MARLENE ALEJANDRE: Armando Alejandre en la memoria
Nos ponemos en círculo, con las manos tomadas, y rezamos casi en el mismo lugar en que Carlos, Armando, Mario y Pablo lo hicieron hace casi 20 años, antes de subir a sus pequeños Cessnas el 24 de febrero de 1996. Yo me concentro en la placa con sus nombres, y me doy cuenta de que está enmohecida, y que la pintura dorada de las letras en altorrelieve ha empezado a desteñirse; ha pasado mucho tiempo. Me viene a la mente que ya he vivido más años sin mi padre a mi lado, Armando Alejandre Jr., que los 18 años en que lo tuve en mi vida. Las palabras que siempre digo son: “Soy muy afortunada por el tiempo que tuve a su lado, y escojo dar gracias a Dios por eso, no en concentrarme en mi pérdida”, han empezado a sonar viciadas, ensayadas. Siempre he creído en esas palabras, nunca han sido una falsedad, pero estoy empezando a perder fe en ese modo de pensar porque, para decirlo con franqueza, ya no me está ayudando a lidiar con mi pérdida.
Tengo tres hijas, de nueve, siete y cuatro años. Este año, las mayores han empezado a entender de verdad lo que le pasó a su abuelo. La mayor se siente “mal” porque yo no tengo papá, y la mediana detesta pensar que nunca pudo conocerlo. Yo empecé a darme cuenta de que, sí, yo lo tuve a mi lado por mucho tiempo, probablemente durante el tiempo en que una niña más necesita a su padre, y sí, yo lo tuve a mi lado por suficiente tiempo como para que él fuera una parte integral de la formación de la persona que soy en la actualidad, pero todavía lo necesito. Mis hijas lo necesitan.
Conté con mi padre conmigo durante sucesos importantes en mi vida, sí, pero ellos palidecen en comparación con los que él se perdió. El no asistió a mi graduación de la Universidad de la Florida, la cual sólo tuvo lugar porque él me hizo mantenerme allí en mi primer año, el año en que él fue asesinado, y no me dejó regresar porque “extrañaba mucho”. El no estuvo allí para entregarme en mi boda. Por suerte, él llegó a conocer al hombre que acabaría siendo mi esposo, porque él había sido mi mejor amigo. Él no estuvo aquí para ser testigo del nacimiento de sus tres nietas, cada una de las cuales lleva consigo un pedazo de él. Es como si sus rasgos hubieran sido divididos entre ellas mientras iban naciendo.
Yo las miro, las veo sufrir, y me doy cuenta de que ese tiempo no fue suficiente. Él fue asesinado a sangre fría por un gobierno inmoral que no considera que a ellos les afecta el estado de derecho. El país por el cual él combatió y del cual era ciudadano está ahora fomentando una relación con sus asesinos, sin exigir justicia por su muerte de antemano. Estas son las lecciones que ellas tienen que aprender a su tierna edad, junto con la multiplicación, la fotosíntesis, y la historia de Martin Luther King Jr. Ellas saben que “el mal” existe en el mundo, y lo triste es que ese conocimiento les viene de primera mano.
Carlos, Mario y Pablo nunca podrán vivir la vida que vivió mi padre. Ellos nunca se casarán, nunca tendrán hijos o nietos, nunca podrán ver sus sueños hechos realidad. Hoy, lo único de lo cual me siento agradecida es de saber que mi padre murió tras haber realizado sus sueños. Él se enlistó de joven en los Marines, y peleó en Vietnam porque consideró que esa era una causa justa y quería dar prueba de agradecimiento al país que le dio refugio cuando era pequeño. El 24 de febrero de 1996 él estaba viviendo ese sueño una vez más ayudando a rescatar balseros en el Estrecho de la Florida que huían del régimen opresor que hizo que su propia familia huyera muchas décadas atrás. Esta es la lección que enseñaré a mis hijas: debemos estar agradecidas al hombre que él fue y al ejemplo a seguir que él nos dio, porque “nadie muestra más amor que quien da la vida por sus amigos”, Juan 15:13.
Hija de Armando Alejandre Jr., ciudadano estadounidense, asesinado por el gobierno cubano el 24 de febrero de 1996.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de marzo de 2016, 11:34 a. m. with the headline "MARLENE ALEJANDRE: Armando Alejandre en la memoria."