Opinión Sobre Cuba

Mariel: Fugarse del paraíso proletario

Refugiados cubanos llegan a Cayo Hueso en 1980. El éxodo fue uno de los acontecimientos que paralizó las intenciones del entonces presidente Jimmy Carter de levantar el embargo a la Cuba de Castro.
Refugiados cubanos llegan a Cayo Hueso en 1980. El éxodo fue uno de los acontecimientos que paralizó las intenciones del entonces presidente Jimmy Carter de levantar el embargo a la Cuba de Castro. AP

Por estos días, me emociona leer entradas en Facebook de mis coterráneos que celebran, con orgullo, el aniversario 39 del glorioso éxodo del Mariel. Generalmente, para todos nosotros, la llegada a los Estados Unidos es como una suerte de segundo cumpleaños.

Cuba se integró, públicamente, a la larga y agónica saga de cómo escapar del comunismo mediante el hacinamiento y maltrato de miles de personas en el patio de la embajada del Perú, actos de repudio, agresivas marchas del “pueblo combatiente”, contra la llamada escoria, y la inclusión arbitraria de convictos y enfermos mentales en las embarcaciones que arribaban para trasladar familiares al Sur de Florida.

El plan no le funcionó a la dictadura, que incluso consideró dañar la estabilidad social de Miami, y al cabo de casi cuatro décadas, la mayoría de los exiliados del Mariel no han hecho otra cosa que contribuir con su trabajo a la prosperidad de nuestra comunidad.

Aquel éxodo y el que le siguió en 1994, tuvieron un carácter épico, como tantas otras fugas del “paraíso proletario”, dondequiera que fuera implantado en contra de la voluntad de los agraviados.

Recientemente se ha estrenado una película que retoma, para una filmografía desafortunadamente escasa, el hecho de huir del comunismo a como dé lugar. The White Crow (El cuervo blanco) recrea la fuga del gran bailarín ruso Rudolf Nureyev, ocurrida en París durante 1961, cuando la guerra fría estaba en pleno apogeo.

Valga la pena recordar que el extraordinario documental de Orlando Jiménez Leal y Néstor Almendros, Conducta impropia, comienza con una fuga de bailarines cubanos en la capital francesa, durante los años ochenta.

El filme sobre Nureyev, dirigido y actuado por Ralph Fiennes, quien contó con otro realizador y dramaturgo notable para el guión, David Hare, relata la formación del bailarín, desde su atribulada infancia y ulterior desarrollo en medio de las limitaciones de una dictadura comunista, hasta el día que aprovecha la oportunidad de su primer viaje a Occidente y decide acabar para siempre con la ignominia insufrible.

Vi la película un sábado apacible en Coral Gables Art Cinema, con poco público joven y sí muchas personas que peinaban canas y ocurrió, para mi sorpresa y satisfacción, algo que no suele suceder en el cine y es que, en medio de la tensión de la fuga, cuando la KGB hace sus murumacas para frustrarla, y Nureyev, como ya todos sabíamos, alcanza la libertad, los asistentes a la sala inician un incontenible aplauso.

Es curioso, sin embargo, como la crítica del New York Times referida a El cuervo blanco, escribe sobre la belleza de los momentos que el filme dispensa al ballet, el temperamento iracundo de Nureyev y de asuntos formales que mucho parecen preocuparle.

Apenas comenta, sin embargo, sobre los mecanismos tenebrosos de la opresión totalitaria que fueron empujando al joven artista veinteañero, frustrado por tantos obstáculos absurdos, hacia la búsqueda desesperada del futuro, fuera de la patria, aunque nunca pudiera volver a ver a su madre. De hecho, fue bajo la presidencia de Gorbachov, que se reencontró con ella, antes de que falleciera en 1987.

La cortina de hierro se desintegró en Europa, poco tiempo después. Copias de aquel deleznable sistema sobreviven en Cuba y Corea del Norte. Cuando los coreanos tratan de escapar, todavía les disparan desde las garitas de control.

El castrismo se vio impelido hace algunos años a liberar la presión social, exportando al “hombre nuevo”, otra modalidad de la escoria, quienes protestan, vehementemente, fuera de Cuba, cuando no son atendidos como inmigrantes económicos.

La épica de la fuga del comunismo se ha visto reducida a un sainete oportunista.

Crítico y periodista cultural.

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