PEDRO CORZO: El terror, elemento de control
En el paraíso no hay asesinatos.
El niño 44
Las traumáticas experiencias de quienes han vivido bajo un régimen policíaco son imborrables, pero lo doloroso de esas vivencias se acentúa cuando la represión se escuda en fundamentalismos religiosos o en propuestas ideológicas que implican que el mal de unos pocos es el beneficio de todos, incluidas las propias víctimas de la represión.
Cada sociedad reprimida sufre su propia escala de terror. Los instrumentos y métodos represivos dependen de las características del régimen, de la personalidad del caudillo que toma las decisiones, del sistema de ideas y propuestas tras el cual se cobija, de la identidad del país y hasta de la educación, formación e instrucción del represor.
Sin embargo, la represión más dañina, la que tiene fatales consecuencias a largo plazo, inclusive para las generaciones por venir, no implica muerte ni prisión, porque se cimienta en difundir en la sociedad la sensación de estar vigilados y la certeza de que el Gran Hermano, el estado, es una entidad omnisciente y omnipresente que considera que cualquier transgresión a las normas impuestas es un crimen que debe ser severamente castigado.
Paradójicamente ese tipo de poder se esfuerza por presentar una sociedad perfecta en la que no hay asesinatos pasionales ni accidentes de tránsito. Una sociedad en la que la delincuencia no existe y los crímenes aberrantes han desaparecido.
Por ejemplo, en Cuba, se esfumaron de los medios las llamadas páginas rojas y programas radiales o secciones de prensa en los que se exponían conflictos familiares. El país gracias al castrismo era un paraíso, donde todos se amaban, nadie mataba ni robaba.
El afán de mostrar una sociedad nueva condujo en Cuba a la persecución y encarcelación de los homosexuales, prostitutas y proxenetas, y que durante la llamada ofensiva revolucionaria de 1968, los bares fueran cerrados. Según Fidel Castro, quienes asistían a esos lugares eran “antisociales y no le interesaban al pueblo trabajador”.
La constante demostración de poder, y la represión de baja o mediana intensidad en la que participan todos los organismos del estado, incluidas las asociaciones colaterales que haya constituido el régimen como parte esencial de sus mecanismos de control, conduce al individuo a la sumisión y a su posterior masificación.
El objetivo fundamental es que la persona tome conciencia de que lo que no está expresamente autorizado está prohibido, un concepto que se apropia de los propios funcionarios del régimen, incluidos los que integran los cuerpos de seguridad, que son los que mejor conocen los extremos a los que son capaces las autoridades para continuar en el poder.
Esta situación hace que la sociedad en su conjunto se sienta reprimida, al punto de que cuando está suficientemente domesticada, es capaz de aceptar responsabilidad de faltas que no ha cometido.
El miedo se difunde, la incertidumbre hace presa de todos, y el sujeto atemorizado criminaliza sus pensamientos y el de los otros, si considera que pueden afectar su seguridad. El miedo, que es proporcional a la riqueza de imaginación de cada sujeto, conduce a la inacción, la delación y al servilismo, y a concluir que lo importante es sobrevivir, sin que importen las concesiones y complicidades.
Es improbable cuantificar los daños morales y espirituales que padecen los que han vivido bajo un régimen dictatorial sustentado en una ideología o religión, tampoco los sacrificios que el individuo y la sociedad deberán realizar para recuperarse de vivencias dolorosas que dejan huellas imborrables.
Pero aún más quimérico es buscar y responsabilizar a los que deben pagar por los sueños y las vidas rotas de quienes han sufrido el poder de los iluminados, de hombres miserables que se creyeron dioses en capacidad de cambiar la condición humana.
Periodista de Radio Martí.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de enero de 2016, 11:20 a. m. with the headline "PEDRO CORZO: El terror, elemento de control."