Opinión Sobre Cuba

EMMA ROMEU RIAÑO: ¿Por qué los cubanos no lloramos tanto con la cebolla?

Los científicos afirman que los genes influyen en el temperamento. De ser así, las propensiones al optimismo de muchos de nuestros antecesores percolaron entre las piedrecillas de los siglos para hacer que la nuestra sea una nacionalidad negada a desviarse hacia la tristeza.

Sólo riéndose como si la cosa pudiera tener gracia, los responsables mayoritarios de nuestra herencia genética, los antiguos habitantes de Hispania, soportaron sin amargarse, antes y después de Cristo, a los dominadores romanos. Ni siquiera los romanos, con sus manías de hacer puentes y caminos, pudieron con el indoblegable ánimo ibero. Por el contrario, genes optimistas de los invasores fueron una adición a los ya existentes.

Congruente con la teoría sobre genes y optimismo, sería el pensar que la predisposición a no perder la esperanza resultó de gran ayuda cuando la Hispania romana fue atacada por germanos vándalos y suevos. Luego entraron los visigodos a sacarles las castañas del fuego a los romanos; y terminaron por quedarse con todo. La disparidad de costumbres y carácter entre los de la península y los germanos no resultó impedimento a que alivianados genes de visigodos perseveraron en la tierra de nuestros ancestros.

Los visigodos reinantes, entretenidos con sus crisis internas, no prestaron atención a la advertencia de “hay moros en la costa”. Así perdieron lo conseguido. Y desde el siglo VIII, por 700 años, a pesar de las regulaciones entre moros y cristianos, algunos genes del optimismo bereber y árabe quedarían en Hispania. Mientras, muy seguros de que vendrían tiempos mejores, los pobladores locales construían las albercas, jardines y palacios moros.

Fieles a su papel, los genes del optimismo de nuestros antepasados llegaron al momento en que los reyes católicos eliminaron el dominio extranjero. Luego, ya es cronología más reciente. El desplazamiento hacia América de gran parte de esos genes, a quienes ningún desmán de la historia volvía apocados, fue la entrada a otra serie de aventuras y coincidencias inesperadas.

Chinos, judíos, libaneses, franceses y demás que hayan aportado en alguna medida a nuestra genética, traían en su viaje a América un denominador común: optimismo y fe en un futuro próspero

Como si la fuerza de tales venturosos genes no fuera a ser suficiente para desafiar con buen talante las desgracias con que cobra el Caribe el placer de vivir en su exuberancia, otros genes pletóricos de potencialidad optimista, los africanos, arribaron también para quedarse. Nuestros ancestros mandingas, dueños de un imperio en el oeste de África, mucho reían en su tierra. Tras ver aturdido el ánimo y domeñado el humor en los galeones que los traían a América, la alegría mandinga, lucumí, carabalí y de congos habrá renacido en las fiestas de los bateyes y entre los campos de caña socorrida por los genes del optimismo. Para añadir adorno a nuestros vivaces genes africanos, a estos los acompaña la música, que se mezcla con el mar y las palmas antillanas para armar ese bailoteo que ya de por sí es un antídoto contra la tristeza.

Chinos, judíos, libaneses, franceses y demás que hayan aportado en alguna medida a nuestra genética, traían en su viaje a América un denominador común: optimismo y fe en un futuro próspero. Los chinos de mi infancia en Cuba siempre sonreían. Y supongo que un siglo antes también sonrieran aquellos culíes traídos adonde nadie los entendía. Muy fuertes genes propensos al buen humor debían tener para seguir sonriendo mientras cumplían sus sofocantes contratos. En 1861, un culí descubrió las Cuevas de Bellamar. Otros chinos entusiastas llegaron también luego para convertirse en prósperos comerciantes y nutrir aún más su afable comunidad. Del ejemplo y genes asiáticos probablemente los cubanos hayamos adquirido la paciencia, siempre una discutida virtud.

¿ Por qué los cubanos no lloramos tanto con la cebolla? Ya está resumido en lo dicho anteriormente: más son los siglos por los que han transitado sin cejar nuestros victoriosos genes, que las capas que pueda tener una cebolla.

Miren ustedes lo que me ha dado por hilvanar en estas fechas festivas.

Escritora, periodista y profesora cubana. Vive en Boston, Massachusetts.

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