ANÓLAN PONCE: Una píldora imposible de tragar
La última vez que contemplé la bandera de las barras y las estrellas en la embajada norteamericana en La Habana esta descendía lentamente por el asta. Era el 4 de enero de 1961. Los Estados Unidos y Cuba acababan de romper relaciones diplomáticas, y mi madre, mi hermano y yo habíamos acudido en un acto de desesperación con todos nuestros documentos a la sede diplomática para procurar nuestra salida de Cuba. Mi padre se había marchado del país tres meses antes y pensábamos que ya no habría forma de marcharnos a los Estados Unidos para unirnos a él. Ignorábamos entonces que en aquellos momentos, él se encontraba ya en las selvas de Guatemala entrenándose para regresar a Cuba con la Brigada 2506.
Pero no estábamos solos. Mas de un centenar de personas que compartían nuestro pensar nos acompañaban, además de milicianos armados con metralletas y un reportero que nos filmaba, del cual tratábamos de ocultarnos por miedo a que nuestros rostros salieran en televisión. En aquellos momentos el deseo de abandonar la isla podía resultar muy perjudicial.
En medio de la algarabía que produce la desesperación y amontonados a las puertas de lo que representaba el paso a la libertad, un funcionario norteamericano salió y en su mejor español con terrible acento inglés anunció: “Ciudadanos norteamericanos, favor, pasen por esta puerta; ciudadanos cubanos, ¡a nado!”
Fue una sentencia. Porque en los próximos 55 años, a nado, en balsa, por mar, por aire y hasta por tierra, en el caso de la frontera con México, los cubanos abandonaron Cuba huyendo de las crueldades e injusticias del régimen de los hermanos Castro. Ello no ha cambiado a pesar de la cacareada, pero nefasta nueva política de Barack Obama hacia Cuba.
En masa los cubanos quieren abandonar la isla hoy por hoy antes que se ajuste la controversial ley de ajuste, porque el cubano de a pie no cree en las promesas de cambio a la democracia en un futuro. Y es que conocen muy bien la naturaleza de sus opresores. Por eso es insólito que gente erudita repita el mantra de que una mejoría económica dará paso a la democracia, cuando la historia, al igual que una ciencia, demuestra lo contrario evidenciado en el derrumbe de la Cortina de Hierro, y en los resultados del experimento en China y Vietnam. Son los mismos que se burlan de nuestro buen juicio e inteligencia proponiendo lo ilógico: que los Castro y sus vástagos, acostumbrados a los lujos y privilegios del poder, a ser dueños absolutos en una isla esclava, van a consentir en dar paso a una democracia, lo cual representaría una completa negación de todo lo anterior para ellos.
Yo me pregunto. ¿Para quién hablan o escriben estas personas? ¿Para los incautos? ¿Para los indiferentes? ¿O para los aprovechados? ¿Acaso quieren acallar sus propios sentimientos de culpa ante lo innegable? ¿Qué piensan cuando ven la foto de Sonia Garro, ¡ceniza de tantos golpes!, y llena de arañazos y magulladuras? ¿O cuando contemplan los atropellos a las Damas de Blanco y a los opositores al régimen? ¿O cuando ven a Rosa María Payá tocando puertas en busca de justicia por el asesinato de su padre, una voz solitaria en un mundo hostil? ¿Por qué no escriben sobre nada de esto, por qué no lo denuncian? En lugar de ello, se unen a la comparsa de Barack Obama: “¡Hasta La Habana echando un pie!”
Es la actitud a seguir por los que apoyan, algunos pasivamente y otros con agresividad, la nueva política del presidente norteamericano con Cuba. Es injusto culpar a John Kerry o a Roberta Jacobson por lo que acontece en la actualidad. Ellos son mensajeros, funcionarios que ejecutan órdenes. El único culpable del cambio en la política hacia Cuba es el presidente Barack Obama. Es él quien decidió unilateralmente dar la espalda a quienes luchan por la libertad y los derechos humanos en Cuba para mancornarse con los Castro. Por ello considero muy apropiado que en días pasados los opositores cubrieran sus rostros con su máscara, y que al no ser invitados a la ceremonia de la embajada, Berta Soler, Antonio Rodiles y otros se negaran a reunirse con el secretario Kerry. Ante la hipocresía norteamericana, dignidad cubana.
Hace 54 años mi padre contempló desde las arenas de Playa Girón, descorazonado y agotado por la batalla, la distancia azul que lo separaba del horizonte donde buques de guerra norteamericanos merodeaban en el mar sin ninguna intención de acercarse a la costa. En aquel momento comprendió que habían sido traicionados.
Ha querido el destino que sea yo, ahora, testigo de otra traición. Para los apologistas de Obama puede ser un trago amargo; pero para mí es clara y llanamente ¡una píldora imposible de tragar!
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de agosto de 2015, 3:48 p. m. with the headline "ANÓLAN PONCE: Una píldora imposible de tragar."