JUAN ALBORNÁ SALADO: Adiós a mi amigo el comandante Jaime Costa, “el catalancito”
Había transcurrido el caliente mediodía del viernes 4 de agosto. El teléfono sonó. Lo levanté y la voz de un compañero de prisión, Bolo Capote, me daba la noticia: Jaime Costa había muerto. Fui a su hogar en South Beach. Hablé con su hijo. Me di cuenta que el fallecimiento de su padre lo había desbalanceado. “Dicen los médicos que fue algo de virus”, me dijo.
La partida de veteranos combatientes por democratizar a Cuba desde Batista, siempre ha sumergido mi naturaleza en una neblina sepia de fotos antiguas, con viejos amigos que, sin verme, me miran leales e inertes.
Hace una semana más o menos hablé con Jaime por teléfono. “Gracias por llamarme”, me dijo. Me contó que padecía mucho por la diabetes porque todo lo que ingería le elevaba el nivel de glucosa a extremos peligrosos. La última vez que lo vi personalmente fue en el Hospital Monte Sinaí en Miami Beach donde coincidimos.
Desde chaval, en su pueblo natal de Guanajay, entre los jóvenes de la década idealista de los años cincuenta le decían “El catalancito”, porque su padre era catalán. Los catalanes tienen fama de duros, y él era de ese origen y además explosivo cual uno de esos fósforos cubanos que de cualquier rasguño se incendia.
Luego de finalizar su carrera como Alférez de Fragata de la Marina de Guerra de Cuba en la Academia Naval del Mariel en 1952, según él mismo me relató, renunció a su cargo de oficial en protesta por el régimen inconstitucional de Fulgencio Batista, que criminalizó la república, y se instaló por un rastrero coup d´etat contra el gobierno constitucional del abogado Carlos Prío Socarrás. Nadie sospechaba la tragedia que este descalabro traería a la nación cubana y que todavía no ha finalizado. “La suerte está echada”, pensaría, como dijo Julio César después de cruzar el río Rubicón. El rebelde que siempre fue se le había despertado.
Jaime participó en muchas acciones contra Batista. Arrestado en 1953, condenado, y puesto en libertad en 1956 se exiló en México. Según me contó, como él era oficial de navegación por estudios, fue quien condujo el yate Granma de Tuxpan en México hasta Coloradas en Cuba. En la Sierra Maestra alcanzó el grado de comandante. En 1959 le encomendaron organizar la Inteligencia de Cuba. “¿Inteligencia?” “No me gustó la idea”, me confesó. “No hice nada en ese campo y me dieron otro cargo”.
El camino soviético tomado por la revolución lo obligó a disentir, renunció a las fuerzas armadas y comenzó a conspirar. Arrestado, fue primeramente condenado a muerte y luego a 30 años. En prisión se le detectó un aneurisma, y la Cruz Roja Internacional comenzó a gestionar su libertad y traslado a los Estados Unidos para ser sometido a intervención quirúrgica. Cuando le llegó la excarcelación en 1970 lo despedí en la cárcel de Guanajay pues los dos estábamos en el mismo pasillo de esa prisión. Caminé con él desde su celda hasta la salida hacia la libertad. Partió medio aturdido por lo que le estaba aconteciendo y por el aneurisma cerebral que padecía.
Ya en el exilio, el catalancito publicó un libro con sus experiencias en la cúspide de la llamada Revolución cubana denunciando las coyunturas siniestras que él conoció. Lo tituló: “El clarín toca al amanecer”. La cirugía en los Estados Unidos le solucionó el problema del aneurisma, pero no el de su fuerte personalidad. Le gustaba discutir, pero… muchas veces tenía la razón.
Aunque de carácter recio, explosivo, confrontador, Jaime Costa trató siempre de estar en la correcta posición política, ética, moral, y donde se estuviera decidiendo finalmente el destino histórico de Cuba.
Periodista, autor y profesor cubano, editor de la Revista Literarias Siglo XXI.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de septiembre de 2015, 4:04 p. m. with the headline "JUAN ALBORNÁ SALADO: Adiós a mi amigo el comandante Jaime Costa, “el catalancito”."