Opinión Sobre Cuba

MANUEL C. DÍAZ: Peloteros cubanos, de vuelta al cepo

El venezolano Miguel Cabrera (izq.), primera base de los Detroit Tigers, junto al cubano José Abreu (der.), primera base de los White Sox , y el catcher y primera base de los Cardenales de St. Louis Cardinals, Brayan Pena (centro) en una conferencia de prensa en el Hotel Nacional, el 15 de diciembre, como parte de una delegación de las Grandes Ligas a la isla.
El venezolano Miguel Cabrera (izq.), primera base de los Detroit Tigers, junto al cubano José Abreu (der.), primera base de los White Sox , y el catcher y primera base de los Cardenales de St. Louis Cardinals, Brayan Pena (centro) en una conferencia de prensa en el Hotel Nacional, el 15 de diciembre, como parte de una delegación de las Grandes Ligas a la isla. AP

Dos delegaciones deportivas estadounidenses, una de la MLB (Major League Baseball) y otra de la MLBPA (Major League Baseball Players Association), se encuentran en La Habana de visita oficial como parte de un intercambio académico con la FCB (Federación Cubana de Béisbol).

Sin quitarse el polvo del camino, ambas delegaciones ofrecieron una conferencia de prensa en uno de los salones del Hotel Nacional, donde se encuentran hospedados. En el encuentro con la prensa participaron Tony Clark, director ejecutivo de la MLBPA; Dave Winfield, su asistente especial; Dan Halen, principal asesor legal de la MLB, y Joe Torre, su director de operaciones deportivas, quien dijo sentirse muy emocionado de estar en Cuba.

Es posible que el legendario Joe Torre, ganador de cuatro anillos de Serie Mundial como dirigente de los Yankees, se sienta realmente emocionado. No hay por qué dudarlo. Después de todo, esta visita de la MLB, de la que él forma parte, está aparentemente repleta de buenas intenciones. No solo impartirán dos sendas clínicas técnicas sobre béisbol a niños cubanos, sino que además donarán $200,000 a la fundación Caritas, conocida por ayudar a ancianos y discapacitados cubanos.

También, en su agenda aparecen otras intenciones menos altruistas: contribuir, a través del béisbol, a la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos; llegar a un acuerdo para que peloteros cubanos puedan jugar en el circuito estadounidense como lo hacen los de otras naciones; contar con un sistema seguro y avalado por las leyes de ambos países para la libre transferencia de jugadores de Cuba hacia los Estados Unidos; conseguir la autorización de Cuba para que los equipos de las Grandes Ligas puedan celebrar partidos de pretemporada en la isla; y la oportunidad de contratar peloteros de cinco herramientas por menos dinero.

Cuando Joe Torre dijo sentirse emocionado durante su conferencia de prensa, Antonio Castro, hijo del dictador cubano y vicepresidente de la Federación Cubana de Béisbol, sentado en la primera fila, no pudo dejar de sonreír. Él también, aunque por razones diferentes, estaba emocionado. Y cómo no iba a estarlo con la posibilidad de acceder a una tajada de los millonarios contratos que espera firmar con los equipos de Grandes Ligas cuando, al fin, se concrete esta nueva y falsa apertura castrista. Esto no es un negocio con cuentapropistas muriéndose de hambre detrás del mostrador de sus timbiriches. Aquí esta en juego mucho dinero; tal vez más que el que ganan explotando a los médicos cubanos que trabajan en Venezuela.

Mientras Joe Torre hablaba sobre cómo ayudar a los niños cubanos, Antonio soñaba con sus próximas vacaciones en Turquía. Quizás el dinero le alcanzase para hacer una parada con su yate en algunas de las islas griegas que aun no ha visitado. Casi al terminar la conferencia, cuando Dan Hale, el asesor legal de la MLB tomó la palabra, Antonio tenía los ojos cerrados. No estaba dormido: pensaba en los esplendorosos atardeceres de Santorini.

De esta visita, tan a tono con las aperturas vaticinadas en Miami por los oráculos de turno, lo que verdaderamente asombra es la actitud sumisa de Yasiel Puig y José Dariel Abreu, dos peloteros cubanos que hasta ayer –por su condición de traidores a la patria– se les prohibía regresar a su país y vestir el uniforme del equipo nacional cubano. Resulta penoso, no que regresasen para ver a sus familiares (quién puede criticar a Abreu por querer ver al hijo que dejo atrás o a Puig por querer abrazar a los suyos), sino que hayan aceptado las humillantes condiciones que les impusieron para autorizar su retorno: ambos se comprometieron a no apartarse en ningún momento de la delegación estadounidense y a no visitar sus antiguos hogares. Si querían ver a sus familiares, les advirtieron, tendrían que hacerlo en un hotel designado por las autoridades para esos propósitos. Nada de fiestas hogareñas de bienvenida ni paseos nostálgicos por el malecón. Mucho menos visitar por su cuenta “la esquina caliente” en el Parque de la Fraternidad para compartir con los fanáticos que allí se dan cita para conversar de béisbol.

Cuando Abreu y Puig descendieron las escalerillas del avión que los llevó a Cuba, Antonio Castro estaba esperándolos en la pista bajo el típico sol tierno de los inviernos cubanos. En las fotos puede verse como ambos atletas le estrechan sonrientes la mano al que antaño, llamándoles traidores, les prohibió volver a a su patria. Más tarde en el hotel los dos declaraban sentirse agradecidos por la oportunidad que les brindaba el gobierno cubano de poder regresar a su país. Era el síndrome de La Habana: las víctimas alabando la magnanimidad de sus victimarios. Fue como ver dos cimarrones besando la mano del mayoral que antes les daba latigazos. Yasiel y José no han regresado a su país; han regresado al barracón de los esclavos. Es decir: de vuelta al cepo.

Escritor cubano radicado en Miami

manuelcdiaz@comcast.net

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