Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO RÍOS: Dicotomía

Mi hijo de dieciocho años acaba de terminar su primer período en el Honors College del Miami Dade College con máximo aprovechamiento académico. Las aspiraciones de progreso resultan ostensibles en su proceder.

Ahora mismo sigue, con pasión, el desarrollo de eventos deportivos nacionales que disfruta. Los domingos no falta a la cita que tiene con sus amigos de High School para echar un partido de flag futbol.

La exigente sociedad de consumo no ha hecho mella en su forma de vestir sencilla y cómoda y mucho menos en su proyección familiar y social. Saber que está conectado a su universo de intereses personales, mediante el teléfono inteligente, le resulta suficiente. Casi nunca, sin embargo, lo he visto posponer una conversación por atender una llamada o un texto. La comunicación con su novia es extensa, más verbal que virtual, afortunadamente.

Eso sí, le gusta mantener su automóvil impecablemente limpio, tanto por dentro como por fuera. Esas cuatro ruedas son sus alas para moverse libremente.

Al ser parte de un programa especial del College, se mantiene expuesto a intercambios de ideas con respecto a su sociedad y a lo que acontece en otros países. Esta inmersión en las humanidades, para alguien que estudia negocios, complementa una globalización y sensibilidad imprescindibles en nuestros tiempos.

En el College, profesores de acentos diversos lo impelen a pensar con su propio criterio, ninguno trata de adoctrinarlo ni constreñirle su visión de la realidad circundante. La libertad es algo que da por sentado, desde la cuna.

Ahora mismo, muchachos de su edad en Cuba, confundidos y atormentados por un régimen que solamente piensa en ellos para regañarlos —porque en el fondo les teme—, evalúan sus pocas opciones para escapar del suplicio.

Escuchan que la Ley de Ajuste Cubano, calificada por el castrismo como “La Ley Asesina”, pudiera terminar y se ven empantanados en el limbo nocivo de un país con pocos cambios en su peliaguda estructura política y económica, no obstante las transformaciones que simulan.

Hace unas pocas horas, alumnos universitarios de la isla, tan jóvenes e ilusionados como mi hijo, han recibido la visita de cuatro jinetes del apocalipsis totalitario, el hosco Díaz-Canel Bermúdez o segundo hombre del partido comunista; el anodino ministro de cultura; la secretaria de la unión de jóvenes comunistas, quien responde al nombre de Yuniasky y el asesor de Raúl Castro, Abel Prieto.

En un contexto social enrarecido, donde la esperanza es, finalmente, la invasión del “imperio”, no con misiles sino mediante sus peligrosas seducciones, estos individuos, dados a la haraganería militante, concuerdan en recomendar enfáticamente que los estudiantes “cuestionen” patrones de “contenidos banales” y promociones de “falsas necesidades de consumo”, en un país donde el consumo per se, desde hace poco más de medio siglo, forma parte de las entelequias dictatoriales.

Se refirieron a “brechas culturales que se abren entre las nuevas generaciones, las cuales los enajenan de la realidad y fomentan valores negativos”.

Los burócratas del partido único gobernante se sienten inquietos y tratan de apuntalar los diques ideológicos con las mismas monsergas de siempre, sin alternativas reales. Durante años, la natural rebeldía universitaria, tan cara a la historia de Cuba, ha sido tramitada o reprimida. Esas eufemísticas “brechas culturales” son el contacto que reclaman con el resto del mundo. Los “valores negativos”, aquellos que no se atengan al decadente dogma castrista.

No piden mucho los estudiantes cubanos. Una vida normal y esperanzada como la de mi hijo. Van a tener que exigirla, sin embargo, porque los vejestorios y sus adláteres no están dispuestos a poner en jaque la tenaza que los mantiene en el poder.

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