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Opinión Sobre Cuba

DORA AMADOR: Épica del destierro

No he podido olvidar mi reciente viaje a Cuba, sobre todo mi pueblo natal, Pinar del Río, y la casa grande y preciosa de portal con columnas y barandas, piso de losetas antiguas y bellas, muy cubanas, que ya no se encuentran. Los muebles de la sala hechos por mi abuelo y mi tío, que eran ebanistas de primera clase; había sala y saleta, tres dormitorios y algo que se imprimió para siempre en mi memoria: los dos patios maravillosos que fueron el refugio, la libertad y el regocijo absolutos de una niña encantada: uno de cemento con un cantero central y otro de tierra.Nada de eso existía cuando estuve allá en diciembre. Abuelos, tíos y tías, todos muertos, enterrados en el mausoleo de la familia Morales, ese es mi segundo apellido, el más importante, el real, el de la rama materna, por donde se hereda el ser bipolar o de trastorno de ansiedad generalizada, que padezco, como mi prima, que lo heredó de su madre también, se lo dije ahora. En mi familia hay tres suicidas, dos hombres y una mujer.

Mi antigua y querida casa, después de lo vivido hace poco (lo escribí el viernes pasado: Desdichado reencuentro familiar), la pueden demoler, qué más da entre tanta ruina.

El recuerdo encantado se trastocó en pesadilla real, de las más oscuras y tenebrosas que se puedan imaginar. Y lo de oscuro no es una metáfora. Mi prima, que se mudó con su mamá para mi casa cuando vinimos, la mantiene cerrada: los amplios ventanales de la sala no se abren jamás, tampoco los de los cuartos. Viven recluidos y en tinieblas, y solo hay claridad en el patio, que él, con buen gusto, ha convertido en una especie de jardín botánico, lleno de muchas y muy diversas plantas.

Allá iba yo entre los intrincados matorrales, a orar y meditar temprano en las mañanas. Oraciones y meditaciones que me fortalecieron interiormente cuando me botaron de la casa a los pocos días.

Ahora recuerdo que el esposo de mi prima me advirtió que no podía ver, mientras estuviera en esa casa, a Dagoberto Valdés, opositor católico pinareño señalado por el gobierno, exdirector de la revista diocesana Vitral y ahora de la cultural católica Convivencia. Lo había hecho en mi viaje anterior en 1998 y no le gustó. Ahora fue claro, y me dijo que él se consideraba “revolucionario”, y cuando comenté una mañana que iba a limpiar y a poner bonita la casa para Navidad me contestó: “Acuérdate que te dije que soy ateo y no me gustan esas cosas”.

Ya había pasado el trágico incidente en que le dije que su cáncer era etapa IV, algo que se le había ocultado.

Pero mi prima estaba sufriendo mucho y pensé que quitándole el peso de vivir en la mentira la ayudaría. Él sufría también porque sospechaba algo, y se quejaba de que no le hablaban claro.

Mi casa en Cuba. En ella vivíamos con mi abuela desde principio de los 50, ella la había adquirido en los años 30. Con ella, mi madre, mi hermana, mi tía abuela y madrina de bautizo, evento cumbre de mi vida, porque me hizo cristiana, y ocurrió el 20 de agosto de 1950. No recuerdo el hecho, pero mandé a buscar el acta de bautismo a la catedral del pueblo y lo guardo como algo valioso, más que mi título universitario. Pero no tuve conciencia de ello –el valor trascendental del bautismo– hasta ser adulta, cuando me fui a confirmar, otro sacramento muy importante, en el que en vez de agua, te ungen con un óleo sagrado. Por este sacramento, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina.

Yo no iba a Cuba en busca del pasado, iba por dos meses a ayudar a una prima hermana querida a quien le habían fusilado el padre al principio de la revolución y por quien siempre sentí un cariño casi maternal. Yo iba a algo del presente, y de paso, sí, convivir en la casa querida a la que me pensaba mudar con ellos y ayudarlos económicamente cuando levantaran el embargo. Lo habíamos hablado, y estaban más que encantados.

Mi amor por Cuba se ha roto, o a lo mejor ha sanado. Es desoladora esta épica del desencuentro, del destierro, de la necesidad obsesiva del regreso al origen. ¿Qué hacer ante esta realidad?

Aceptarla, vivirla aquí, en Miami, donde me quiere Dios. Y con humildad dar gracias por cada amanecer. El pasado no existe. Tampoco el futuro. Solo existe este hoy.

Escritora cubana.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de enero de 2016, 11:57 a. m. with the headline "DORA AMADOR: Épica del destierro."

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