Opinión Sobre Cuba

Carta a Fidel

Fidel, esta es la primera carta que te escribo en 54 años de ausencia de la tierra en que nacimos los dos, tú y yo. Tú la gozaste hasta el paroxismo. Hoy tienes 89 años, te apoderaste de ella a los 33. Cuba ha sido tuya totalmente, la has recorrido incontables veces de un extremo al otro, atravesando sus valles y montañas, ciudades y poblados, sus ríos y sus mares en los que te has sumergido, bañado, divertido con tus amigos en tus hermosos yates. Has dormido, soñado y despertado en esa isla para mí preciosa y amada; has copulado en toda ella con decenas de mujeres que elegiste a tu gusto y después las desechabas, porque las mujeres, como los hombres, los niños y ancianos, eran tus esclavos. Las mieles del poder y del sexo las saboreaste hasta que no pudiste más, porque la vejez y la enfermedad pudieron más que tú. Tuyo ha sido ese cielo, esa tierra, ese aire.

A generaciones enteras las deformaste espiritual y psíquicamente queriendo hacerlas a tu imagen y semejanza, porque te creíste dios.

A mí, como a cientos de miles de niños que vinimos a Estados Unidos como exiliados, me privaste de un crecimiento cultural estable y natural en la isla en que me engendraron y dieron a luz y lloré por primer vez al ser arrojada al mundo por una vulva y unas caderas convulsas y adoloridas para poder expulsarme del útero materno, allá en Cuba. El órgano efímero pero vital que es la placenta, donde viví mis primeros nueve meses en los que me relacioné estrechamente con mi madre, que satisfizo todas mis necesidades vitales durante mi formación en ese paraíso celestial que es el vientre materno, fue arrojado conmigo a un espacio del mundo llamado Cuba. Un vientre cubano, que había sido engendrado en otro vientre cubano, y así por generaciones antes que llegaras tú, pobre monstruo.

La nación cubana formaba parte de mis entrañas, de mis genes, mis células, mis neuronas, mi materia blanca y gris, mi corazón y mi más auténtica identidad. Fidel, no conocí el goce de vivir mi juventud en mi patria, no llegué a la adultez ni a la vejez en ella por tu culpa.

Pobre Fidel. No sé si sabes que sufres del terrible trastorno de la personalidad narcisista, que se caracteriza –a ver si te reconoces, comandante en jefe– por la necesidad perenne que tienes de admiración, poseído siempre por un sentimiento de grandiosidad y la incapacidad de amar, de establecer lazos emocionales con otros, porque la percepción de tu propia importancia, exagerando tus logros y capacidades, te ciegan. Eres patológicamente vulnerable a la crítica, que la callas con la venganza. Sabes lo que le has hecho a los que no han estado de acuerdo con tus ideas, has encarcelado y asesinado a miles de cubanos. Me viene a la mente Oswaldo Payá, tu enemigo más temido, y también Arnaldo Ochoa, a ambos ordenaste matarlos.

Inoculados desde la cuna hasta la tumba de tu odio enfermo a los yanquis y al “imperialismo”, preparando al pueblo para una invasión americana que en 57 años jamás llegó, con el puño cerrado para golpear al que disintiera, y pisando con tu temible bota una tierra que deseabas en tu maligna entraña verla anegada en sangre, comandante invencible, te acaba de vencer un yanqui armado solo con su palabra ardiente que en su histórico discurso le abrió los ojos a los cubanos con la verdad. Ese pueblo le perdió el miedo a la dinastía castrista –sé que el artículo “El hermano Obama” no lo escribiste tú– y a su elite imperial. ¿Qué va a pasar? Lo dije ya: a Cuba le llegó la libertad, se la llevó Barack Obama. Ahora tiene que acogerla y ponerla en marcha la oposición, llevando a la mesa de diálogo a la dictadura. Todo está en manos de los propios cubanos.

Escritora cubana.

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