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Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO RÍOS: Mientras su guitarra llora gentilmente

Tan pronto Armando Hart asumió la cartera de ministro de Cultura en 1976, institución con sede en dos mansiones del Vedado habanero, abandonadas luego de la estampida de 1959, la grisura revolucionaria se hizo presente para desvirtuar tan espléndido universo arquitectónico.

Tenía una secretaria de temer, suerte de hit woman conocida como Chela, y hasta un chef que le cocinaba exquisiteces –le gustaba el pato a la naranja según hacían constar el aroma y chismes de sus adláteres–, mientras el resto de los trabajadores del organismo concurrían al comedor obrero para deglutir la bazofia de cada día.

Hart, una suerte de “Bomba H” para la cultura cubana, debido a su abyecta lealtad al dictador Fidel Castro –sin una idea original fuera del dogma–, hizo que reconocidas figuras de las artes y la literatura entraran por el aro del trabajo voluntario, y las guardias milicianas en el propio ministerio.

Cuando algunas de estas personalidades no podían concurrir a los convites militantes del absurdo, sus nombres eran cruelmente exhibidos en murales como castigo.

Cierta mañana, en uno de los mencionados dazibaos de propaganda y escarnio, se subrayaba, con tipografía llamativa, la ausencia del genial músico Leo Brouwer a su puesto de guardia la noche anterior.

Considerado uno de los mejores guitarristas del mundo, el compositor no ha dejado de comulgar, sin embargo, con aquel engendro de sistema que tolera –especulo–, porque un considerable por ciento de su obra la ejecuta en otros países.

Logra escapar periódicamente de su asfixiante entorno y luego regresa para que mequetrefes del régimen parecidos a Hart le sigan atormentando. Muchos intelectuales de su generación llegaron a pensar que las desviaciones del socialismo se podían corregir.

Desde hace seis años Brouwer convoca un festival de música y otras disciplinas artísticas que primero llevó su nombre y ahora se llama Las voces humanas, donde asisten figuras de gran prestigio internacional gracias a su reconocido legado.

Ahora que comenzó el evento, Brouwer habló con el sitio Cuba Contemporánea y sus respuestas tienen un dejo de amargura y pesimismo, de sociedad en decadencia: “El entorno nuestro se ha ido deteriorando sonoramente y, manipulando por los medios, ha llegado a ser un (en criollo) batiburrillo, es decir, una repetición exhaustiva de lugares comunes y, en gran porcentaje, de lo que yo llamo banalidad”.

Habla de corrupción, suerte de “payola” a la cubana entre los programadores de la música popular que se dejan sobornar por los supuestos fabricantes de éxitos.

Dice que la creatividad está coartada porque “tienes que buscar el pan que llegó, no hay transporte, o vas a llegar tarde y te van a descontar, o tus hijos o nietos van a parir y en vez de cinco en una casa seremos siete y no cabemos, etc.”.

Como tantos otros intelectuales de su generación, confiesa que pensaba que la música debía tener cierta militancia política pero que ahora en pleno siglo XXI resulta innecesario porque ya el arte no está al servicio de la iglesia y del poder político (léase socialismo).

Fustiga a la televisión y a los conservatorios donde “no se enseña música cubana de calidad” y que puede mencionar 30 entre 100 autores geniales del presente siglo desconocidos en la isla.

Asegura Brouwer que “hay problemas por la incultura, la falta de educación y la carencia de medios económicos”.

Claro que nunca nombra la causa de tantos desvaríos. Muy por el contrario, su esposa, la musicóloga Isabelle Hernández, quien preside el festival, afirma con cautela en una publicación oficial que “no tenemos todos los apoyos deseables, necesarios”.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de septiembre de 2015, 0:52 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Mientras su guitarra llora gentilmente."

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