UVA DE ARAGÓN: Recuerdos de Guantánamo
Una mañana, sorpresivamente, después de treinta cinco años sin apenas contacto, escuché la voz de mi prima Margarita. No perdió mucho tiempo en preámbulos. Me dijo que su hijo menor se había ido en balsa 15 días atrás y que estaba sin noticias suyas. Me pidió que tratara de averiguar su destino. Era el verano caluroso y convulso de 1994.
El balsero había nacido el mismo año que mi hija mayor, y ese dato me hizo pensar que podría tratarse de un hijo mío. Afortunadamente en pocos días pude comunicarle a su madre que José Miguel estaba en la base de Guantánamo. Lloraba de alegría y gratitud.
Otro primo se movilizó para traerlo a Estados Unidos, pero los trámites demoraban. Decidí ir a la base como periodista. Nunca he olvidado aquellos dos días de octubre. Fui con otros corresponsales en una avioneta para 7 pasajeros que salió de Ft. Lauderdale muy temprano.
Al llegar me invadieron sentimientos encontrados. Tanto que había añorado regresar a Cuba, y estaba por fin en la Isla, pisaba su tierra, respiraba bajo su cielo. Crucé la bahía con sus aguas de tonalidades azules indescriptibles; y sin embargo, como el poeta Byrne, vi con tristeza ondear una bandera que no era la mía. Estaba y no estaba en Cuba.
Me sorprendió la organización de los cubanos en los campamentos. Habían creado un grupo de teatro, una galería, un periodiquito. Algunos se reunían a leer la Biblia, otros a estudiar inglés. Habían elegido una especie de alcalde que era el que los representaba ante las autoridades norteamericanas. Estaban contentos de haber salido de Cuba pero inconformes con aquella situación legal en que permanecían en el limbo. Vi a un recién nacido. Ni Cuba ni Estados Unidos lo reconocían como ciudadano. El padre había jurado no ponerle nombre hasta que todos salieran de la base.
Un niño de unos doce años que entrevisté, retó al presidente Clinton. Dígale que venga a pasarse un día aquí y de inmediato nos pondrá en libertad, me dijo. Vi a los cubanos tras alambres de púas y comprendí que algo tenía que hacer para que se oyeran sus voces. Todos me daban cartas, nombres y teléfonos apuntados en pequeños papeles para que llamase a sus familiares. Me demoré varios días, pero los localicé a todos.
Mi pariente, el joven de la edad de mi hija que no había conocido nunca, estaba en un campamento principalmente para hombres solos, al que no dejaban entrar a los periodistas. Pero me planté frente al militar a cargo de la base, que parecía tener siete pies de altura, y le dije que no me iría sin ver al muchacho. Por fin nos dieron permiso para visitar esa área, con la condición de que no nos separáramos del grupo. No hice caso. Me encaminé a la tienda de campaña en la hilera donde sabía que lo encontraría.
Era temprano en la mañana y vi a hombres afeitándose, a mujeres alisando la ropa de cama en los catres, tendiendo ropa. Se daban cuenta que no era de allí y me preguntaban a dónde iba. De pronto me viré y vi una cola de refugiados que me seguían. Pero cuando abracé a José Miguel nos dejaron solos. Para mí fue recobrar de golpe la familia que había dejado atrás; para él –me lo ha dicho después– fue el punto de giro en su estancia, pues sentía en esos momentos un gran desaliento. Le dije que todo lo que era temporal era soportable. Que aprovechara el tiempo, que era joven y tenía una vida por delante; que yo le aseguraba que en menos de un año estaría en Estados Unidos. Así fue.
Al regreso escribí un largo reportaje de primera página con la foto del bebé sin nombre y dos recuadros, uno sobre el niño que retaba al presidente americano, y otro sobre el primo balsero. De alguna forma mi trabajo llegó hasta la Casa Blanca y pocos días después la familia del muchacho me llamó que él y su padre llegaban a Miami. José Miguel tardó unos meses más tarde. Aquel joven flaco que se echó desesperado a la mar con personas desconocidas, tras despedirse solo de su madre, y con unas galletas y un pote de agua como único equipaje, es hoy un hombre trabajador, que consiguió sacar de Cuba a la hija que dejó de 15 años, al yerno y a la nietecita, y que invita a su madre a visitarlo en Miami.
Han pasado veinte años. ¿Qué rumbo habrán tomado la vida de todos aquellos cubanos que entrevisté? ¿Qué habrá sido de aquel chico de actitud desenfadada y del bebé sin nombre? Nunca los he olvidado.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de octubre de 2014, 1:00 p. m. with the headline "UVA DE ARAGÓN: Recuerdos de Guantánamo."