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Opinión Sobre Cuba

Gimnasio, cubanos y el arte de la espera

Oteo el horizonte desde la estera del gimnasio donde hago ejercicios y veo a los cubanos de generaciones diversas. A mi lado un entusiasta anciano me pregunta si no he participado en una de las sesiones de zumba. Le digo que no. “¿No bailas?”, inquiere, y le digo que sí. “Te aconsejo que al menos pruebes con una sesión, se pasa bien, sudas, bailas y ves cada muchachita”.

Se refiere a las compatriotas, unas con lo que la naturaleza les prodigó, otras con el extra de la silicona y el bisturí. Se ven espléndidas en atuendos combinados de licras y calzado deportivo, de última moda.

Un empleado se me acerca para saber por qué no he dedicado uno de mis programas de televisión La Mirada Indiscreta a los gimnasios que funcionan ahora mismo en la isla. Me dice que son el resultado de nuestra eterna inventiva, los aparatos parecen frankensteins siderales donde se combinan los más alucinantes objetos. Le respondo que cuando tenga imágenes lo hacemos y que se dé por invitado.

Los muchachones –por su parte–, entre los cuales presumo algunos que semanas atrás padecían la incertidumbre en Centroamérica, por la manera en que se expresan, tampoco escatiman en atuendos último modelo. Los pelados son todos clean cut, coronados por una suerte de moña bien ataviada. Ni decir que se sacan y perfilan las cejas como dicta la metro sexualidad y abundan en tatuajes de imaginativa grafía.

Lo cierto es que la dinastía que los acoquinó ha quedado a una sana distancia en la isla “pavorosa” al decir del escritor Juan Abreu. Ahora concurren a un gimnasio, con todas las de la ley, donde pagan la membresía y llegan en carros flamantes. El progreso tiene una orilla segura. La otra está siendo tramitada por los americanos que en ocasiones se ven más perdidos como Martín en el bosque, aunque manifiesten abiertamente la intención de democratizar aquel berenjenal totalitario.

Ya los cubanos no quieren practicar el arte de la espera tan caro a los Castro. Las oportunidades que anidan en Miami no son referidas por exiliados que regresan excepcionalmente como aquellos de la llamada “comunidad” durante los años setenta –al régimen le encantan los eufemismos para trucar la verdad. Ahora tienen más oportunidades reales de hacer el viaje a la añorada Meca. Ya no hay que ser artista, prisionero político u opositor para agenciarse una visa americana.

Tengo un pariente de veintitantos años, parecido a los que veo en el gimnasio cada día, que luchó su visa con el cónsul en franco y fructífero debate y terminó con una de cinco años. Ahora busca por las tiendas un tipo de calzado Nike que ni yo sabía que existía. Maneja por la ciudad, disfruta la vida nocturna, con otros compatriotas de su generación, y sabe que en una cadena local de mercados (cubana), se puede gestionar un teléfono inteligente durante su estancia.

Eso sí, no piensa quedarse aunque ya no le queda ni un amigo en Cuba, pues decidieron lo contrario. Saben que en un año obtienen la residencia y ya después pueden volver, triunfadores, a la isla para lidiar con amores y familiares dejados eventualmente atrás.

En el gimnasio también he conversado con personal de la salud escapados de sus misiones en Sudamérica y deportistas de equipos olímpicos que desertaron en competencias.

No queda de otra “… corred bayameses”, como recomienda el himno nacional. Aquello le resta mucha triquiñuela entre los sonrientes funcionarios americanos y los zorros segurosos del régimen vestidos de civil. Y señores… “no hay derecho a esperar”, como decía una consigna comunista de antaño.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de marzo de 2016, 0:34 p. m. with the headline "Gimnasio, cubanos y el arte de la espera."

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