ALEJANDRO RÍOS: Cineastas enardecidos
La semana pasada, a unos pocas horas de comenzar el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, la más reciente reunión de los cineastas cubanos agrupados bajo el nombre de G-20, con el propósito de lograr una nueva ley para el séptimo arte en la isla, terminó como la fiesta del guatao.
Cuando los cineastas intentaban formular una declaración de apoyo al director Juan Carlos Cremata, censurado recientemente como dramaturgo y difamado por anónimos escribanos del régimen, al llevar a escena la obra de Ionesco sobre un rey que se resiste a morir, uno de los “segurosos” que suelen merodear estos cónclaves controversiales, descubrió entre el público asistente al opositor Eliecer Avila.
Mientras el diminuto personaje pidió airadamente la expulsión del “contrarrevolucionario”, empeño al cual se le sumó el presidente del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), un anodino burócrata llamado Roberto Smith, los cineastas arremetieron valientemente contra el denigrante chivato e impidieron que se consumara el acto represivo en una reunión que, paradójicamente, trataba sobre la persistencia de notables actos de censura en la cultura nacional.
Durante el encuentro, tal vez donde con más vehemencia los cineastas cubanos han demostrado su oposición a seguir siendo mangoneados por el régimen, indiferente ante sus elementales reclamos, Cremata se paseó con la boca cruzada por tapes y entre las intervenciones estuvo la del crítico Gustavo Arcos exigiendo la presencia de los funcionarios que entorpecen el curso de estas reuniones. “Que las autoridades expliquen –apuntó– por qué consideran que el cine que censuran está contra la Revolución”.
Jorge Luis Sánchez, quien tiene compitiendo su filme Cuba Libre en el Festival de La Habana, pidió “no escandalizarse más por la obra artística sino por el diseño disparatado de la realidad, en un país donde para vivir hay que acudir a la ilegalidad”.
Por su parte el crítico de cine Dean de los Reyes se refirió al rodaje del documental El tren de la línea norte, de Marcelo Martín, que revela la crisis del pequeño pueblo de Falla, en la provincia de Ciego de Avila, y de como fuera entorpecido su rodaje por la intervención policial y de la Seguridad del Estado, según le confesó el propio director: “Nos detuvieron como delincuentes comunes y pretendieron abrir un expediente por nuestra causa. Había molestado mucho que nuestro lente estuviera captando testimonios y realidades muy contradictorias a los intereses de la oficialidad. Pueblos como este sufren el abandono del Estado, máxime cuando la institucionalidad ha sido la única encargada de resolver problemas de la gente durante tantos años de revolución. El presente se anuncia despiadado y son las personas (los de a pie) quienes no encuentran alternativas. El Estado no responde a las necesidades de la población, esto ya es un hecho; pero contradictoriamente, castiga severamente cuando algo se hace en contra de lo establecido (“contra lo establecido” es cualquier acción de supervivencia ante la inexistencia de opciones de vida concretas)”.
De más decir que la prensa oficial mantiene un silencio sepulcral sobre estos desencuentros y que la presidencia del ICAIC lo trató de zanjar con una declaración a la vieja usanza, donde rechazan la presencia de los “mercenarios” y expresan su lealtad al discurso del dictador Fidel Castro donde establece aquellos estrictos y vigentes parámetros: dentro de la revolución todo, fuera del régimen, nada.
Los cineastas cubanos enardecidos también han contado con la notable indiferencia e insolidaridad de sus congéneres latinoamericanos y hasta de democráticas celebridades estadounidenses, junto al director francés Laurent Cantet, como jurado, el mismo que fuera censurado el año pasado por su filme Regreso a Itaca.
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de diciembre de 2015, 0:40 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Cineastas enardecidos."