Opinión Sobre Cuba

OSCAR PEÑA: Anatomía cubana de un deshielo

En Cuba, con excepción de dos penosos casos dentro de la disidencia con irrespetuosas palabras contra el presidente de Estados Unidos y contra ellos mismos, al conducirse con una actitud dependiente y grotesca, el pueblo que ha estado escuchando por más de 55 años el legendario cuento oficial del “lobo que viene a comérselos”, ha recibido con agrado el giro norteamericano porque saben que seguir esperando por que los jefes de Cuba cambien era una posición que estaba a favor del totalitario gobierno.

Aunque las autoridades de La Habana lo oculten con discursos almidonados de victorias, la decisión del presidente Barack Obama no les agrada. Querían solo el intercambio de presos y obtener créditos económicos. Les gusta el aislamiento y los motivos para posiciones duras e inamovibles, pero si estos momentos son históricos, son precisamente porque se rompen todas las coartadas para negar derechos a la sociedad cubana.

Estados Unidos ha desarmado moralmente al gobierno de Cuba al dejarle completamente vacío su almacén de mentiras y borrar la palabra enemigo del diccionario cubano. La negación a la acelerada actividad de Tania Bruguera apenas colgaban el teléfono Obama y Castro no debe sembrar el pesimismo. Un sistema como el que impera en Cuba no se moderniza en un día. No se trata de una carrera de 100 metros, sino de una larga de resistencia, paciencia e inteligencia. Hay que lograr un pacto nacional con una hoja de ruta de puntos a alcanzar, donde ninguna parte se sienta dañada o perdedora. Eso es realismo, altura política y buena voluntad.

Los activistas cubanos pro derechos humanos, periodistas no oficialistas y sociedad civil independiente que siempre han estado luchando contra la falta de libertades y proponiendo soluciones entre cubanos, han planteado que ese correcto y necesario clima de diálogo entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos se extienda y ponga en acción porque —dígase la mayor verdad— el conflicto básico ha sido entre cubanos. El freno de Cuba ha sido la dirección del país y no un gobierno extranjero. ¿En qué ha imposibilitado Estados Unidos que La Habana suscriba los pactos de derechos humanos de las Naciones Unidas y cumpla con ellos?

Existe una parte del actual movimiento contestatario interno que no acaba de entender que para tener química con el pueblo y no autoexcluirse nacionalmente —sin dejar de ser fieles a sus programas democráticos— no pueden andar con una guía de proyecciones extremistas bajo el brazo. ¿Por qué atacaron ferozmente al grupo inicial de esta lucha cívica, el Comité Cubano Pro Derechos Humanos? ¿Por qué Oswaldo Payá no está vivo? Porque eran adversarios serios, centristas, tolerantes, pausados y presentables ante el pueblo —eran la diferencia— con proyecciones nacionalistas que proponían arreglar a Cuba entre todos los cubanos.

El gobierno supo que su perfil los identificaba con la población nacional, incluyendo los que lo apoyan a ellos. Miraban más para el terreno cubano que para el extranjero y emplazaban al propio gobierno a ser parte del cambio. No eran los adversarios perfectos para el régimen. Los atacaban ellos y los exiliados intransigentes. Eso indica que a los jefes de Cuba les convienen opositores exaltados con planteamientos radicales porque saben que ellos mismos se auto-anulan por la mala imagen que dan nacional e internacionalmente.

Es cierto que la composición del destierro cubano ante estos cambios está dividida. Es comprensible. La mayoría de los primeros exiliados vivieron en Cuba y fuera de ella la etapa más negra que ha tenido este largo proceso de fusilamientos, robo de propiedades, cárceles llenas de largas e injustas condenas y la división familiar sin contactos porque La Habana no permitía visitas en esos primeros 20 años. Ellos y sus familiares fueron víctimas en los tiempos en que las violaciones de derechos humanos tuvieron su mayor práctica.

Otra parte de ellos y las nuevas oleadas apoyan la apertura entre los dos países para ayudar a sus familiares a poner negocios y luchar por comenzar a construir un sueño cubano en su patria. Es una forma de encarar al feudalismo cubano haciéndose económicamente independientes, y que sus familiares y pueblo en general, al tener esperanzas nacionales, no prosigan ahogándose en el Estrecho de la Florida. Consideran que si en más de medio siglo Estados Unidos ha mantenido una proyección inefectiva, esta nueva política ayudará a la inevitable evolución (todavía invisible hoy) de la sociedad cubana. También opinan que este cambio de rumbo mejorará la imagen política del país que los acogió y quieren.

Es justo decir que en ambas partes del exilio cubano predomina el propósito de alcanzar una Cuba libre. Se entiende la incomprensión y discrepancia de los exiliados que disienten de los cambios, se respetan sus cruces, sus acumulados sufrimientos y que no quieran enfrentar los nuevos desafíos, pero ellos también deben entender que es necesario que otros —sin olvidar el pasado, pero no quedándose atrapados en él— estén por encima de las heridas y dolores y vayan dosificadamente “moviendo el piano” y desmantelando los enfermizos silencios, caretas y trancas nacionales.

La normalización de relaciones entre La Habana y Washington no es la solución de todos los problemas, ni pone fin al diferendo pueblo/gobierno. El deshielo nacional está pendiente.

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