Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO RÍOS: A santo de qué

La sagrada ceiba del Templete que indica el lugar donde supuestamente se fundó La Habana fue removida de su sitio por la devastación del comején. Era tradición que en cada aniversario de la ciudad, las personas hacían cola para darle vuelta al simbólico árbol con el fin de atraer la buena suerte.

De cómo el historiador de La Habana Eusebio Leal no reparó en la terrible plaga pudieran hacerse muchas conjeturas. Últimamente no figura en los cenáculos habituales del régimen. Al parecer se disipa su imperio de solares y palacetes renovados para el turismo.

Lo de la ceiba parece ser una señal de que Cuba ha perdido el favor del todopoderoso. La otra indicación viene cifrada en una de esas misteriosas frases papales. Dice el Sumo Pontífice Francisco que la capital cubana se encamina a ser “la ciudad de la unidad”, a propósito de un nuevo espaldarazo diplomático a la dictadura de los Castro, su encuentro con el máximo representante de la Iglesia Ortodoxa –en la misma ciudad que ha perdido su brújula histórica–, luego de un cisma entre ambas denominaciones religiosas que suma la friolera de mil años.

¿A santo de qué el Papa habla de unidad en un país tan carcomido como la ceiba del Templete, en su estampida? Allí donde nunca hubo mucha emigración, ahora viven dispersos por el mundo más de dos millones de cubanos.

La cercana y no resuelta crisis migratoria que se extiende de Ecuador a la frontera mexicana conspira contra ese idealizado aliento unitario y armónico que el Pontífice prodigó en sus palabras de despedida en Cuba, camino precisamente a México donde no ha parado de regañar a diestra y siniestra, como un abuelo majadero con sentencias obvias e irresolutas: sean menos pobres, no crucen fronteras, no trafiquen drogas, las culturas indígenas no deben ser maltratadas. “Coraje profético” es lo que pidió a sus obispos ensimismados para enfrentar la violencia, que el gobierno es incapaz de controlar.

En la “ciudad de la unidad”, por otra parte, un anciano siniestro –Fidel Castro– que sembró muerte y destrucción con su exportación de revoluciones e “internacionalismo proletario” en América del Sur y África, le dice al patriarca de la iglesia ortodoxa rusa que luchar por la paz es el deber sagrado de todos los seres humanos.

Al final, la única unidad y paz posibles es la que existe entre Cuba y la ciudad a la cual el pueblo le debe su bienestar, por lazos familiares indelebles, aunque sean dos orillas divergentes en lo político, circunstancia que el Papa curiosamente ignora. Los jóvenes invisibles para la gerontocracia gobernante, que recién arriban del tormento centroamericano, atestiguan que sin Miami no habría esperanzas ni a corto ni a largo plazo para el futuro con el que sueñan.

El acuerdo histórico entre la iglesia católica y la ortodoxa en tierra cubana no se revierte en ningún beneficio palpable para el pueblo cansado de esperar. Resulta más ajeno que el llamado deshielo entre Cuba y los Estados Unidos o a las cacareadas reformas del otro Castro.

Ahora los americanos anuncian el montaje de una fábrica de tractores, como cuando los rusos construyeron aquellos talleres de combinadas cañeras, y lo que la gente añora es una fábrica de carne de res, de pan sin racionalizar, de café verdadero, de ropa y zapatos. Una fábrica que transforme la doble moneda en una y haga desaparecer para siempre de la faz de aquella tierra pródiga la ominosa libreta de abastecimiento y sus creadores.

¿A santo de qué más frases altisonantes, ajenas a la ordalía cubana?

Crítico y periodista cultural.

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