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Opinión Sobre Cuba

NICOLÁS PÉREZ: La cárcel y la mujer

Un problema que enfrento con mis artículos de los miércoles en el Nuevo Herald no es escribirlo, sino encontrar un tema adecuado sin convertirme en una máquina de repetir hechos que todos conocen. Una vez tengo la idea fija, mis dedos corren automáticamente sobre la computadora como si no fueran míos.

Hoy no voy a hablar de asuntos superficiales como la política, ni de situaciones económicas que sus variaciones son cíclicas, tampoco voy a comentar de la corrupción en América Latina, y aún menos del espectáculo deprimente sobre las relaciones entre Washington y La Habana, tampoco de la división frustrante dentro de la oposición antichavista, porque sufro, y no escribo para sufrir.

Hoy voy a hablar de algo agradable y hermoso, mi orgullo por haber conocido a muchos hermanos que fueron mambises porque respondieron a su patria cuando ella los llamó, y también de la mujer, fuente de la vida y obra maestra de Dios.

Disfruto a las mujeres solo mirándolas, y si es cubana y baila, ese movimiento de hombros y caderas, esas sonrisas provocativas que insinúan aunque sin prometer absolutamente nada te dicen “Entra que das pie”, me hacen caer en éxtasis.

Creo que valoro tanto a la mujer porque no la tuve cerca en los mejores años de mi vida. Caí en prisión a los 20 y en la época cumbre de mi existencia estuve años sin tocar a ninguna, besar a ninguna, ni oler a ninguna. A veces pienso que tuvieron más suerte aquellos que fueron a la cárcel vírgenes; no se extraña lo desconocido.

Lo peor es el primer año en aquel mundo sin mujer, es el que más duele. El segundo año pesa menos, luego te acostumbras. Y entonces ellas se transforman por un proceso natural pero triste de mujeres en hembras. Tus instintos y deseos no te abandonan un solo segundo, pero te las arreglas soñando que existen, pertenecen a otro universo, como lo último que uno pierde es la esperanza, estás convencido que las recuperarás a ellas si tienes la suerte de salir vivo del infierno.

Examinando retrospectivamente el pasado del “Sin amor en los tiempos del cólera”, he llegado a la conclusión que lo que más me dolió allá adentro no fueron las golpizas de Isla de Pinos, ni ser tratado como un perro miserable por el enemigo, ni los dos meses y medio de bárbaras torturas físicas y mentales en Las Cabañitas, que fueron clausuradas a finales de 1962 por el escándalo que produjeron diferentes denuncias en la Organización de Naciones Unidas, que yo recuerde, la única vez que la opinión pública internacional supo que existía el preso político cubano.

Escudriñando retrospectivamente creo que lo que más me duele hoy fue verme obligado, fue una necesidad, a convertir a la sagrada mujer en un objeto, la hembra.

Es sorprendente que con lo que pasó el preso político cubano hayan permanecido la gran mayoría sanos emocionalmente y encaminado sus vidas en este exilio con éxito en sus vidas públicas y privadas.

Esto viene a cuento porque ya dije que veo películas y me acaba de golpear otra, The Railway Man, dirigida por Jonathan Teplitzky. No hay una película sobre prisión y guerra que no vea y todas me dejan impávido, esta me tocó el alma. Se trata del maltrato sufrido por un grupo de soldados norteamericanos por el ejército japonés, algo que es una copia en papel carbón de la prisión de Isla de Pinos. No podían haber filmado algo tan parecido de dos épocas y en países tan diferentes.

Eric Lomax, el personaje principal de una película basada en hechos reales y que murió recientemente, era un héroe, un hombre de un valor personal sobrehumano, que jamás retrocedió ante sus verdugos y puso su dignidad y principios por encima de cualquier tipo de tortura, dolor o maltrato físico.

Me recordó tanto a Alfredo Izaguirre de La Riva que se me aguaron los ojos y estuve a punto de romper a llorar, y apagué la televisión sin terminar de ver la película, porque esa ya la vi.

Alfredito era otro héroe. Intentaron obligarlo a trabajar durante el Plan de Trabajo Forzado. Se negó. Lo encerraron en los Pabellones de Castigo y lo estuvieron golpeando brutalmente todos los días durante meses. No cedió. A los pocos meses de llegar a Miami, rodeado por su primo El Sheriff y su amigo de la infancia Julito González Rebull, murió de aquellas golpizas.

Mi esposa La China insiste que termine de ver la película porque tiene un final feliz. No puedo, hoy para Cuba no está habiendo un final feliz.

Según La China, la censura de Hollywood, que solo la rompe Andy García ante el desgarrador drama cubano, finalizará el día que desaparezcan Fidel y Raúl, y Hollywood filmará toda la verdad sobre el castrismo. Ojalá no esté equivocada.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de junio de 2015, 0:20 p. m. with the headline "NICOLÁS PÉREZ: La cárcel y la mujer."

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