Opinión Sobre Cuba

ANDRÉS REYNALDO: El papa Francisco desata nudos y legitima a la dictadura castrista

El papa Francisco (izq.) y el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, Kirill, intercambian un documento sobre unidad religiosa en el Aeropuerto José Martí de La Habana, el 12 de febrero.
El papa Francisco (izq.) y el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, Kirill, intercambian un documento sobre unidad religiosa en el Aeropuerto José Martí de La Habana, el 12 de febrero. AP

El dilema es simple. En verdad, casi que no es un dilema. Al Papa Francisco lo están engañando respecto a Cuba o él también quiere engañar al mundo respecto a Cuba.

La visita de Francisco en septiembre del 2015 fue groseramente obsequiosa con Fidel y Raúl Castro. Pero la visita de la semana pasada transgrede la razón. Elegir a La Habana como sede de un encuentro que zanja el Gran Cisma de 1054 sólo puede atribuirse, en el marco de la teología, a una distracción del Espíritu Santo. Decir que Cuba pudiera convertirse en la capital de la unidad es un irreflexivo gesto de propaganda.

Lo último que puede perder un católico es la indignación ante el mal. Sin comprensión del bien, sin compromiso con el bien, toda caridad es hueca, cuando no sospechosa. En su proyección a los cubanos, Francisco actúa fuera de carácter y tibio en su deber. Este es el Papa que enfrenta al narcotráfico, expulsa a los pederastas de la Iglesia y alienta a los jóvenes a vivir en la subversiva enseñanza de Cristo. ¿Cómo puede, entonces, legitimar a la más anticristiana dictadura que hayan visto las Américas, cómo estrechar las manos de Fidel y Raúl sin que se le parta el crucifijo sobre el pecho?

El Vaticano y, en particular, la Iglesia de la isla, pecan de hipocresía (cuando no de colaboracionismo) cuando actúan ante Washington como diligentes gestores del restablecimiento de relaciones y el levantamiento del embargo, mientras invocan una asepsia política frente a la represión y las vicisitudes que los Castro le imponen al pueblo desde hace 57 años. No se les pide que llamen a tomar las armas, ni siquiera que prediquen la desobediencia civil frente a una autoridad de una perversidad diabólica. Pero esa Iglesia cubana debía mostrar, en su sobriedad ante el poder, el luto que aún reclaman sus mártires.

Francisco siente una devoción especial por la Virgen María Desatanudos. En Cuba, se ha propuesto desatar el nudo que enredaba la relación con Estados Unidos. Quizás sea más difícil desatar el nudo con que la dictadura ha atado a la Iglesia de la isla. Un nudo que ata desde el más anónimo laico y el más humilde cura de campo hasta el cardenal, los obispos y los sucesivos nuncios. Todos sometidos al exhaustivo escrutinio de sus virtudes y debilidades. Todos tentados constantemente en su asedio, en su soledad. Sus seres queridos convertidos en rehenes y los enemigos de su fe convertidos en jueces.

Hay una Cuba que aprieta el nudo y otra Cuba que agoniza de asfixia. El crimen llora ante Dios, pero la Iglesia reacciona con la misma irritación y las mismas mañas de la dictadura. Atacar al cardenal Ortega te puede convertir en un tenebroso agente de la CIA. En disculpa de la pasividad de los obispos te sacan las cifras del incremento en bodas y bautizos, así como la recuperación de algunos inmuebles, tal como los burócratas castristas disculpan la falta de libertades con la casual sobreproducción de los cultivos de cebolla.

Con el abrazo al patriarca ortodoxo, Francisco unió a las dos Roma. El abrazo a Raúl dividió todavía más a las dos Cuba.

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