Opinión Sobre Cuba

Cubanos por el mundo

La cifra de cubanos registrados en Estados Unidos en 1958, según el censo de población de ese año, era apenas de 50,000 personas.

Nada de que extrañarse. Cuba nunca fue, como se sabe, un país de emigrantes.

Sin embargo, todo eso cambió a partir de 1959: hoy somos más de un 1,500,000 los que vivimos aquí.

Pero si el destino final de aquellas primeras emigraciones era Estados Unidos, no fue así después del llamado Período Especial cuando los cubanos comenzaron a emigrar nuevamente, en la mayoría de los casos por motivos de tipo económico, hacia otros países.

En realidad, fue a partir de la estampida provocada por los apagones y las ollas colectivas de “cardoza” que los cubanos empezaron a aparecer en todas partes del mundo: una oportuna carta de invitación desde Galicia por aquí y un conveniente novio italiano por allá.

De acuerdo a un informe de PEW Research Institute, en España hay 120,000 cubanos y en Italia 30,000.

No sé cuántos habrá en Dinamarca o Suecia porque no me tomé el trabajo de buscar estadísticas. Pero sí sé que los hay porque los he visto.

Uno de ellos, un mulato de Victoria de las Tunas, trabajaba como maletero en el hotel de Copenhagen donde nos hospedábamos. Otro, al sentirnos hablar español en una calle peatonal del casco viejo de Estocolmo, nos abrazó emocionado. Era de San Juan y Martínez, nos presentó a su esposa sueca, a la que había conocido cuando ella visitó Cuba, y nos volvió a abrazar al despedirse.

Todo esto me ha venido a la mente porque hace unos días conversaba sobre este mismo tema con unos amigos con los que suelo viajar y recordábamos las veces que nos habíamos encontrado con cubanos alrededor del mundo.

Las anécdotas, colectivas o individuales, no se hicieron esperar.

En Madrid, en un pequeño quiosco de la Gran Vía, justo a la entrada de la Plaza del Callao y donde solíamos comprar agua todas las tardes antes de regresar al hotel, conocimos a su dueño, un señor cubano de Marianao que después de haber trabajado allí como empleado durante muchos años, terminó siendo su propietario.

En Roma, en una heladería de la Plaza Navona, cuando fuimos a pagar, la cajera nos preguntó en español si éramos cubanos. Cuando le dijimos que sí se levantó de su silla y le gritó al joven que atendía las mesas en las afueras del establecimiento: “Yunier, ven acá; mira esto, son cubanos”.

Fueron muchas las anécdotas que recordamos, como cuando una tarde en Buenos Aires, mientras caminábamos por la Avenida 9 de Julio, sentimos una voz detrás de nosotros que dijo: “Ese acento yo lo conozco”. Era un joven cubano que había emigrado a Argentina y con el que solo pudimos conversar brevemente porque, parados en medio de la acera, interrumpíamos el paso de la gente. Cuando se despidió de nosotros lo hizo con un impostado acento porteño.

O como cuando un taxista cubano en Santiago de Chile nos llevó hasta Valparaíso y nos enseñó toda la ciudad. Aquella misma noche fue a vernos al hotel para despedirse de nosotros. Lo recibimos en el lobby, llevaba un pequeño paquete en las manos y nos pidió que se lo lleváramos a su esposa que ya vivía en Miami. “Son unas cositas que compré para la niña”, nos dijo casi con lágrimas en los ojos.

Pero no todas las anécdotas recordadas eran así de tristes. Algunas, por su inesperado final, nos hicieron reír.

Una vez estábamos en Milán y nos dirigíamos desde el Castillo Sforzesco hacia la Plaza del Doumo. Pero antes de llegar a la Catedral decidimos almorzar en uno de los muchos restaurantes al aire libre que hay en la Vía Dante.

Mientras esperábamos a que nos atendieran vimos a una de las camareras parada en la puerta que daba acceso al interior del restaurante hablando por su celular. A mi esposa le pareció que era cubana. “¿Tú crees?”, le pregunté.

Pronto tuvimos la respuesta cuando uno de los camareros italianos se acercó a ella al parecer para decirle que el manager, parado al final de las mesas en la acera, estaba molesto porque no atendía a los clientes.

Cuando el camarero terminó de hablar, la joven guardó lentamente el teléfono en su bolsillo, miró con furia hacia donde estaba el manager y en el mejor español del barrio de Jesús María le dijo en voz alta a su compañero de trabajo: “Mira, dile que no empiece a joder que tengo el día malo”.

Mi esposa y yo nos echamos a reír y enseguida, casi al unísono, nos dijimos: “Sí, es cubana”.

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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