A las puertas de Troya
Hay una deleznable canción popular del comienzo de la revolución cubana de 1959 que afirma en una de sus frases: “Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista…” Se sabe que fue compuesta por un extranjero latinoamericano solidario con la dictadura “de izquierda”, que ya mostraba sus colmillos, y terminó siendo popularizada por Carlos Puebla, afortunadamente olvidado en los anales del requiebro oficialista.
No hemos tenido suerte los cubanos en el pasado siglo XX ni en los 15 años que han transcurrido del nuevo milenio. Siempre hay un “amigo” que nos quiere tender la mano para ayudarnos, de modo paternalista, a la solución de nuestros desvaríos políticos.
Ahora el prestigioso diario The New York Time vuelve con un insospechado y sorpresivo editorial exigiendo la libre circulación de ciudadanos estadounidenses en la isla.
No se sabe si el nuevo texto fue redactado por aquel otro forastero latinoamericano “amigo”, autor de la serie de editoriales anteriores que sirvieron de plataforma mediática a los acontecimientos del pasado 17 de diciembre, donde comenzó el deshielo entre las administraciones de Estados Unidos y Cuba.
El presidente de esta gran nación, que ha brindado generoso refugio y oportunidades al exilio cubano, como aliado de causas comunes, se ha empeñado en dejar un legado algo truculento, ser el primero en visitar La Habana.
Otros “legados” más apremiantes para su mandato como los de cauterizar la supervivencia del racismo, la violencia policial y la de las armas en manos civiles, son atendidos con oratoria tribunicia e invocaciones religiosas.
No hay un día que la prensa castrista deje de cubrir, con malicia, cualquier hecho que dañe la imagen pública de Estados Unidos. Los adjetivos peyorativos no han cambiado luego del día de San Lázaro, es la misma retórica envalentonada de antaño.
De hecho, las campañas para demostrar al mundo su gran victoria sobre la política fracasada de aislamiento del llamado imperio, sorprende al régimen enviando a cinco espías, liberados de cárceles norteamericanas, como embajadores de buena voluntad a la distante pero fraterna Sudáfrica, donde han sido recibidos con todos los honores.
Otros también viajan, porque en Cuba viajar sigue siendo un placer exclusivo, como el asesor de Raúl Castro y ex ministro de cultura, Abel Prieto, advirtiendo en cuanto micrófono le pongan delante, que no se van a dejar doblegar por el “potro salvaje” –así lo llamo alguna vez el siniestro Ramiro Valdés, ex ministro del interior – de la Internet y otras seducciones de las nuevas tecnologías de la sociedad de consumo estadounidense. Curiosamente, Prieto ha borrado de su añejo vocabulario la palabra “plattista” que siempre utilizara para denostar al exilio.
Mientras tanto, la cúpula del régimen sigue haciendo de las suyas. Si un alto funcionario del gobierno norteamericano conversa animadamente –según consta en la foto– con Diosdado Cabello, presidente del parlamento venezolano acusado de narcotráfico por el propio gobierno de Estados Unidos, entonces a nadie puede perturbar que este mismo personaje vuele de manera imprevista a La Habana y se entreviste con Raúl y el mentor principal de la debacle venezolana, su hermano Fidel Castro. Nada bueno se traen entre manos los viejos conspiradores antiimperialistas.
No es menos cierto que el Caballo de Troya de Estados Unidos tiene una pata en la puerta y el pueblo disfruta cierto hálito de esperanza. Hasta ahora, sin embargo, según apunta esta semana un artículo del propio The New York Times, pudiera estar ocurriendo que el proceso de acercamiento se ha enredado en las patas de otros caballos, menos francos, más taimados, con relinchos castristas.
Esta historia fue publicada originalmente el 23 de junio de 2015, 7:20 p. m. with the headline "A las puertas de Troya."