Opinión Sobre Cuba

JOSÉ MANUEL PALLÍ: Los cubanos y los discursos

Hace cerca de cincuenta años, de paso por Miami, a mis tíos de Coral Gables se les ocurrió llevarme a una cena del “SERTOMA Cubano” –si mal no recuerdo SERTOMA corresponde a Service To Mankind.

Para mí, un cubanito exiliado en la Argentina, resultó una experiencia valiosísima. Escuché una serie de discursos bellos y sentidos sobre una revolución traicionada y una Cuba añorada por todos los presentes, discursos que recargaron las pilas de mi aporteñada cubanía.

Para colmo, el buen amigo de mi tío que por entonces presidía la organización, insistió en darme la palabra –debo haber tenido 14 o 15 años– y, como buen cubano (es fácil entregarnos un micrófono, pero casi imposible arrebatárnoslo) hablé, emocionado, justamente sobre esa recarga de pilas que había recibido a través de aquella cena y sus oradores. La gente –mi tía incluida– lloraba…

Más o menos por esa misma época, estaba “pegada” una canción llamada “Land of 1000 Dances” o Tierra de las 1000 danzas, gracias a Wilson Picket, que la llevó al # 1 del hit parade. Desde hace días, y a raíz de mi comparecencia en un programa de Radio Martí, me persiguen tanto el estribillo de esa canción como mi recuerdo de aquella cena en los sesenta.

Compartí el espacio en Radio Martí con una persona que salía al aire desde Mayabeque, en Cuba, y con quien me hubiera encantado conversar y hasta discutir, pero que optó por hacer un discurso sobre una cantidad de cosas que no venían al caso (y que ya todos conocemos) para negar que Cuba fuera una nación soberana, calidad que le reconocen hoy prácticamente todas las demás naciones del mundo.

Esa vocación por cambiar, a través de discursos, una realidad que a muchos nos disgusta pero que tan pocos hacen algo realmente útil y efectivo por cambiar, ha convertido a los cubanos, especialmente a los de Miami, en habitantes de una “Tierra de los 1000 discursos”. Miami es hoy una suerte de Hyde Park al servicio no ya del exilio cubano, sino también de otros latinoamericanos con afición por la palabrería.

Y esa afición por los discursos le jugó hace poco una mala pasada a un brillante joven cubano (americano en realidad, pero amamantado, como yo, por la cubanía), por quien siento gran simpatía, a pesar de que, a veces, sus opiniones y decisiones me asustan. Me refiero a Marco Rubio, y a su afición por “caletrearse” –como se dice en Venezuela– el discurso que define, según el, a su campaña presidencial. Discurso que, además, resume el sentir de esa cubanía mal entendida según la cual quienes no tienen las mismas ideas que yo quieren destruir mi ideario, y que se traduce en llamar “comunistas” a todos los que no piensan como uno, trátese de Obama, el Papa o el mundo todo.

Pero, y a fin de cuentas, ese discurso maniqueo merece ser oído como cualquier otro en una democracia. Lo que dañó –espero que no terminalmente– las aspiraciones de nuestro senador es su sobrevaloración de los discursos. Aprenderse de memoria un discurso, repetirlo cuatro veces, mecánicamente, ante las cámaras, y luego defender la situación alegando que su campaña se basa, justamente, en la repetición ad nauseam de ese discurso, es suponer un impacto del mismo en la realidad que, simplemente, no existe. La realidad es otra: la gente quiere algo más que discursos –por bueno que sea el orador– y le resta credibilidad a quienes no saben hacer otra cosa que discursos.

Me persigue el estribillo: Naa, Na Na Na Naa, Na Na Na Naa, Na Na Na Na Na Na, Na Na Na Na NAAAA…

Abogado cubanoamericano, presidente de World Wide Title Inc.

  Comentarios