Mi hermano Ricardo regresó a La Habana
Más de medio siglo después de haber escapado de Cuba en una lancha, cansado ya de esperar y vencido por las nostalgias, mi hermano Ricardo regresó a La Habana.
Iba, me dijo el día de su partida, porque quería recobrar los recuerdos de su infancia y adolescencia antes de que fuera demasiado tarde.
Mi hermano, como muchos de los viejos exiliados cubanos, había jurado no regresar hasta que su patria fuese libre.
Pero la nostalgia y el desengaño —nadie se salva de sus estragos— le jugaron una mala pasada al borrar de su memoria los malos recuerdos, magnificar los buenos y convertir sus sueños de libertad, ya irrealizables, en una anticipada cita con el pasado.
Y así, mi hermano Ricardo regresó a La Habana.
Es posible que no vuelva, me dijo al retornar; pero no se arrepiente de haber ido.
Cómo va a arrepentirse si pudo visitar nuestra vieja casa de la calle Quinta y tomar fotos de ella; no solo de su destartalada fachada sino también de su interior, sobre todo del patio que corre a lo largo de las habitaciones y en el que, junto a una de sus paredes, habíamos colocado una pajarera grande para criar canarios.
Cómo va a arrepentirse si también pudo tomar fotos del marco interior de la puerta de la calle, aquel en el que habíamos registrado nuestro crecimiento, marcando con una cuchilla en la madera nuestra estatura a través de los años.
Después de todo, ¿no era este el propósito del viaje?
Allí estaban, desdibujados por el tiempo, los irregulares trazos de las viejas hendiduras: unos detrás de los otros y separados por centímetros de vida.
Las calles de nuestra infancia eran idénticas a las de nuestros recuerdos, me dijo; pero más sucias y deterioradas. Como si un ventarrón de indolencia y desidia hubiese arrasado con ellas.
De la bodega de Saturnino y la carnicería de Alberto solo quedaban sus ruinas. Estaban los espacios que ocuparon, sí. Pero no estaban ni los mostradores de madera, ni la victrola multicolor Wurlitzer en la que escuchamos nuestros primeros boleros; ni los grandes ganchos donde colgaban la carne que veíamos llegar, todas las mañanas, desde los mataderos de Lawton.
La botica de Casanova, con sus estantes de cristal y sus pomos de ungüentos milagrosos, era solo un lejano recuerdo en la memoria. La zapatería de Brito y el inconfundible olor de las pieles, como si no hubiesen existido.
Al menos pudo reconocer el colegio de Porfiria, donde muchos de nosotros aprendimos el abecedario, hoy una vivienda multifamiliar. Y también el antiguo Bar de Arecio, convertido en una hermosa casita pintada de brillantes tonos amarillos.
No pudo, en cambio, reconocer a nadie. La gente, aunque parecían advertir su condición de extranjero, pasaban por su lado sin dirigirle la palabra.
Ya no estaba allí Alejandrina, la que todas las tardes se sentaba en el quicio de la puerta de su casa a ver pasar la vida junto a Pacheco, su hijo inválido, que en su silla de ruedas siempre la acompañaba hasta el anochecer.
Ni asomado a su balcón estaba Roberto, al que apodábamos el loco desde que persiguió con un cuchillo al novio de su hermana Elvira, la que más tarde se suicidó por amor dándose candela en la bañera.
En su nostálgico recorrido, mi hermano también viajó de La Habana a Artemisa para visitar la casona de la familia de su esposa, hoy ocupada por un amable matrimonio que los dejó entrar para que ella también recuperase una parte importante de su infancia.
Lo que no hizo mi hermano fue ir a Varadero para bañarse en sus azules aguas, ni pasear por el Malecón en un descapotable, como los turistas.
Él fue a lo que fue. A recuperar, aunque solo por unos pocos días, los mejores momentos de su vida.
Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.