ARIEL HIDALGO: Lecciones de la historia reciente
En días pasados, un grupo de hombres y mujeres valientes, con caretas del presidente Obama en los rostros, protestaban en una calle habanera contra la reanudación de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La gente, como siempre, se detenía por un momento a mirarlos con curiosidad y seguía de largo. Los manifestantes se oponían a algo que fuera celebrado por casi todo el pueblo. El régimen, temeroso de que los nuevos cambios traigan un mayor nivel de desestabilización, ha aumentado la represión en la medida en que la disidencia va subiendo la parada de la protesta pública.
Para entender qué está pasando es preciso un poco de historia. El movimiento disidente, que venía gestándose desde fines de los setenta, germinó finalmente en el presidio político en 1983 cuando un pequeño grupo de siete prisioneros, entre los que se contaban personalidades luego muy conocidas en el exterior, como Ricardo Bofill, Gustavo Arcos y Elizardo Sánchez, decidimos firmar denuncias con nuestras propias identidades (por primera vez sin seudónimos) a nombre de algo que empezó a llamarse Comité Cubano Pro Derechos Humanos. Los demás presos creyeron que nos habíamos vuelto locos, que aquello era utópico, que simplemente nos iban a desaparecer y que nunca más se volvería a hablar del tema. Pero no fue así. Nuestras denuncias llegaron a la opinión pública internacional y los ojos del mundo estaban atentos a nosotros, por lo que el régimen sólo podía liquidarnos al precio de un alto costo político. El grupo se extendió a las calles y se multiplicó. Hoy cuenta con miles de activistas. Fue el único movimiento de oposición que pudo sobrevivir por una simple razón: el régimen se había preparado para repeler cualquier oposición violenta, pero no para enfrentar una oposición pacífica.
El sector conservador del exilio no pensó que aquello que nacía en Cuba era utópico, sino algo peor: una oposición fabricada por el propio régimen para arrebatarles el protagonismo. Más tarde, muchos disidentes, buscando su apoyo, cambiaron su discurso y adoptaron una retórica nacida en un contexto muy diferente al suyo, y por tanto perdieron el contacto con su propia realidad, porque un padre o una madre que nada tiene que poner en el plato de sus hijos a la hora del almuerzo, no iba a unirse a defensores del embargo que convocan salir a las calles en defensa de elecciones libres, cuando lo inaplazable era salir a zapatear qué poner en ese plato. El movimiento sirvió para ir creando en la ciudadanía una conciencia de derecho, pero fue incapaz, con sus denuncias y sus manifestaciones públicas, de impulsar los cambios. No logró insertarse en la sociedad cubana sino que permaneció arrinconada en su marginalidad, de modo que se creó una situación en la que el régimen era incapaz de aniquilar a la disidencia y la disidencia, incapaz de .poner fin a ese régimen. Y así llevamos más de treinta años.
La confrontación no ha resuelto nada. ¿Tendremos que esperar treinta años más? ¿Seguirán protestando y lamentándose por lo que ya no tiene marcha atrás? En 1990 algunos líderes disidentes, como Gustavo Arcos y Oswaldo Payá, habían tratado de romper esa inercia mediante propuestas de diálogo con el poder. Pero éste no estaba dispuesto a concesión alguna porque le era más rentable políticamente mantenerse en un clima de plaza sitiada. Sin embargo ahora, cuando se crean nuevas condiciones y se abren nuevos caminos, lo que antes era imposible se hace factible en las nuevas circunstancias y es preciso una nueva estrategia.
La dirigencia en el poder no hará nada sin un beneficio y sin garantías de mantener la estabilidad. Necesita presentar ante el mundo la imagen de una voluntad seria de resolver el problema de los derechos humanos, pero si crea un grupo fantoche entre sus adláteres, no gozará de credibilidad, por lo que tendrá que aceptar a verdaderos disidentes independientes, pero sólo lo hará bajo ciertas garantías. Para llegar a un acuerdo es preciso concesiones de ambas partes y la principal concesión nuestra es abandonar la política de confrontación. Ya no se trata de pedir al pueblo que se una a nosotros, sino de unirnos nosotros al pueblo sin exigirle que luchen por metas para ellos abstractas, sino resolver sus problemas más inmediatos. Con esto daremos un paso más allá y el gobierno, un paso más acá. Como dijera Franz Kafka, “a partir de cierto punto, no hay retorno”. Y agregaba: “Ese es el punto que hay que alcanzar”.
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Esta historia fue publicada originalmente el 13 de agosto de 2015, 3:24 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: Lecciones de la historia reciente."