 349.

Todavía nos preguntamos los cubanos por qué se ha ido cerrando el dominó migratorio que tanto nos favorecía. El abuso y la cumbancha, entre deberes y derechos, está dando al traste con visas, intercambio cultural, asilo, doble vida y doble moral.

La anterior administración dejó a medio mundo varado en las selvas de Sur y Centroamérica y la actual, enrarecida por ataques sónicos, ha disminuido al máximo los trámites consulares para la reunificación familiar, las veinte mil visas acordadas al año y otras posibilidades del trasiego entre ambos países.

En este ambiente donde nadie quiere a nadie, el universo de la insolidaridad, las contiendas contra el decreto que da impunidad a la burocracia para censurar legalmente lo que consideren antipatriótico, independiente o soez, las están llevando a cabo artistas alternativos que hace rato ya no tienen nada que perder, y saben que la ley de marras apunta a liquidarlos. Nada más fácil para los órganos represivos que inventar una causa, sobre todo en un ambiente que ellos consideran blando y nunca han respetado, el de la intelectualidad.

Por supuesto que este estado de cosas no es una novedad en el panorama enrarecido y encanallado de la cultura cubana, solo que ahora, mucho más que en ninguna otra etapa de los sesenta años de dictadura, la casta creativa criolla padece una anulación vergonzosa en cualquier decisión de índole social.

Por muy abyectos que hayan sido el poeta nacional, el presidente del instituto de cine y del libro, respectivamente, la directora de Teatro Estudio y la de las artes plásticas y museos, el ministro de cultura, la directora de la Casa de las Américas, el director del Teatro Escambray, la directora del Ballet Nacional y la del Fondo de Bienes Culturales, respectivamente, entre otros comisarios y testaferros pensantes del régimen, todos disfrutaban de la categoría de históricos y solían tener un acceso al poder que a veces mitigaba vidas en peligro, a conveniencia, y en otros casos, las revolcaban en el lodo de la llamada contrarrevolución.

Con la desaparición física de casi todos esos personajes, que ya pertenecen a la historia universal del olvido, basta constatar quiénes conducen hoy los destinos del instituto de cine y del propio Ministerio de Cultura, dos ideólogos de paradigmática grisura y feroz militancia, sin espacio en las humanidades, para concluir que las manifestaciones artísticas auténticas, socialmente inquietas, se encuentran abocadas a una grave crisis, que ya se manifiesta.

Las víctimas de la UMAP, la parametración, el quinquenio gris, las intrigas de la revista Verde Olivo, entre otras maneras de entronizar el miedo, ya se disipan y cuando hablan nadie las escucha.

A muchos los han callado a golpe de magras prebendas, premios nacionales, algún poder adquisitivo y permisos de salida. La indigencia ambiental y espiritual ha terminado por carcomer su credibilidad internacional.

No hay discusión, ni debate, sino comisarios novicios, de verbo acerado, a veces incomprensible, con el poder de medios de prensa electrónicos oficialistas donde desbarran de sus antagonistas sin derecho a la réplica.

La dictadura vive uno de sus momentos de esplendor, pues los llamados a reflexionar se callan, y el pueblo reproduce aquel filme independiente, Juan de los muertos, donde los cubanos vagan con sus jabas vacías, sin alma, en espera de la libertad que nunca llega.

Crítico y periodista cultural.

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