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Opinión Sobre Cuba

Espero que la vejez borre el recuerdo de Fidel entrando a La Habana

Fidel Castro llegando a La Habana, junto con Camilo Cienfuegos en enero del 1959.
Fidel Castro llegando a La Habana, junto con Camilo Cienfuegos en enero del 1959. Archivo/UPI

Cuando la peste del olvido llegó a Macondo, Aureliano Buendía comenzó a marcar cada cosa de la casa con su nombre respectivo para poder recordarlas: puerta, ventana, mesa, cama, lámpara. Después lo hizo con los animales y las plantas: vaca, puerco, malanga, yuca.

Lo anterior, claro, es pura ficción: una escena de la novela Cien años de soledad. Sin embargo, es posible que muchas personas de la tercera edad quizás tengan algún día que hacer lo mismo. Al menos yo, que estoy comenzando a olvidar las cosas, lo estoy considerando. El médico me ha dicho: “Es la edad, nada de que preocuparse”. Tal vez tenga razón. Creo que solo son pequeñas trampas que me tiende la memoria: un apellido olvidado por aquí, una cara no recordada por allá. A veces, unas llaves perdidas. Pero por si acaso, ya he hecho una lista de las cosas a las que debo ponerle nombre. Lo primero que marcaría serían los utensilios de mi rutina mañanera: cafetera, taza, cucharita, lata de café, azúcar. Después marcaría todos los que me ayudan a remontar el día. Y por último, los de mi ritual nocturno, que son muchos.

Lo curioso es que lo que olvido son los eventos recientes. Los otros, los antiguos, están ahí, frescos en la memoria; como si hubiesen ocurrido ayer. Me llegan en imágenes y palabras que me regresan al pasado. Algunos son de mi infancia, como los de mis primeros libros: Hombrecitos, de Louise May Alcott, y Sandokán, el tigre de la Malasia, de Emilio Salgari. Otros son de mi adolescencia: el primer traje, la primera novia y los primeros bailes. Sin embargo, junto a ellos me llegan también, recurrentes, los que tienen que ver con la revolución cubana. Tal vez porque me hice hombre con su advenimiento; o porque he envejecido en el exilio sin poder ver su final.

Recuerdo, por ejemplo, una tarde que mi padre fue a recogerme al colegio; algo que nunca hacía. Cuando entré al auto le pregunté qué había pasado y me contestó: “Asaltaron el Palacio Presidencial”. Era el 13 de marzo de 1957. Tomamos la Calzada de 10 de Octubre hacia la Esquina de Tejas y en el trayecto pude ver como la gente caminaba apurada hacia la seguridad de sus hogares. Había más tráfico que de costumbre y en la radio daban detalles del ataque. Al llegar a la casa, mi madre me abrazó nerviosa y enseguida cerró todas las ventanas. Esa noche no me dejaron ir al parque donde siempre nos reuníamos los amigos.

Pero hay uno, quizás porque marca el inicio de la tragedia cubana, que es el que recuerdo con más frecuencia: el día que Fidel Castro entró en La Habana. Era el 8 de enero de 1959 y la ciudad se había volcado a las calles. Yo trabajaba en el Hotel Habana Hilton y cuando alguien avisó que la caravana en la que venía Fidel ya había doblado en el Malecón para tomar la calle 23, subí a una habitación del cuarto piso, junto a otros compañeros de trabajo, para ver su llegada.

En los edificios, desde el de Ámbar Motors hasta el de Radiocentro, ondeaban las banderas cubanas y las del Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Algunos jóvenes se habían trepado a los árboles y desde allí presenciaban el desfile; otros, en las esquinas, se habían encaramado en lo alto de las farolas del alumbrado público. Todo lo que podía servir de atalaya era aprovechado.

Cuando la caravana se detuvo frente al hotel, una lluvia de flores descendió desde los balcones sobre Fidel y su tropa. Todos los que estábamos allí, sin sospechar que la nación estaba a punto de adentrarse en la negra noche del comunismo, aplaudíamos su llegada.

Todavía, al recordarlo, siento vergüenza. Ojala que cuando la peste del olvido llegue a mi vida ese sea el primer recuerdo que desaparezca de mi memoria.

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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