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Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO ALVARADO BREMER: Navidades silenciosas

El embajador Armando Valladares presentando una nueva edición de su libro ‘Contra toda esperanza’, testimonio de los 22 años que pasó en las cárceles castristas, en agosto del 2011, en la Casa Bacardí de UM.
El embajador Armando Valladares presentando una nueva edición de su libro ‘Contra toda esperanza’, testimonio de los 22 años que pasó en las cárceles castristas, en agosto del 2011, en la Casa Bacardí de UM. el Nuevo Herald

Navidad en medio del infierno... ¿Se puede celebrar ? ¡Sí!

Eso es lo que revela el testimonio de Armando Valladares, quien resistió con estoicismo el castigo de un castrismo empeñado en doblegar su dignidad y su fe, y quien narra en su libro Contra toda esperanza (2001), la que quizás sea una de las escenas más enternecedoras, conmovedoras y representativas de la Navidad: un grupo de prisioneros construyendo con lo que tenían a su alcance un arbolito navideño a base de un palo de escoba, alambre, ampolletas vacías, papel celofán, tubos de pasta de dientes, tapitas de plástico. “Cualquier cosa que tuviera color”, me cuenta Valladares durante una entrevista, y cáscaras de huevo (como las que se adornan en la Pascua).

Las cáscaras las pintaban con colores provenientes de medicamentos y remedios que se encontraban en el hospital donde se recuperaban de las golpizas propinadas por los militares que resguardaban la prisión.

A María, José y el niño Jesús los hicieron con bolitas de algodón, y su celda la decoraron con flores de Nochebuena hechas de papel cartón y pintadas con tintura de yodo.

Cuenta Valladares en su libro que, cuando las enfermeras y algunos trabajadores del hospital vieron el cuarto adornado, no podían contener sus lágrimas, seguramente provocadas por el recuerdo de las navidades celebradas antes de que Fidel aboliera la fiesta a finales de los años 1960.

Cuando los vigilantes se percataron del árbol navideño, les ordenaron quitarlo o, de lo contrario, serían acusados de robo, por “despojar al Estado de unas bolitas de algodón”. Como los presos no lo destruyeron, se lo llevaron. El colmo de la estupidez.

Sin embargo, mientras la religiosidad católica moría en Cuba, un puñado de hombres la mantenía viva, en silencio, desafiando al régimen ateo, que lo que buscaba era evitar que las personas establecieran una relación con un poder superior, restándole autoridad y dando pie a la protesta y la rebeldía. La libertad religiosa existe para defender la dignidad humana frente a los abusos del gobierno.

Eso los llevó a levantar el arbolito navideño, junto con la fe y la esperanza por recuperar su libertad. Este grupo de hombres, en su mayoría católicos, pudo seguir adelante gracias a la filosofía del amor y el perdón que nació en Israel hace más de 2,000 años.

Cuesta trabajo comprender cómo alguien puede mantener la fe cuando ha visto a sus compañeros y hermanos morir torturados, o en un paredón, sin juicio; cuando asesinan a un niño, Robertico, porque accidentalmente tomó una pistola; cuando le pide a sus compañeros que no pierdan la esperanza e instantes después mueren fusilados a su lado; cuando acribillan a un pastor, el Hermano de la Fe, que perdonó a sus torturadores porque “no sabían lo que hacían”; cuando las autoridades eclesiásticas se aliaban al gobierno buscando defender los pocos derechos que le quedaban a su congregación, pensando en preservar la institución pero abandonando a su suerte a los protagonistas de su credo.

Estos hombres tuvieron la sabiduría de distinguir entre la perfección divina y la imperfección humana y porque creyeron que lo escrito en los Evangelios es verdad: esa es la fe, que se tradujo en acción y que al final de cuentas les ha permitido vivir con la frente el alto, sin resentimientos, porque, como me dijo Valladares, estos terminan por consumirte, como un cáncer. “Vi a muchos de mis compañeros caer consumidos por el odio”.

Cuenta Valladares, quien recibirá en mayo próximo la medalla Canterbury de la Fundación Becket en reconocimiento a su lucha por la defensa de la libertad de conciencia, que a pesar de lo feroz que fueron sus celadores, con la ayuda de Dios, su corazón se llenó de la fe que le permitió proseguir.

Y asegura que esto no fue un acto de masoquismo o renuncia, sino resultado de su alegría, de su libertad y paz interna, porque siempre se sintió acompañado por Cristo en los laberintos del horror y la muerte, e intentó seguir su lección de perdonar a quienes los atormentaban.

¿El perdón incluye a los Castro? “Sí, me respondió Valladares, porque no estoy ni estuve espiritualmente contaminado con un sentimiento de odio. Es uno de mis más grandes éxitos. Que no sembraran en mí el terror que infundían a bayoneta en otros presos. El odio es un sentimiento que aniquila. Al que odias no se entera que lo odias. Desde un principio me dije: ‘no voy a permitir que me llenen de odio’; pero el perdón no significa el olvido y no significa que no tengan que responder ante la ley y la justicia”.

Con esa filosofía de vida transcurrieron 22 navidades, siendo los últimos dos años los más difíciles, en un aislamiento absoluto, sin ver ni hablar con nadie, cuenta Valladares. “Aun ahí, en un aislamiento total, sentí la Navidad y la celebré recordando a mi familia, rezando, dando gracias a Dios por mantenerme vivo, con la mente limpia”.

Así que mientras Valladares y sus compañeros celebraban la Navidad en silencio, en el recogimiento de lo que sería su portal de Belén, en sus corazones había un estruendo de alegría, como el de los apóstoles durante su persecución, que aun contagia y mantiene viva y resplandeciente la esperanza de una Cuba libre.

Consultor político y socio fundador de 720grados.net

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de diciembre de 2015, 8:43 a. m. with the headline "ALEJANDRO ALVARADO BREMER: Navidades silenciosas."

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