ALEJANDRO RÍOS: Perdona la indiferencia
Los disfruté durante la pasada Feria Internacional del Libro de Miami, escritores hispanoamericanos leídos y premiados discurseando sobre los más diversos temas, en total libertad. Ninguno mirando para los lados, ni preocupados de cómo sus respectivos gobiernos reaccionen ante profundas críticas a políticas erradas que convulsionan a sus respectivos pueblos.
Ninguno de esos comentarios tendrá mayores consecuencias en sus vidas. Al contrario, los más humildes agradecerán esas tribunas de celebridades que amplifican sus pesares.
Cuba agobia y aburre. Gonzalo Celorio dice en la Feria del Libro de Guadalajara que para exorcizar la parte cubana de su familia, escribió Tres lindas cubanas y si alguien le pregunta sobre la isla, les recomienda esa bibliografía.
Elena Poniatowska atiende a una lectora y escritora cubana durante la Feria de Miami quien le pregunta si conoce de tantos fallecidos tratando de cruzar en balsa el estrecho de la Florida y si le motivaría escribir algo sobre el tema y la mexicana le responde presto: “ Creo que usted debería ocuparse del asunto”, sin agregar nada más.
Durante estos días, la cita es cinematográfica y se produce en La Habana a propósito del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Benicio del Toro añade el glamour hollywoodense que tanto descoca a la dirigencia cubana y luego están los directores del continente que van a pasarla bien en el legendario Hotel Nacional.
Antes se hacían promesas de solidaridad entre sí. Ahora andan con el cuchillo en la boca buscando el productor de su próxima cinta o el trampolín que los haga caer en Los Angeles.
Por primera vez en mucho tiempo compiten por el premio Coral varios largometrajes cubanos y esos directores compartirán con sus colegas de ultramar en terrazas y cafeterías del hotel y esperarán, estratégicamente, que ellos inviten y enarbolen sus tarjetas de crédito al final de un café, una cerveza o una cena. Lamentable estado de cosas.
Artistas argentinos, chilenos, mexicanos y de otras “naciones hermanas” seguirán “apostando” por la revolución cubana de sus sueños (“resistan con dignidad que nosotros los apoyamos”) y culparán al embargo de los “pinches” yanquis de la aparatosa disfuncionalidad social que ocurre al doblar de la esquina de sus cómodos refugios turísticos.
Ninguno preguntará por qué desde hace cinco años los cineastas cubanos agrupados bajo la denominación de grupo G-20 –parodia sutil de la deleznable policía política G-2– imploran, mediante todos los escasos medios a su alcance, por una nueva ley de cine, para sustituir la histórica de 1959, totalmente obsoleta y politizada, nula para los tiempos del “cuentapropismo”.
Poco caso harán de las quejas de Fernando Pérez, Senel Paz y hasta de Enrique Colina, quien luego de recibir tanto desprecio oficial, todavía afirma que, a su juicio, “el éxito del socialismo es generar un ciudadano activo”. Para luego confesar que los cineastas figuran entre esos entes “activos” y deben ser respetados y recibir rápidas respuestas. Algo que no ha ocurrido y parece no estar en los planes de la indiferencia castrista.
Recientemente el grupo abrió una página en Facebook donde colgaron el documento “Cineastas cubanos: décima Asamblea”, consultado por centenares de interesados aunque volvió a ser ignorado por los medios de prensa oficiales.
Durante el reciente estreno de su más reciente película, Contigo pan y cebolla, Juan Carlos Cremata se apareció con un insólito cartel donde se podía leer “Viva el cine libre”, delante de funcionarios de toda calaña y volvió a arremeter sobre la necesidad de la postergada ley de cine. Hasta ahora, solo silencio en la comarca y el recuerdo que la Ley de Patrimonio demoró 11 años en implementarse.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de diciembre de 2014, 1:00 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Perdona la indiferencia."